Buenos Aires, 26/04/2018, edición Nº 1989
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Cultura

Ya se pueden disfrutar obras de Leonardo Da Vinci, Rafael y Goya en el Museo de Bellas Artes

Se inauguró la muestra Obras maestras del Renacimiento al Romanticismo. Los detalles.

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(CABA) Leonardo Da Vinci está en Buenos Aires. Con la pequeña escultura en bronce Guerrero a caballo -realizada entre 1500 y 1550 y que le fue atribuida-, se inauguró la muestra Obras maestras del Renacimiento al Romanticismo en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). La obra es parte de un conjunto de 58 exquisitos trabajos pertenecientes a grandes maestros del Renacimiento, el Barroco y el Romanticismo, es decir, de fundamentales (y en su momento disruptivos) movimientos artísticos europeos entre los siglos XV y XIX.

Las piezas provienen del Museo de Bellas Artes-Galería Nacional de Hungría, ya pasaron por Londres, París y Madrid, y se quedarán en préstamo hasta julio en la Argentina, donde se pueden visitar de manera gratuita.

Buenos Aires es la única ciudad de América en exponer este excepcional conjunto. Estas obras antiguas, delicadas, son difíciles de trasladar y de cuidar. Pero los 18 millones de pesos que costó la producción de la exhibición representan un costo bajo si se toma en cuenta el valor de la colección.

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Artistas como los españoles Murillo y Goya; los flamencos Rubens y Van Dyck; los italianos Rafael, Tiziano, Giorgio Vasari y el alemán Lucas Cranach, junto al fundamental holandés Pieter Claesz logran introducirnos a otros mundos, otras sensibilidades lejanas, sorprendentes, de impresiones duraderas. Para el público, un viaje a momentos de la historia en que los artistas habían comenzado a tener entidad propia. Ya no eran considerados obreros o artesanos sino hacedores de un trabajo intelectual.

En el mismo momento, el hombre (y no Dios) pasó a ser el centro de las preguntas filosóficas, de los cuestionamientos, problemas y respuestas: pasó a ser individuo, separándose de la condición de súbdito, ya sea de la Iglesia o de la nobleza.

Las obras hablan de la etapa que fue preparando el clima para que en 1789 ocurriera la Revolución Francesa. Por eso nos dicen mucho: cada artista va narrando pequeños avances, destellos, descubrimientos, en los que el hombre, sus propuestas y pensamientos se reafirman. La humanidad va creciendo en otras direcciones, buscando libertad, ascenso social, nuevas experiencias, ciudadanía y conocimiento.

El grupo de trabajos presente en el MNBA -curado por Florencia Galessio, investigadora del museo, y Angel Navarro, especialista en arte europeo, con la ayuda de Adriana Lantos, del museo húngaro del que provienen-, significa una oportunidad para conocer artistas y géneros pictóricos que marcaron cambios drásticos en la historia del arte.

El primer núcleo está dedicado al Renacimiento del norte de Europa (entrando a la sala, hacia la izquierda). Allí, las pinturas realizadas sobre madera. Un tiempo después, en Italia, se comenzó a pintar sobre lienzo. Las obras describen parejas de personajes grotescos, satíricos, críticos: son del alemán Lucas Cranach el Viejo (su hijo, Lucas Cranach el Joven, también pintaba), quien utilizó la ironía para mensajes morales. Pareja amorosa desigual: hombre viejo y mujer joven, de 1522, y Pareja amorosa desigual: hombre joven y mujer vieja, de 1520-1522, conservan el agudo nivel de detalle –a pesar del paso del tiempo- de cada una de sus manos, rostros, medio-cuerpos pintados con el reciente afianzamiento -en el Renacimiento- del óleo.

Si bien se usaba desde hacía siglos, no fue hasta esta época en Flandes, cuando algunos pintores comenzaron a utilizarlo regularmente. Hacían experimentos con pigmentos y aglutinantes en búsqueda de un color más vibrante, de mayor densidad, que además les posibilitara deslizarse con el pincel como si fuera un afilado lápiz.

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¿Qué les permitió el uso del óleo a estos artistas? Puede verse en otro núcleo de la exposición, dedicado a las naturalezas muertas de los siglos XVI y XVII holandés, es decir, del barroco holandés. Y estas son obras ni más ni menos que del gran y paradigmático Pieter Claesz. Llenas de simbologías: el vino y el pan se relacionan con la Eucaristía, las uvas con Cristo y las manzanas con el pecado original. Estas importantes pinturas representan también, con sus frutas, carnes y vegetales pudriéndose, la precariedad y finitud de la vida.

El óleo le permitió a Claesz responder a las demandas de sus nuevos clientes: ya no la Iglesia (como en la Edad Media y el Renacimiento) ni la monarquía, sino los burgueses que querían demostrar, ostentar su riqueza y clase social a través de los objetos de uso cotidiano. Por eso, estas naturalezas muertas brillan otorgando ricas texturas visuales y matéricas a los utensilios de metal, las centellantes copas de cristal, las flores exóticas… Ubicadas hacia un costado de estos trabajos, cuatro –pequeñas, exquisitas y llenas de detalles- pinturas de óleo sobre tabla de roble representan las cuatro estaciones, la primavera, el otoño, el verano y el invierno, realizadas por el flamenco Jacob Grimmer en 1557. Son una invitación a descubrir decenas de diminutos personajes corriendo, patinando, cocinando, con influencias del gran pintor Bruegel el Viejo -hay obra suya en la Colección Fortabat-.

Cerca, las vedutas, esas vistas de paisajes urbanos (en este caso de Venecia y Roma), obras que los artistas pintaban para ser vendidas y llevadas a otros países, cuando las personas comenzaron a realizar cierto tipo de turismo incipiente.

Luego, dos pequeños retratos, dos cabezas: una es del eximio retratista flamenco Anton Van Dyck: sus trazos otorgaron naturalidad expresiva a los rostros (sin perder exactitud ni agudeza de observación), algo inédito para la época. El hombre retratado lleva puesto un traje negro con brocado: demuestra su posición acomodada. El otro retrato no es, en realidad, una obra en sí misma, sino un estudio de Peter Paul Rubens. Se sospecha al primer vistazo: la tela sobre la que está pintado no es de buena calidad; es un ejercicio pictórico. Estudio de una cabeza masculina y parte del proceso de elaboración de la Adoración a los Reyes Magos, retablo que le habían encomendado. Muestra, además, el trazo dinámico del artista.

También se presenta el conjunto de obras húngaras, especialmente del siglo XIX, que expresan las influencias de los maestros y precursores anteriores. Se exponen mitos, como el de Eros y Psique, otro tema recurrente durante estos siglos.

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Pero, en definitiva, ¿qué nos dice esta serie de obras? Que a pesar de los cambios técnicos y sociales, el hombre sigue preocupado siempre más o menos por lo mismo: el amor, el dinero, el paso del tiempo, la muerte y el poder. Estas obras también nos cuentan un fragmento de historia: cómo nos fuimos volviendo más libres. Por último –y algo fundamental- observarlas genera placer, goce estético, efecto y afecto: impresión reflexiva y no sorpresa pasatista. Esto es invalorable en tiempos en que tanta producción tiende a ser “sesuda”, conceptual, de largos, imbrincados y costosos procesos. Poder simplemente caminar y detenerse ante una pequeña tabla de madera con una pareja pintada perspicazmente hace 500 años, poder emocionarse porque su fuerza y su autenticidad continúan, tiene una validez inmensa. Alivia comprobar que nuestra sensibilidad sigue, a pesar de la vida y las campañas de marketing que nos abruman, reconociendo cuando un artista nos está diciendo la verdad a través de sus obras.

Obras maestras del Renacimiento al Romanticismo” se puede visitar gratis de martes a viernes, de 11 a 20; y sábados y domingos, de 10 a 20, en el Museo de Bellas Artes (Av. Del Libertador 1473).  Las visitas guiadas comienzan el 6 de abril y se realizarán de viernes a domingo, a las 12. NR

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