Buenos Aires, 22/09/2017, edición Nº 1773

Este finde, visitemos “el otro San Telmo”

En una cuadra de la Avenida Caseros se conjuga el mayor promedio de artistas por metro cuadrado de la ciudad con exquisitas propuestas gastronómicas. Historia y presente de un microcosmos porteño.

En una cuadra de la Avenida Caseros se conjuga el mayor promedio de artistas por metro cuadrado de la ciudad con exquisitas propuestas gastronómicas. Historia y presente de un microcosmos porteño.

(Ciudad de Buenos Aires) La ensordecedora vida de una ciudad como Buenos Aires es engañosa. Los porteños bien podrían pensar que ya se les ha revelado todo ante sus ojos, que conocen cada barrio de moda y que podrían predecir hacia dónde transcurrirá la nueva tendencia urbana. Y sin embargo, como sucede en cualquier organismo vivo, en cada rincón de la gran urbe se suceden procesos intensos, aparentemente aleatorios, discretos y combinados por coincidencias inexplicables que hacen a la magia de nuestra metrópolis.
El barrio Caseros, que técnicamente no existe como tal, sino como el tramo final de San Telmo lindando con Barracas, es uno de esos secretos bien guardados, no vociferados aún en revistas de moda ni guías turísticas. En las cuadras pegadas al parque Lezama viven pintores, escritores y hombres de teatro que han sabido crear una isla rodeada por tilos, y atravesada por un pequeño boulevard alrededor del cual se erigen pequeños oasis de placer: talleres de creación y restaurantes. Se podría decir, sin exagerar, que en una cuadra uno tiene todo lo que necesita para pasarla bien, comenzando por la belleza. París, Praga, Munich, las fantasías de un viaje virtual se cumplen con tan solo dar vuelta a la manzana.Christian Schindler sabía bien lo que hacía.
El arquitecto suizo fue el encargado de cumplir con las pretensiones europeas de la burguesía porteña de 1910 que quería posicionarse cerca del río y de lo que comenzaba a construirse como el centro. Por ese entonces, el lugar era extra especial: en esa zona se había producido la defensa de los habitantes originales de Buenos Aires frente a las invasiones inglesas.

En ese momento, Schindler ya estaba ocupado poniendo su firma en algunos de los edificios que mejor visten a la avenida de Mayo y que hoy son considerados patrimonio cultural; construcciones modernas, macizas, decoradas con herrería artística y trabajos de yesería que deslumbran a los ojos más entrenados.

Pero en una ciudad donde los rincones que remiten a Europa no son difíciles de encontrar, lo que quizá más llame la atención de este barrio-isla son sus habitantes, unidos, no sólo por una misma sensibilidad, sino también por identificarse como protagonistas de una misma escena cultural.

Los escritores Ricardo Cordero y Alina Diaconú, el periodista Rubén Tizziani, los artistas Josefina Robirosa, Alicia Carletti, Jorge Alvaro, Cecilio Madanes, Marina Matilde, Ana Casanova, Beatriz Provitina y Roberto Aizemberg son solo algunos de los nombres que formaron o forman parte de la afortunada vecindad. ¿Pero, cómo se formó este microcosmos porteño?

EL PRECURSOR. En la década del ’60, el arquitecto Osvaldo Giesso, a quien no en vano se lo llama “el padrino del San Telmo contemporáneo”, tiró la primera piedra. Lo hizo siguiendo su impulso incontenible de reconstruir una casa abandonada en la calle Cochabamba para hacer un restaurante junto a sus socios. El proyecto gastronómico no pudo ser pero, ya deslumbrado por el edificio que tenía doscientos años de antigüedad y estaba a punto de ser demolido luego de ser una comisaría y un conventillo, decidió seguir adelante y transformarlo en su estudio. Como ya no tenía más dinero para ocuparse de su remodelación, eligió usar el concepto de reciclaje en las obras de recuperación: convocó a sus amigos artistas para ayudarlo. Las rejas fueron intervenidas por Enio Iommi, los cielos rasos por Luis Wells, el bar por Alfredo Rodríguez Arias y Juan Stoppani, las puertas por Rogelio Polesello.

Muchos otros nombres que son parte de la escena del arte moderno nacional dejaron su huella en ese búnker cultural. Cuantas más visitas recibía, más fascinación se creaba por la zona. Todos querían convertirse en vecinos de Giesso, por lo que éste terminó por rastrear las propiedades que se vendían para sus amigos. De alguna manera, todos ellos marcaron el destino de la zona.

VECINOS. Josefina Robirosa llegó al barrio una década después. Aún recuerda el modo: “Yo había comprado una casita muy linda en la calle Hornos, en Constitución. A pesar de que antes de comprarla pregunté a la Municipalidad si me podía quedar tranquila de que la autopista no pasaría por ahí y me habían dicho que sí, a la semana de vivir me llegó la notificación de desalojo. Estaba francamente desesperada. En ese momento acudí a quien tenía más cerca, mi amigo Cecilio Madanes, quien ya vivía acá”, cuenta nostálgica, desde su luminosísimo atelier del piso 4 de este hermoso departamento también obra de Schindler, ubicado al 400 de la avenida Caseros. Madanes, quien le había comprado el departamento al pintor Roberto Aizemberg, intentó calmarla con un café, pero lo que realmente terminó de tranquilizarla fue el anuncio de la portera, Pura, avisando que justo en el ascensor había cruzado a alguien que pondría un departamento a la venta. “Al día siguiente yo estaba firmando el boleto de compra venta y ya me ves, nunca me fui”, dice entre risas.

Tal como sucedió con Giesso, Robirosa también puso, y sigue poniendo, su granito de arena para que el barrio se colme de artistas. De hecho, ella fue responsable en parte de la llegada del pintor Alejandro Puente, quien cansado de deambular entre City Bell y su estudio de Recoleta, terminó por decidir que ése era su lugar en el mundo luego de visitarla. La sensación de libertad de su barrio de origen se mantenía en las calles del barrio Caseros, alguna vez poblado por casas quintas, arboledas y caminos empedrados. No contento con mudarse, además Puente compró el taller de Giesso.

Desde 1992, sobre Chacabuco, entre Brasil y Garay vive Marina Matilde, artista plástica y miembro de la Academia de Arte. El amor por su casa, construida en 1937 fue a primera vista. “Para variar, el lugar había pertenecido a alguien relacionado al ámbito artístico. Era de un productor teatral que la había reciclado. Aún conserva desagües de cerámica que están impecables”, explica. Pronto da su teoría para justificar la existencia del mayor promedio de artistas por metro cuadrado en la ciudad. “Creo que es un punto neurálgico. Es tranquilo pero está cerca de los principales epicentros: museos, galerías, y escuelas. Pero además tiene una hermosa energía”, observa. Marina se enciende cuando cuenta los encuentros imprevistos entre importantes personalidades del circuito de arte que se suscitan en los lugares más ordinarios de la vecindad. “Fue en este pasado invierno, un domingo, fui a la panadería en pijama, pantuflas, cubierta con mi sobretodo. Exactamente con el mismo atuendo estaban Alina Diaconú y la curadora y artista Ana Casanovas. Nos miramos avergonzadas, las tres estábamos en la misma situación. “Acá no pasó nada, esto nunca existió”, dijimos y nos fuimos cada una para su casa”, dice entre risas antes de advertir: “Es mucho mejor encontrarnos arregladas en un cóctel o inauguración”. Otro dato que Matilde destaca del barrio es la fusión entre lo simple y lo sofisticado. “Acá hay almacenes de ramos generales, pero también boutiques de quesos y fideerías donde no sólo encontrás los clásicos fideos hecho a fierrito sino además sorrentinos de cordero o conejo. En cuestión de cuadras podés conseguir todo”, se entusiasma.

BOHEMIA GOURMET. Especialmente, cuando se trata de gastronomía, estas coordenadas geográficas tienen mucho que ofrecer. En la avenida Caseros al 400 se encuentran cuatro de propuestas gastronómicas de lo más interesantes. La más joven es Hierba Buena, un restaurante que, desde hace año y medio, captura con éxito el signo de los tiempos que corren: comida naturista (aunque no exclusivamente vegetariana) y decoración estilo campiña francesa con pequeños toques de filosofía positiva (sus paredes están repletas de escritos y citas célebres reivindicando el poder del amor y la bondad). Hierba Buena pertenece a Vanesa y a Diego, una joven pareja que, de algún modo, representa a la nueva generación de vecinos que están llegando a la zona. Aunque Diego concretó el proyecto, el concepto de Hierba Buena es de Vanesa, siempre atenta y en la búsqueda de un modo mejor para alimentar a sus tres hijos. “Quería hacer una cocina repleta de vitaminas, sabores, texturas. Que incorporara elementos nuevos y buenos para el cuerpo, como brotes. Por eso, a todos le damos una vuelta e invitamos a la gente a que abra su paleta de sabores. Eso, justamente, es lo que yo quiero para mis hijos, que prueben muchas opciones, que afinen el paladar para que disfruten más”.

A pocos metros de Hierba Buena se encuentra “La Popular”, también creación de Diego, con espíritu de cantina, reinvindicadora de las costumbres locales y el fútbol. Comparte menú porteño con “Caseros” otra de las propuestas gastronómicas de la cuadra, con una ambientación más sofisticada. Si “Hierba Buena” captura el concepto de espacio maternal, “La Popular” refleja lo contrario, es el padre. Y se complementan de maravillas. En el medio, “Club Social Deluxe” recrea una perfecta ambientación al estilo Soho neoyorkino y sirve comida mediterránea e internacional.

En pocos metros, arte y gastronomía se fusionan al igual que la historia y las últimas tendencias internacionales. ¿Es barrio Caseros una pequeña partícula que recién comienza a desarrollarse? ¿O seguirá siendo tan sólo una isla en este enorme mar porteño? “Yo quisiera que esto sea una isla para siempre”, explica Robirosa, cuya pesadilla se define con dos palabras “Palermo Hollywood”. “Yo no quiero que esto se ponga de moda, quiero que siga siendo algo nuestro, un secreto. Tengo fe en eso porque aunque está a la vista de todos, la mayoría de la gente ni sabe que existe. Eso es mágico”, reflexiona.

Escribe Denise Tempone / Foto: Euge Kais

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