Buenos Aires, 23/10/2019, edición Nº 2534
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El padre Grassi cumple seis años preso: cómo es su vida hoy en la cárcel de Campana

La imagen del cura bonachón quedó muy atrás. Un preso solitario y sin amigos que sólo hace cuentas para ver cuándo va a salir.

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(PBA) Lejos se encuentra del brillo y el calor de las luces de los estudios de televisión de horario estelar que supo disfrutar, las reuniones con ministros y hasta con el presidente de turno, las donaciones generosas y la idolatría de los que creían en él. Nada de eso hay en la cárcel de Campana, donde el cura Julio César Grassi (63) está preso hace seis años por «abuso sexual y corrupción de menores » contra un chico en la Fundación Felices Los Niños, esa que editó con la plata del menemismo y los llamados telefónicos.

Lo condenaron en 2009 a 15 años de prisión, aunque recién en 2013 la Justicia ordenó su detención en la Unidad Penitenciaria N° 41. Este 23 de septiembre se cumplen seis años de aquel día que parecía que no iba a llegar nunca.

La imagen del cura bonachón que primero se paseaba por los canales para pedir fondos para su fundación y después siguió haciéndolo con cara de inocente para defenderse de las denuncias de abuso también quedó muy atrás. A 10 años de su condena, Grassi pasa sus días en la cárcel casi en solitario y deprimido. No participa de ningún tipo de actividad laboral ni educativa que ofrece esa unidad del Servicio Penitenciario Bonaerense.

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En el pabellón 6, donde está alojado, hay 73 presos de buena conducta. La mayoría participa del programa de Rugby «Los Espartanos» que ofrece la Provincia. Como parte de las actividades, una vez a la semana los internos se juntan a rezar el rosario. Grassi suele asistir a ese encuentro como uno más, según contó a Clarín una fuente que conoce ese penal desde adentro.

Las únicas visitas que recibe el sacerdote son las de un hermano, una hermana y una cuñada. Fuera de eso, está solo y sin amigos. Su rutina se reduce a tres actividades: celebra misa para algunos compañeros de pabellón; lee mucho y estudia Derecho a través del programa UBA XXI; y se la pasa haciendo cuentas para saber cuándo podrá salir en libertad.

La pena se vence el 7 de julio de 2026, pero en 2021 podría empezar a pedir beneficios, como salidas transitorias. Algo que, por ahora, parece difícil.

El cura que sigue siendo cura a pesar de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmó su condena –al igual que todas las instancias anteriores– no se rinde. Espera que la Corte Interamericana de Derechos Humanos revise su caso y le dé la razón.

Grassi todavía sostiene que fue víctima de un complot por parte de Susana Giménez, su ex pareja Jorge “Corcho” Rodríguez y el ex dirigente montonero Rodolfo Galimberti. Los cuatro estuvieron vinculados en el escándalo por el concurso televisivo con los llamados telefónicos. Rodríguez y Galimberti –que falleció en 2002– eran socios en la empresa Hard Communication junto con Jorge Born, que la presidía.

El juego consistía en llamar al 0-939-12222 para participar del sorteo que hacía Susana en su programa de Telefé. La llamada costaba 3 pesos, de los cuales un porcentaje era para ayudar a la Fundación Felices Los Niños y otra para el pozo del concurso. En total se recaudaron $ 18.509.469 y Grassi denunció que la organización recibió menos de lo que correspondía.

Por esa polémica, el sacerdote terminó sentado en el living de Susana Giménez, en una recordada entrevista en la que le pidió 600 mil pesos (que equivalían a 600 mil dólares) para su obra. El caso llegó a Tribunales y se inició una causa por defraudación que llegó a juicio. Los dueños de Hard Communication terminaron absueltos, el 24 de septiembre de 2002.

Grassi empezó con la teoría del complot de Susana, “Galimba” y “Corcho” en septiembre de 2008, durante su declaración en el juicio por 17 hechos de abuso sexual contra tres víctimas en la Fundación Felices Los Niños. Antes le echaba la culpa a Canal 13 porque el programa Telenoche Investiga sacó a la luz las denuncias por abuso contra el sacerdote en un informe emitido el 23 de octubre de 2002.

La causa había sido iniciada dos años antes en el Juzgado de Menores N° 3 de Morón por una carta anónima que aseguraba que Grassi vivía en pareja con un menor de edad. La denuncia dormía en los cajones. Hasta que “Gabriel” habló y contó cómo fue abusado por Grassi en su oficina de la fundación cuando tenía 13 años.

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Todo comenzó cuando el cura le llamó la atención a él y a otro chico que estaban cazando palomas con una honda en el parque. Entonces el sacerdote los citó a su despacho. “Él nos dice que lo acompañemos a la oficina. Él estaba bastante enojado, entramos a la oficina. Empezó a reprocharle al otro chico, le pide la gomera y que se retire. Cuando yo me quiero ir, me dice que no me retire, no me reta, no me dice nada. Me dice que voy a ir a los programas de televisión y radio. Me dice que tenía que decir que estaba bien en la Fundación y que comía bien”, relató «Gabriel» durante el juicio oral contra Grassi en 2008.

–»¿Qué onda padre?»– preguntó la víctima, helada.

El joven estaba sobre la falda del cura. Grassi le había pedido que se sentara ahí hasta que puso la mano en sus piernas y “comenzó a subir”, según contó el chico ante la Justicia. «Gabriel» se levantó y cuando encaró para la puerta, el sacerdote lo siguió.

–»Tranquilo, el lunes te llamo para ir a lo de Portal», lanzó Grassi.

Voy saliendo, me agarra de atrás, me agarra de los hombros y me da un beso en la boca. Me da un pico”, agregó «Gabriel», sobre esa situación interminable.

El otro episodio ocurrió justo antes de ir a un programa. “El padre era quien decidía quién tenía que ir”, afirmó el joven. Grassi tenía a sus preferidos que lo acompañaban siempre en la camioneta. Ese día, a «Gabriel» le avisaron que Grassi lo había pedido a él para que lo acompañara al programa.

No sabías la ropa que te iba a tocar. La única persona que tenía su propia ropa era G. (por tratarse de un menor se reserva su identidad) que dormía con F”, dijo.

«Cuando había que salir nos daban ropa bastante respetable. Con otro pibe nos dirigimos a la lavandería, nos dieron el calzado, regresamos y el padre se enojó mucho con el celador porque no teníamos suéter. Entonces mandó a todos a buscar los suéters. En ese momento Grassi me pide que venga, me agarra la mano y me invita a pasar a la oficina”, dijo «Gabriel» frente a los jueces y rompió en llanto.

Aquella segunda vez «Gabriel» entró a la oficina de Grassi, un espacio muy chico con una biblioteca, un escritorio y tres sillas. Entre esos muebles se destacaba el sillón ejecutivo de Grassi. Al lado había una mesita en la que el cura solía sentar a un chico a cebarle mate. Se sentó ahí.

Él me empieza a hablar casi lo mismo que la primera vez, que lo vea como su padre. Para mi era muy importante él, un referente. La amenaza más grande era que te rete el padre. Yo no tuve a mi viejo, lo quería tener. Sentí que el padre lo decía de corazón”, declaró la víctima. Grassi le pidió otra vez a «Gabriel» que se sentara en su falda. Le siguió hablando y empezó a tocarlo. Según la víctima, entonces el sacerdote se ofreció a hacerle sexo oral.

Lo miré… un pelotudo de no haber dicho nada. Yo tenía un pantalón buzo, me bajó hasta acá y empezó. Empezó y estuvo una eternidad para mí. Se que en un momento él levanta la cabeza, yo me levanto los pantalones y se quedó abrazándome y en la puerta le dije: ‘padre, yo no quiero ir a la radio’. Me dijo que estaba bien y se fueron todos los pibes”, agregó.

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La noche en que esas palabras se conocieron por primera vez en público, el juez de Garantías Alfredo Meade –el mismo que dos años atrás estaba en el fuero de menores y había recibido la carta anónima– ordenó la detención del entonces presidente de la Fundación Felices Los Niños. La Policía fue a buscarlo al predio en Hurlingham pero Grassi no estaba. Minutos después se presentó en el programa de Chiche Gelblung en Canal 9.

«Cometí muchos pecados, pero éste no», dijo el sacerdote al aire. En ese momento se abría una nueva grieta en el país. Estaban los que defendían a Grassi al borde del fanatismo y los que creían plenamente en el testimonio a cara tapada que vieron en Telenoche Investiga. Justo antes de que la Policía llegara a Canal 9, Grassi se levantó y saludó a todos los que estaban en el estudio. El cura estuvo algunas horas prófugo hasta que se entregó a las 8.15 del otro día en la fiscalía de Morón.

Con el avance del caso se conocieron más detalles de lo que habían conseguido averiguar los investigadores a partir de la denuncia de 2000. Y una frase impactante, que de alguna manera hacía sentido con la del «Sheraton» que inmortalizó Susana. «Descubrimos que de la habitación (del cura Grassi) salía una puertita hacia un salón espectacular, con equipo de audio, tevé, una cama grande y un espacio para hacer gimnasia. Parecía una suite nupcial», dijo el juez Meade, sobre la inspección ocular que hicieron en la Fundación, antes que el escándalo estallara en los medios.

Aunque fue el caso «Gabriel» el que llevó al cura a la cárcel, Grassi tuvo más denuncias de las que resultó absuelto. «Ezequiel» y «Luis» fueron otras dos víctimas que acudieron a la Justicia. El primero denunció que fue abusado por el todavía sacerdote en el predio de Felices Los Niños en distintas oportunidades en 1998. El otro chico contó que fue atacado por Grassi durante un viaje a El Calafate (Santa Cruz) y también en la fundación en 2000.

El primer antecedente de Grassi en una causa por abuso sexual data de 1991. La denuncia tramitó en la Justicia de Mercedes y terminó archivada. A los oídos de los investigadores también llegaron testimonios de más casos de abusos en los que las víctimas no quisieron formalizar la denuncia.

El cura llegó al juicio oral en 2008 después de lograr demorarlo durante años gracias a una defensa poderosa que logró apartar al juez y al fiscal de la causa. Entre los abogados que lo representaban estaban el ex fiscal Luis Moreno Ocampo, el ex juez federal Julio Virgolini, Jorge Sandro, que había sido abogado de Gregorio Ríos, jefe de seguridad de Alfredo Yabrán, y Miguel Ángel Pierri, que venía de representar a la familia del cantante Rodrigo «El Potro» Bueno y a uno de los policías acusados del atentado a la AMIA.

«Hoy puedo ver y resignificar la épica de la batalla. Me tocó enfrentar a un equipo de defensores inédito en la historia judicial argentina», dijo a Clarín el abogado querellante Juan Pablo Gallego, que representó legalmente a «Gabriel» por pedido de Estela de Carlotto. La Abuela de Plaza de Mayo presidía el Comité de los Derechos del Niño.

«Costó más de seis años sentar a Grassi en el banquillo. El juicio llevó nueve meses ininterrumpidos. Todos los días nueve horas de debate», recordó el abogado y contó que durante ese tiempo pasó de todo: aprietes a testigos, robos sospechosos y hasta la presentación de pruebas truchas por parte de la querella. «A una audiencia trajeron un video del informe de Telenoche Investiga adulterado, con imágenes montadas que no habían salido en el informe», dijo.

La «suite nupcial» de Grassi quedaba en la sede de la Fundación Felices Los Niños de Gorriti al 3200, en Hurlingham. La piedra fundacional la puso el Estado, de la mano del Gobierno de Carlos Menem, varios años antes. El ex presidente y su entonces ministro de Economía, Domingo Felipe Cavallo, le cedieron en comodato al cura un predio de 67 hectáreas que pertenecía al Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y le dieron una generosa donación de 5 millones de dólares en 1993.

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«Hay videos del día de la inauguración de la fundación en el que baja un helicóptero con Menem y Cavallo y le entregan un cheque gigante a Grassi, que está rodeado de miles de chicos. Pero el cura no conocía a esos chicos. Los había llevado Luis D’Elía, según él mismo contó tiempo después. Eran pibes que vivían en las villas y los llevaron en micro», recordó Gallego.

«Hicieron el acto, Grassi recibió el cheque, se va el helicóptero y a las dos horas volvieron a subir a los chicos a los colectivos. Así empezó la fundación. Fue una gran estafa desde el día cero», afirmó el abogado.

En su época de esplendor, la Fundación llegó a tener 52 sedes, alrededor de 400 empleados y asistió a 6300 chicos en todo el país. Hoy solo existe por sus deudas. Tiene en trámite 120 juicios laborales, múltiples demandas de acreedores y, según estimaciones oficiales, solamente con la AFIP tiene un pasivo de 100 millones de pesos por cargas sociales.

En el predio de 67 hectáreas en Hurlingham donde funcionaba Felices Los Niños ahora hay cuatro establecimientos educativos de jardín a secundaria que dependen de la Provincia, campos de deportes y otra ONG.

La Fundación fue intervenida en 2014 después de otro escándalo: una denuncia contra Grassi por el desvío de donaciones al penal de Campana, donde todavía está alojado.

«Descubrí que entraban muchísimas donaciones a la Fundación y así como entraban se iban a la cárcel» contó Juan Manuel Casolati, el interventor designado por la Provincia al programa Periodismo Para Todos (PPT) y detalló que Felices Los Niños recibía desde alimentos a zapatillas y dinero de donaciones telefónicas. La sospecha es que todo lo que sacaba de la fundación, el cura lo usaba como moneda de cambio para acceder a privilegios en el penal. Todo apenas en el primer año de cárcel del sacerdote.

Grassi fue imputado por «peculado» y la causa fue elevada a juicio oral, pero actualmente se encuentra a la espera de una resolución de la Suprema Corte bonaerense, señalaron fuentes judiciales a Clarín.

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Después de un proceso de normalización que no prosperó y detectar “severas y reiteradas” irregularidades administrativas en el manejo de los 18 millones de pesos anuales en subsidios, el Ministerio de Justicia bonaerense decidió cerrar la fundación en 2017.

Entonces en el hogar vivían 56 chicos. «Lo que se hizo fue privilegiar los procesos naturales de cada uno. Cuando terminaban las medidas precautorias por las que fueron asignados al hogar se reasignaban a las familias. Otros fueron adoptados y alguno fue relocalizado», dijo un funcionario bonaerense a este diario.

Dicen los que lo conocieron que a Grassi, al que la Iglesia le mantiene el Estado clerical, «lo único que le importa es su imagen personal que construyó a partir del poder que le dio la fundación».

La pericia psiquiátrica que le realizaron en la causa por el abuso de «Luis» en El Calafate indicó que el cura tiene «un comportamiento funcional dependiente y compulsivo» y una «personalidad narcisista». Grassi se negó a ser peritado por la Justicia de Morón. No obstante, los tests que le realizaron en Santa Cruz arrojaron resultados «similares a los resultados obtenidos por personas que han cometido abuso sexual».

Con la fundación cerrada, preso y solo, Grassi ya no sabe qué hacer para recomponer su imagen. Lo último que se supo públicamente de él fue su negativo para que su ADN sea incluido en el Registro de Violadores. Al final, y ante la posibilidad de que le practiquen un hisopado de forma compulsiva, acepte que le tomen una muestra de su saliva.

Y en marzo le inició una demanda insólita por daños y perjuicios al Ministerio Público Fiscal, al Poder Judicial bonaerense, al médico psiquiatra Enrique Stola, al abogado Juan Pablo Gallego, al Comité de los Derechos del Niño, a Canal 13 y a una de las víctimas que lo denunció. Quedó en la nada. NR

Fuente consultada: Clarín

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