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Quien camina por las más de 90 hectáreas del Cementerio de la Chacarita suele centrar su atención en los mausoleos tradicionales o en las tumbas de figuras míticas como Carlos Gardel o Alfonsina Storni. Sin embargo, bajo el césped y los árboles de la necrópolis más grande de la Argentina, se esconde una de las epopeyas arquitectónicas más audaces del siglo XX: el Sexto Panteón.
Esta colosal ciudad subterránea de hormigón armado, concebida para albergar a más de cien mil difuntos, constituye el primer y más grande ensayo mundial de arquitectura moderna aplicada al ámbito funerario. Pero detrás de esta genialidad estructural existe una historia de invisibilización: la de su autora, la arquitecta Ítala Fulvia Villa, una pionera brillante que diseñó el descanso eterno de los porteños y fue injustamente sepultada por el olvido.
Para entender la necesidad de una obra de tal magnitud, hay que remontarse a los orígenes del cementerio. En 1871, la Ciudad de Buenos Aires sufrió una devastadora epidemia de fiebre amarilla que colapsó los cementerios existentes. Ante la emergencia, se improvisó un predio en los terrenos conocidos como la «Chacarita de los Colegiales», que pronto alcanzó su límite y dio paso al emplazamiento definitivo.
Hacia la década de 1940, la explosión demográfica porteña generó un nuevo dilema: el espacio horizontal del cementerio se agotaba. La Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires comprendió que, así como los vivos construían rascacielos hacia arriba, la solución para los fallecidos era expandirse hacia abajo, recuperando el concepto de las antiguas catacumbas romanas.
El encargo recayó sobre la Dirección General de Arquitectura y Urbanismo, con Ítala Fulvia Villa a la cabeza de un equipo que incluía a un joven Clorindo Testa. La obra, construida entre 1950 y 1958, implicó la extracción de miles de toneladas de tierra para crear dos inmensos niveles subterráneos con capacidad para 23.200 nichos y miles de urnas.
Lejos de diseñar un espacio lúgubre y claustrofóbico, Villa creó un entorno sublime de estilo brutalista. A través de inmensos patios arbolados a cielo abierto que perforan la losa del techo, logró que el subsuelo se inundara de luz natural y ventilación cruzada. El hormigón visto le otorgó al lugar una austeridad republicana e igualitaria, donde todos los nichos son idénticos, despojados de cualquier opulencia clasista.
Nacida en 1913, Ítala se graduó con honores en 1935, integrando las primeras promociones de arquitectas del país. Fue la única mujer en formar parte del Grupo Austral, el colectivo racionalista más importante de la época (junto a figuras como Antonio Bonet y Jorge Ferrari Hardoy), y colaboró en estudios enviados a Le Corbusier.
A pesar de su imponente currículum y de haber dirigido la mayor estructura de hormigón de la historia urbana porteña, falleció en 1991 en un silencio casi absoluto. Su nombre fue borrado de la historiografía oficial por múltiples factores:
En el siglo XXI, el trabajo de investigadoras como la arquitecta francesa Léa Namer ayudó a desenterrar los planos originales y devolverle a Ítala Fulvia Villa la autoría de su obra maestra.
Hoy, aunque el paso del tiempo y la falta de mantenimiento por parte del Gobierno de la Ciudad han dejado marcas de abandono en el Sexto Panteón, la luz natural sigue bañando sus galerías de hormigón. Este espacio exige no solo un esfuerzo urgente de conservación patrimonial, sino también un desagravio oficial que inscriba definitivamente el nombre de su creadora en la historia grande de Buenos Aires.