Buenos Aires, 16/10/2019, edición Nº 2527
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Héctor Nazaralet, el héroe de Malvinas que recuperó los rostros de 227 caídos en la guerra

La historia del veterano que después de visitar las islas se propuso recuperar fotos de los combatientes caídos. Su trabajo se podrá ver en Quilmes y en el Museo Barrio de Flores.

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(CABA-PBA) Después de visitar las islas en 2018 y llorar junto a la tumba de un compañero, Héctor Nazaralet se propuso recuperar fotografías de los combatientes caídos en la guerra para inmortalizar sus rostros. “No podía ser que nuestros héroes quedaran en el olvido”, asegura el hombre, que hoy presentará su trabajo finalizado en Quilmes, cuya réplica se expondrá en Capital en el Museo Barrio de Flores.

El 18 de julio de 2018 el veterano de Malvinas Héctor Nazaralet pasó su cumpleaños número 56 de una manera distinta: junto a la tumba de su compañero, el soldado Ignacio María Indino. «Recuerdo que fue un día nublado, muy frío, pero sin lluvia. Yo no soy un católico practicante pero puedo asegurar que el Cementerio de Darwin tiene una energía muy fuerte, te genera algo difícil de explicar, es especial», describe. Tan impactante fue lo que sintió que en ese mismo momento empezó a darle vueltas en la cabeza una idea que perduraría por mucho tiempo.

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Nazaralet visitaba las Malvinas luego de más de tres décadas de haber estado, junto a ocho compañeros, los soldados Marcelo Cajigal, Carlos Valleca, Javier Perdomo, Santiago Pasman, Tito Ferro, Martín Goñi, Alfredo Puchi, Sergio Fasi y su hermano. Por varias horas recorrieron el cementerio mientras el frío les agrietaba la piel y les llegaba hasta la médula. Juntos, rezaron un rosario.

Con una campera celeste, Héctor caminó a lo largo y a lo ancho de esas tumbas y repitió en voz alta el nombre de cada uno de los 235 caídos que figuraban en las lápidas. «Cuando pasaba por una cruz que no tenía nombre repetía en voz alta: ‘Soldado sólo conocido por Dios'», señala en diálogo con Infobae.

Los ex combatientes regresaron de aquel viaje con su cabeza explotada de imágenes. Y la película que no paraba de girar en la cabeza de Nazaralet era la de su compañero, el soldado Indino. Primero en los días que compartieron en el Regimiento de Palermo. «‘¡Qué lindo ser indino!’, bromeábamos», recuerda, mientras una lágrima empezaba a correr lento hacia su mejilla. La memoria lo lleva a los días en el Regimiento de Palermo, cuando su compañero pasaba a buscar a todos los que habían quedado de guardia el fin de semana en una rural: «Antes de la guerra, él tenía el trabajo de estafeta postal, entonces quedaba libre sábados y domingos. Vivía en Adrogué, pero el tipo se venía a buscar a los compañeros que salían y los repartía por toda la zona Sur. Indino era un tipazo«, relata Nazaralet.

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Las imágenes de la Guerra de Malvinas no tardaron en llegar. Nazaralet e Indino estuvieron juntos en el en Moody Brook, a cinco kilómetros de Puerto Argentino hasta el 29 de abril de 1982, cuando Héctor fue trasladado. «Yo brindaba comunicaciones entre los regimientos, entonces tenía que recorrer la isla para entregar los equipos y tender las redes en todo Puerto Argentino. Además, registraba fotografías de la guerra», explica. El 8 de junio, Nazaralet e Indino volvieron a verse. Tres días después una cuadrilla de Sea Harriers bombardeó Moody Brook. Indino, que no tenía que ir a la guerra y decidió asistir porque no podía abandonar a sus compañeros murió junto a los soldados Mosto y Rodríguez.

«Pensar que todos queríamos ser Indino, y él no tenía que estar ahí», lamenta Nazaralet 37 años después.

Como si se tratara de diapositivas, los recuerdos y las charlas de aquellos días de 1982 siguieron cayendo en su cabeza durante todo el vuelo de regreso a continente y Héctor se dio cuenta de que muy pocos vieron alguna vez la cara de Indino y de sus compañeros.

«¿Cómo puede ser que nadie conozca las caras de nuestros héroes de Malvinas?«, pensó. Fue en ese vuelo introspectivo que Héctor encontró el disparador del que sería el trabajo más importante de su vida después de la guerra.

Héroes con rostro
Nazaralet tiene 57 años, es dueño de un estudio de fotografía en Quilmes y tiene «una familia espectacular, un familión», según lo define él mismo. ¿Los integrantes? Sus hijos, Alan (28) y Yamila (31): «Son la razón por la que estoy tan bien, no todos tuvieron la misma suerte». Y su mujer, Miriam Sarkis: «Mi orgullo y mi sostén, la que me acaricia la cabeza cuando me levanto exaltado a la noche».

Quizá esa sea la razón de su estabilidad emocional. Y también la razón de una pregunta que siempre vuelve: como muchos veteranos de Malvinas, cada mañana, cuando se mira al espejo, Héctor ve que fue las arrugas y las canas ganaron su cara, que fue envejeciendo y piensa: «¿Por qué ellos quedaron allá y yo tuve la posibilidad de rehacer mi vida?».

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Desde aquel viaje, más allá de cualquier interrogante, el ex combatiente encontró el norte que ocupó cada día de su último año: «Unos días después de la visita a Malvinas voy a buscar un certificado al Regimiento Argentino de Palermo y veo un dibujo muy malo del cementerio de Darwin. Y pensé: ‘¿Cómo puede ser que eso sea lo que le mostramos al mundo de nuestros caídos´?'», asegura. Cuando llegó a su casa se puso armar un croquis del cementerio.

Héctor buscaba argumentos, se motivaba y se convencía de lo que tenía que hacer: «¿A quién no le gustaría conocer la cara del Sargento Cabral que dio la vida por San Martín? Después de dibujar el cementerio, le fui agregando la cara de cada héroe junto a su cruz. El tema es que faltaban muchas», explica el veterano.

Cuando empezó su trabajo, Héctor ya se había amigado con su historia, aunque le llevó más de veinte años llegar a ese puerto. «Cuando volvimos de Malvinas nosotros éramos los loquitos. Si decías que eras un ex combatiente te miraban mal. Yo estuve años hablando de Malvinas en tercera persona, como si le hubiera pasado a otro. Me invitaban los veteranos de Quilmes pero tenía una negación a juntarme con ellos, no podía».

Cada foto que llegaba al banner de Héctor era una nueva historia. Todas épicas y tremendamente conmovedoras. La del soldado Falcón, chaqueño, flaquito y desnutrido, que decidió encarar a un pelotón de ingleses en medio de un enfrentamiento y fue acribillado por el enemigo. «Cuando me comuniqué con la hermana del soldado Falcón, en el Chaco, y tenía una sola foto: No se la puedo dar, se llevó todo la inundación’, me decía. Entonces yo le explicaba que pusiera el celular perpendicular». La del soldado Julio Rubén Cao, el maestro de Laferrere, que se ofreció como voluntario para defender a la Patria y murió en la batalla final del 14 de junio. O la del soldado Mesa, identificado por la Cruz Roja en 2017, que murió aferrado a la foto de su novia.

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De alguna manera, Nazaralet siente que su trabajo viene a completar el que encabezaron el ex combatiente Julio Aro, el soldado inglés Geoffrey Cardozo y la directora editorial de Infobae, Gabriela Cociffi que, después de años de gestiones con Cancillería y la Cruz Roja, lograron que el Reino Unido permitiera tomar el ADN de cada «Soldado solo conocido por Dios» y lograron identificar a 114 caídos. «Ahora me gustaría que se pudiera poner el rostro de cada héroe sobre su cruz», se emociona Nazaralet.

En agosto, el veterano se pasó días enteros tratando de restaurar el rostro del soldado Mario Sánchez. Su familia apenas conservaba una foto porque la inundación de Chaco del ’85 se había llevado todo. El último registro de ese héroe de Malvinas se iba desvaneciendo, apretado bajo el vidrio de una mesa de luz.

Nazaralet trabajó día y noche hasta lograr restaurar el retrato. A fin de mes, el fotógrafo y ex combatiente se la mandó a la prima del soldado: «¿Es él?». «Sí, quedate tranquilo que ese es Mario», le contestó.

Fue el 26 de agosto pasado. Ese día, Héctor le puso cara al soldado número 227 y terminó su trabajo tras un año de trabajo intenso. «Y la satisfacción que sentí no te la puedo explicar. Ahora el banner puede ser impreso en cualquier medida. Me gustaría que estuviera en la entrada de Ezeiza. Es gratis y lo pude tener quien quiera», acepta.

Hoy miércoles, desde las 12, Héctor presentará su trabajo en el centro de veteranos de Quilmes Oeste de la calle Joaquín V. González y esquina Gutiérrez. «Los rostros de nuestros héroes en Darwin quedarán por siempre en la historia Argentina», reza la invitación. La entrada es gratuita y habrá una disertación donde Nazaralet contará el recorrido de su trabajo.

En Capital, el Museo Barrio de Flores (Ramón L. Falcón 1893) tendrá la réplica de este material en su sala dedicada al veterano de Malvinas Fabián Volonté.

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Mi gran amigo y hermano de la guerra, un groso de la fotografía. Un trabajo que traspasará generaciones, los rostros de los héroes caídos en defensa de la soberanía nacional, para que todo el que quiera pueda observar de cada uno de los que dio la vida por la patria. Gracias Héctor por tu aporte para que todos los argentinos puedan apreciar tu trabajo: los rostros de la patria”, felicitó con emoción Volonté a Nazaralet.

«Siento que esto no sana la herida pero la completa un poco. Cada uno volvió de la guerra con un mambo distinto. A veces pienso que quizá yo haya regresado con la misión de hacer este trabajo y que el rostro de nuestros héroes nunca sea olvidado, quién sabe», reflexiona el ex combatiente Nazaralet, visiblemente emocionado y cierra: «En cuarenta años los ex combatientes no vamos a estar más y nadie iba a hacer este trabajo. Nosotros volvimos, ellos son los verdaderos héroes y sus caras merecían ser recordadas«. NR

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