Buenos Aires, 16/11/2018, edición Nº 2193
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La vida de Ricardo Barreda en San Martín: hombres le piden autógrafos y se sacan selfies

El hombre que en 1992 mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas se convirtió en una celebridad. Vejez, caminatas y fascinación siniestra.

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(PBA) El viejo de lentes caminaba a paso lento, con la mano derecha sobre una riñonera negra. Vestía bermudas y una remera verde con la cara de Bob Marley. Cuando un joven que iba con su novia se lo cruzó, le preguntó:

—¿Usted es Barreda?

—No pibe, nada que ver.

—¿Me puedo sacar una foto con usted?

—Con respeto a tu prometida, te voy a decir algo: no rompas las bolas, dejame en paz.

El joven siguió su rumbo. El viejo entró en una farmacia.

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La escena ocurrió el jueves en la peatonal de San Martín. Ricardo Barreda caminaba hacia el bodegón donde almuerza todos los días. El odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas en su casa de La Plata vive allí situaciones insólitas: hombres que le piden autógrafos o se sacan selfies sin que él lo apruebe.

Sacarle una foto se convirtió en una especie de pasatiempo. El viejo se pone loco, no le gusta. Quiere que lo dejen comer tranquilo. Hasta yo tengo una selfie que me hice con él, si vieran la cara de odio que puso”, cuenta el mozo del restaurante. Un comensal habitué del lugar, contó: “Más de uno lo felicitó por lo que hizo. Alguno lo habrá hecho en broma, pero yo fui testigo de eso”.

“Vivo como un paria, me faltan cosas, pero hay gente que me ayuda”, le dijo Barreda a un vecino. Vive con lo que cobra de una pensión del PAMI.

La nueva vida del femicida de 82 años se limita a tres lugares. La pensión donde vive, el supermercado chino donde hace las compras y el bodegón. Todo lo cubre en 150 pasos de ida, 150 pasos de vuelta.

“La pensión es horrible, como toda pensión. Lo paradójico es que tiene rejas. Es decir: Barreda vive tras las rejas otra vez”, cuenta un vecino que también tiene una imagen del asesino en su celular. “Cuando lo ven caminar, la gente del barrio dice: ahí va Barreda, no vi a nadie que le pegara o lo insultara, todo lo contrario”.

Barreda no está tan solo. Suele recibir la visita de dos amigos y de una joven que conoció cuando vivía en General Pacheco. “La prensa lo demonizó, no justifico lo que hizo, pero si parte de la gente que lo critica tuviera los códigos que tiene él, las cosas irían mucho mejor. Cuando vivía en Pacheco era muy querido por los vecinos. Hasta le festejamos el cumpleaños con torta incluida”, dice la amiga de Barreda a Infobae.

En agosto, Barreda tuvo un incidente con una periodista de Telefe que lo encontró mientras caminaba por San Martín. “Dejame pasar o te voy a empujar”, le dijo mientras la sostenía de un brazo con fuerza, según contó la cronista.

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No sé por qué hay personas que me admiran”, le dijo en 2011 Barreda al autor de esta nota. Fue justo después de que durante un paseo por Belgrano, una señora le dijera:

—Ya me parecía que era usted. Su cara me resultaba conocida. ¿Cómo anda, bien?

—Bien, bien, gracias señora.

Cuando la mujer se fue, Barreda hizo un comentario:

—Esta mujer está para el gallinero. Yo quiero un pollito de tres kilos. O dos kilos setecientos.

Poco después, desde una camioneta que repartía gaseosa, el conductor y el acompañante le gritaron:

—¡Vamos Barreda!

Él saludó con la mano en alto y una leve sonrisa.

Ante las escandalosas muestras de apoyo que recibía en la calle, Barreda analizó: “El otro día estaba haciendo un racconto de toda la gente que me ha saludado y puedo decir que solamente de tres personas, dos mujeres y un hombre, escuché comentarios desfavorables. Un tres por ciento de insultos es un buen porcentaje. Algunos me felicitan y no es una cosa para que me feliciten. Es fuera de lugar. Yo les digo que desgraciadamente no inventé o no descubrí ninguna vacuna contra la caries. Me saludan, me piden autógrafos, se sacan fotos conmigo. Todo eso hace que me sienta muy mortificado“.


Fascinación siniestra
Antes de la revolución del feminismo y de las marchas de Ni una menos, hubo un oscuro tiempo en que el marketing alrededor de la figura de Barreda era amplio: desde remeras hasta tazas, gorros y calcos. El abanderado de esa movida era un hombre anónimo que creó la web maestrobarreda.com. Allí publicó un alegato a favor del odontólogo, escribió contra las feministas, honró al asesino como si fuera un santo y vendió pines y escudos con la imagen de Barreda. El nefasto admirador también vendía una estampita de San Barreda: se veía al dentista vestido de santo, con una corona, una escopeta y una tijera para podar la parra. Y esta leyenda:

San Barreda, San Barreda…
Que el Demonio retroceda.
San Barreda, San Barreda…
Hoy la vieja no se queda.

De hecho, un grupo de médicos marplatenses se reunía una vez por mes a comer asado y a rendirle “culto” al odontólogo usando la estampilla.

Otros comerciantes también comenzaron a facturar con la imagen icónica del dentista asesino. Un diseñador creó tazas con su imagen y la leyenda: “Barreda, 20 aniversario”. Las vendía a 100 pesos.

Uno de los últimos productos barredianos fue una calcomanía que se pegaba al lado de las patentes traseras de los autos. Esa moda que consistía en explicitar la cantidad de familiares, todos tomados de la mano. La idea es que el dueño o la dueña del auto coloque la calco con muñequitos de su familia tipo, con perros y gatos incluidos. Pero la versión Barreda era trágica: se veía a la caricatura del dentista con una escopeta humeante en la mano y al lado cuatro bultos que representan a su familia.

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La masacre de La Plata
Se sentó en un banco y miró a los elefantes como si contemplara una obra de arte. Luego se quedó fascinado con la jirafa. Cuando salió del zoológico de La Plata, dejó flores en las tumbas de sus padres y se encontró con su amante en una pizzería. Comieron, bebieron y tuvieron sexo en un hotel alojamiento. Cuando volvió a su casa, Ricardo Barreda se encontró con los cadáveres de su esposa, su suegra y sus dos hijas. Mucho antes del zoológico, el cementerio, la pizzería y el hotel, el odontólogo había matado a escopetazos a toda su familia. Pero esa noche pareció olvidarlo. Llamó a la Policía con el mismo tono con el que hubiera llamado para pedir un turno con el médico.

—Volví a mi casa de pescar y me encontré con cuatro bultos. Acá hubo un asalto.

Eso dijo Barreda aquel 15 de noviembre de 1992. Después confesó haber matado a su esposa Gladys McDonald, a su suegra Elena Arreche y a sus hijas Adriana y Cecilia. “Me decían conchita”, dijo. Y cerró con una frase más filosófica: “Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres”.

Este año se reabrió la casa donde cometió la masacre. Hace cuatro años, Barreda le dijo a su abogado que hiciera hasta lo imposible para recuperar esa casa, situada en la calle 48 entre 11 y 12 de La Plata, que al final fue expropiada y será convertida en un centro contra la violencia de género. Quería recuperar su casa, su Ford Falcon y el consultorio porque pensaba volver a ejercer como dentista. “Hay gente que me llama para que le arregle los dientes”, llegó a decir.

El año pasado Barreda fue visto en un café cercano a la estación de trenes de La Plata.Estaba solo y de buen humor. “Viene seguido, no sabemos si volvió a vivir a La Plata. Se sienta siempre a la misma mesa y le gusta hacernos bromas y hacer los crucigramas de los diarios “, dijo el mozo que lo atendió. Además contó una anécdota: una mañana un hombre se le acercó y le preguntó si le podía sacar una foto, pero Barreda lo miró serio y le dijo:

—Señor, no sea irrespetuoso: no soy un objeto de exposición.

Hasta 2017, Barreda vivió poco más de un año en el Hospital público Magdalena Villegas de General Pacheco. La historia fue así: el 25 de mayo de 2016 apareció abandonado en ese hospital. Todo comenzó con un llamado a la solidaridad. Una mujer publicó en su muro de Facebook la foto de un abuelo en la sala de espera. Se mostró conmovida por la mirada de ese hombre que dijo llamarse Alberto Navarro y condenó a su familia por dejarlo abandonado. Pero a las pocas horas se supo que Navarro era ni más ni menos que Barreda.

La mujer terminó por cambiar su posteo. Antes había dicho que “el abuelo necesita amor, su familia debería venir a buscarlo”.

Apareció en el hospital y dijo que no tenía dónde ir. Tenía un problema en la próstata. Dijo que su familia lo había abandonado. Trató mal a una enfermera y quiso quedarse a dormir. Alguien le preguntó si era Barreda y dijo que se llamaba Alberto Navarro. Al rato se fue, apenas podía caminar, tenía los pantalones bajos”, dijo una paciente que fue testigo del momento.

En el hospital decían que simuló estar enfermo, que maltrató y amenazó a las enfermeras, que a una médica le dijo que le iba a dar un escopetazo y que a veces va a una despensa a comprar whisky.

“Se cree dueño de este lugar”, llegó a decir una enfermera. “No me gusta cruzarme con un femicida”, dijo otro empleado. “Odia a las mujeres. A su esposa le decía Chochán”, dijo una empleada de limpieza. Un camillero agregó: “Cuando llegó dio otro nombre, es un impostor”.

En septiembre de 2016 vivió un episodio violento. Mientras en la puerta del hospital un grupo de periodistas hacía guardia, Barreda intentó escapar. Cuando una médica lo vio en andador y con paso lento rumbo a la puerta, le gritó:

—¡Barreda! ¿Qué está haciendo?

—Me voy. No me grite, señorita.

—Usted no se va a ningún lado. No le dimos el alta.

—¿Estoy preso? No sabía.

—Está descalzo, desabrigado. ¿No le parece que lo mejor es que vuelva a acostarse en su habitación?

Barreda giró y se puso cara a cara con la médica:

—¿Y si mejor le doy un escopetazo en la cabeza?

La doctora lo amenazó con llamar a un custodio, pero no hizo falta. Barreda se calmó. Ese episodio escandaloso, que revelaron a Infobae tres fuentes del hospital, no fue el único que protagonizó el tristemente célebre dentista que el 15 de noviembre de 1992 mató a su familia en su casa de La Plata. Una enfermera acusó al femicida de haberla amenazado. “Fui agredida por Ricardo Barreda verbalmente. Este señor me impedía salir de la habitación mientras me amenazaba, me dijo que me tenía en la mira y me la tenía jurada”, denunció.

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La versión del femicida es distinta. “Cada vez que salgo, me faltan cosas. Me roban las enfermeras. Algunas me odian y me quieren echar del hospital. A la piba esa le dije que era una ladrona y ahora inventó que la amenacé“, le dijo Barreda a un enfermero del hospital.

En ese mismo hospital, Barreda le confesó al periodista Fernando Soriano: “Me arrepiento de haber matado a las cuatro”.

A un enfermero le había hecho otra confesión:

—¿Sabe qué? Dicen que no me arrepiento de lo que hice. Eso es mentira. No hay día que no sienta culpa. Lo peor es que a Adriana, mi hija menor, no la quise matar. Estaba como loco, giré, disparé y después me di cuenta de que era ella.

El enfermero le preguntó por Cecilia, su hija mayor.

—Ella me odiaba y me quería ver muerto. Mi esposa y mi suegra le habían llenado la cabeza. A la última que maté fue a mi suegra. Pero los crápulas de mis abogados me hicieron decir que la última en morir había sido mi hija menor, así yo heredaba la casa. Hay días en que me olvido de lo que hice. Pero siempre vuelve el recuerdo. Y es ahí cuando prefiero ser otro. Ser Ricardo Barreda es una condena. NR


Fuente consultada: infobae

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