Buenos Aires, 28/09/2020, edición Nº 2875
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Horacio Salgán, ovacionado en el Colón

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Anoche se realizó en el teatro Colón un merecido homenaje a unos de los grandes maestros del tango, el máximo quizás entre los vivos, el pianista Horacio Salgán, de 95 años.

El teatro Colón, símbolo de la excelencia musical, albergó a una formación que enhebró la Orquesta de Horacio Salgán, ahora bajo la dirección de su hijo, César, con los instrumentistas del Quinteto Real y bandoneones solistas de Néstor Marconi, Ernesto Baffa, Julio Pane y Juan José Mosalini, entre otros exponentes imprescindibles de la música popular.

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Esa inusual orquesta, tanto por número, historia, como por la jerarquía de sus integrantes, interpretó el repertorio compuesto o arreglado por Salgán y, en 90 minutos, condensó con música el valor la obra del homenajeado, ausente por razones de salud.

La música de Salgán se remonta a la belleza melódica de algunos de los creadores que inventaron el tango como lenguaje (Arolas, Bardi, Cobián), pero no se detiene allí ni en ningún otro lado: se desliza hacia un nivel que supera aquel tango danzable de acordes desplegados que cultivó la Vieja Guardia.

Las progresiones armónicas y el uso de la síncopa sugieren una inclinación por la sorpresa musical y -quizá- por la vanguardia estética en la que Salgán nunca militó.

Los contrapuntos y la severidad de los arreglos nos dictan una condena al repentismo; una sentencia contra ese tango orejero del que el pianista evidentemente también aprendió.

Esa solvencia en la escritura musical y la capacidad de hacer de una línea melódica un discurso orquestal de múltiples y paralelas voces, rigurosamente prolijas, justas, jamás recargadas; se sumó el prodigio de Salgán como intérprete del piano.

Esa rara conjunción de virtudes quedó condensada en el repaso de sus arreglos u obras propias, que se escucharon en forma acústica -sin amplificación-, variante difícilmente reproducible en los reductos habituales del tango.

Ejemplos de esa amalgama fueron el diálogo entre el piano y el bandoneón en la variación de «Canaro en París», el repiqueteo de la mano derecha sobre las octavas agudas del piano en «Hotel Victoria» o las preguntas musicales de los violines en la versión de «El Choclo», elegantemente contestadas por la fila de bandoneones.

Entre esas evocaciones al pianista fueron apareciendo, en calidad de solistas invitados, los bandoneones de Néstor Marconi, Julio Pane, Juan José Mosalini y Ernesto Baffa -ovacionado por el público-, el fueye que se escucha en casi todas las grabaciones que nos dejó Salgán.

El homenaje incluyó el arreglo del pianista sobre «La Pulpera de Santa Lucía» -nunca grabado-; el homenaje a través de la obra de su hijo con «Milongas y milongueros» y «A dos mujeres»; y, por supuesto, las piezas originales más difundidas entre las que se incluyó «A fuego lento».

La formación es escena, dirigida por César Salgán (piano), comprendió a Carlos Corrales, Lautaro Greco, Nicolás Perrone y Federico Santisteban (bandoneones); Julio Peressini, Humberto Ridolfi, Lucas Furno y César Rago (violín); Esteban Falabella (guitarra); Juan Pablo Navarro (contrabajo); Rubén Jurado (viola; Paula Pomenariec (cello) y Martín Pantyer (clarinete bajo).

La música popular argentina, pródiga en instrumentistas, ha alumbrado notables pianistas de diferente laya, entre los que sobresalen Ariel Ramírez, Gustavo Leguizamón y Adolfo Ábalos.

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