Buenos Aires, 26/05/2020, edición Nº 2750
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Sociedad

Se cuidaban del coronavirus y se contagiaron de dengue: el drama de vecinos de Flores, Caballito y Palermo

Tres historias de familias que se enfermaron tras ser picados por el mosquito aedes aegypti en sus propias casas durante la cuarentena. Ya se registran 3.173 casos en la Ciudad.

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(CABA) «Uno piensa que estando en casa está protegido, pero al final lo que te cuida de un lado, te expone del otro. El mosquito que transmite el dengue es hogareño, y, al estar más en casa, estamos más susceptibles a que nos contagie». La médica Gisela Marchese (42) sabe de lo que habla: no sólo por su profesión, sino porque su marido y su hija contrajeron ese virus hace dos semanas. Fue en Flores, el barrio porteño más castigado por la enfermedad.

Entre las recomendaciones ante la pandemia de Covid-19, la más frecuente es la de quedarse en casa. Ese es el lugar donde, se supone, se está más a salvo del nuevo coronavirus. También se sugiere ventilar los ambientes seguido, por el mismo motivo. Pero, vaya paradoja, no se contaba con la astucia del aedes aegypti, la especie de mosquito que transmite el dengue y que, en el último tiempo, se movió a sus anchas al punto de contagiar a 568 personas más en la Ciudad de Buenos Aires en la última semana de marzo.

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Ya se registraron 3.173 contagiados en la Ciudad en el primer trimestre del año. Hay casos en todos los barrios, pero la mayoría se registraron en Flores (23%), al que le siguen Barracas y Villa Lugano, ambos con 14%. Villa Urquiza y Retiro también concentran gran cantidad de infectados.

Gisela vive en Flores. El 31 de marzo al mediodía, su hija de 11 años comenzó a levantar fiebre. Horas más tarde le tocaría a su marido, Pablo (40). No podían salir de la cama: el termómetro llegaba a 39 grados, bajaba a 37,5, volvía a subir. A las 24 horas tuvieron el diagnóstico: dengue. «Soy absolutamente cuidadosa de que no haya agua estancada y siempre nos ponemos repelente. Pero evidentemente hay una plaga tan grande que pudo más el factor externo que lo propio -observa esta madre de mellizos, uno de los cuales tampoco se contagió-. Enfrente de mi casa hay dos casos más, y otros dos en mi misma cuadra».

Como médica, Gisela sabe bien que es clave tomar paracetamol y no ibuprofeno, «porque en cuadros como este puede derivar en hemorragia«. También sabe que, mientras las personas contagiadas con dengue tienen fiebre, son potenciales infectantes. «Por eso estuvieron aislados, en una habitación. Les puse una mesita y un par de sillas, usaban el baño privado, les llevaba la comida. Igual, en el estado en el que estaban, sólo querían dormir: mi marido bajó cinco kilos y mi hija, dos».

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Sentir que la cabeza duele tanto que «querés cortártela«. Usar paños fríos en los ganglios y tomar baños de inmersión, con la esperanza de que ese fuego alguna vez se apague. Ver que el tatuaje de la serpiente boa de El Principito en el brazo izquierdo ahora tiene competencia: la piel de esa zona y de las piernas se llenó de petequias, pequeños puntos rojos, síntoma típico de dengue. Leticia Ciollaro (35) pasó cinco días tortuosos en su casa de Caballito, casi una semana en la que su temperatura corporal no bajó de 38 grados e hizo picos de 40.

«Me agarró por sorpresa, porque mi novio y yo somos muy precavidos acá en casa. El olor del espiral ya es parte de la ropa. En vez de sahumerio, espiral», dice a Clarín Leticia, que no pierde el sentido del humor aunque su piel siga con manchas y su perfil hepático esté alterado. El mismo humor que a veces la hace calzarse la nariz de payaso, cuando trabaja como enfermera neonatal en una clínica de Recoleta.

La historia de Sebastián Almada (43) guarda algunas similitudes pero arrancó con pista falsa: coronavirus. Vecino de Palermo, el barrio con más casos de Covid-19, jamás imaginó que el diagnóstico sería dengue. Cuando tuvo fiebre leve o un fuerte dolor de espalda, en la clínica le dijeron que no se preocupara, que no tenía nada. Volvió un par de veces: idéntico resultado. Así durante dos semanas. Hasta que levantó temperatura de nuevo y el médico a domicilio le ordenó extracción de sangre e hisopado. Ya no hubo dudas.

«Pasé cinco días con mucho dolor de cuello, espalda y rodillas. Estaba súper cansado. Tenía vértigo de noche. Tuve que tomar cuatro litros de agua por día, pero creo que eso fue lo que más ayudó», recuerda Sebastián, ingeniero y especialista en marketing digital. Cuenta que siempre mantuvo todo limpio y usó repelente, tableta y aerosol mata mosquitos. Pero, en este contexto, no bastó.

«Quedan dos semanas de pico, porque los mosquitos infectados que están dando vueltas ahora pueden seguir picando. Conforme se mueran, habrá menos mosquitos con el virus y la posibilidad de que termine el brote en dos semanas es mucho mayor», explica Julián Antman, gerente operativo de Epidemiología del Ministerio de Salud de la Ciudad.

Es que, remarca el especialista, «cuando la temperatura es menor a 18 grados durante varios días, el mosquito tarda más en hacerse infectivo. Entonces muere antes de poder infectar. Lo más probable es que sigamos con la misma curva de 2016″. Pero «todavía quedan dos largas semanas, por lo que es clave cumplir con las acciones de prevención -remarca Antman-, sobre todo eliminando cualquier agua acumulada e higienizando las rejillas tirando agua hirviendo en los bordes y limpiándolos bien».

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Consultados por Clarín, desde el Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana de la Ciudad informan que «se está realizando un plan de desinsectación que consiste en tareas de fumigación y/o operativos de descacharreo en diferentes zonas de la Ciudad». Las tareas de descacharreo llevadas adelante por esta cartera se hacen siempre en espacios públicos, a raíz de algún pedido puntual de un vecino que haya llamado a la línea 147, o bien si en las tareas de fumigación se observa que hay que sacar agua acumulada.

La fumigación, en tanto, se efectúa «en lugares dependientes del Gobierno de la Ciudad cuando existe la presencia en abundancia del mosquito adulto», a través de un procedimiento denominado termonebulización. Puede hacerse de dos formas: con camionetas equipadas con un dispositivo que esparce insecticida en las calles, o bien de forma manual, con una mochila o un pulverizador a motor que rocía el producto en espacios reducidos.

A su vez, señalan desde el Ministerio, se hacen tareas preventivas de descacharreo retirando toda agua acumulada y todo objeto que permita la acumulación y aplicando larvicidas. Cuando estas tareas se llevan adelante en barrios populares, colabora el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, para que Espacio Público pueda ejecutar los operativos en los espacios comunes ubicados en esas zonas.

Voceros de Desarrollo Humano y Hábitat destacan que los meses ideales para hacer los operativos contra el dengue son los de invierno, pero que “estamos en una situación especial”, que les llevó a hacer “operativos extraordinarios”.

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En barrios populares como las villas 31, 1-11-14, 15, 20 y 21-24, entre otras, “se hacían operativos tradicionales de descacharreo en las calles y dentro en las viviendas, antes de la proliferación de la pandemia de Covid-19”, indican voceros de Desarrollo Humano y Hábitat. Sin embargo, “las del interior de las casas se suspendieron para evitar la concentración de personas y, en consecuencia, la propagación del virus”.

Ya recuperadas, las personas contagiadas en sus propias casas que protagonizan las historias de esta nota, ahora comienzan la segunda fase: cuidarse todo lo posible para no volver a infectarse. «Sé que si a mi familia la vuelve a picar un mosquito con dengue, y si es de un serotipo distinto al que los picó la primera vez, hay altas probabilidades de dengue hemorrágico -reconoce Gisela-. Lamentablemente, vamos a vivir eternamente en estado de alerta». NR

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