Buenos Aires, 11/07/2020, edición Nº 2796
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Sociedad

Las construcciones sociales y las políticas que convierten a la menstruación en un factor de desigualdad de género

Más allá de la biología, los factores que condicionan a los cuerpos menstruantes y les juegan en contra.

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(CABA) Desde que menstruamos por primera vez, un saber popular que se sigue transmitiendo de generación en generación le hace saber a una niña que se convirtió en mujer. “Hacerse señorita” es la frase látigo. Y, en general, se celebra porque se entiende que la menstruación marca un pasaje a la adolescencia e inicia cambios en el desarrollo de senos, de las curvas. Pero ahondemos un poco más: ¿qué decimos que es la menstruación? Una preparación para la maternidad.

Hay personas que menstrúan y pueden no desear ser madres. Hay mujeres que no menstrúan y son tan mujer como cualquier otra, y hay personas que menstrúan y no desean ser mujeres, como los varones trans.

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La menstruación es un hecho real del cuerpo sobre el que se sigue significando -desde la naturaleza- la condición de mujer. Y paradójicamente, eso mismo que nos hace mujeres desde un saber popular, es algo que debe ser ocultado muy bien de la percepción ajena. Lo ocultamos en el lenguaje, hablando en código con eufemismos como “Vino Andrés” y también buscamos productos de gestión menstrual que nos garanticen “protección femenina”, es decir, ausencia de manchas y “accidentes” en público.

¿Por qué? Porque nos avergüenza. Vivir con vergüenza esa experiencia es una construcción social que refuerza la idea de inferioridad de las personas que nacieron como mujeres y menstrúan, que afecta de una forma naturalizada la autoestima porque se les dice a las mujeres que sus cuerpos son inadecuados en el ámbito social si se nota que menstrúan. Todas estas construcciones sociales y culturales sobre la menstruación como equivalencia a mujer, a maternidad futura y a algo sucio y/o vergonzante (tabú) son sólo un eje para comprender por qué puede ser un factor de inequidad de género. Pero hay otros argumentos por los que sostenemos esto mismo.

Pensemos: las instituciones públicas no están preparadas para la necesidad de los cuerpos que menstrúan. Suele haber dispensers de preservativos pero no de toallas y tampones.

Pensemos que cuando hay una situación de emergencia o catástrofe, los Estados suelen entregar pañales para bebés pero no productos para la gestión de la menstruación.

Pensemos que las mujeres en situación de calle, las mujeres privadas de su libertad y las niñas, adolescentes y adultas más pobres, no suelen tener acceso gratuito a productos de gestión menstrual.

Pensemos que la menstruación es una causa de desigualdad económica porque quienes menstrúan pagan impuestos sobre esos productos cuando son de primera necesidad.

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Pensemos que es una fuente de desigualdad en el acceso a la educación porque hay niñas y adolescentes que por no tener productos que efectivamente contengan y enmascaren esa sangre faltan a la escuela en esos días.

Pensemos que a muchas niñas aún se les transmite información errónea, incompleta o no se les transmite información alguna sobre la menstruación y reciben su menarca con angustia y una falta de información sobre sus cuerpos que vulnera sus derechos sexuales y reproductivos.

Y la lista podría seguir extendiéndose. Pero es tiempo de que el debate parlamentario trate los proyectos de ley relativos a la provisión de una educación completa sobre la menstruación, provisión gratuita de productos de gestión menstrual para poblaciones vulnerables, exención del IVA sobre esos productos, investigación sobre la seguridad de todos los productos de gestión menstrual y adecuación de los espacios públicos a esas necesidades. Estas también son políticas públicas aún pendientes.

* Por Eugenia Tarzibachi, Doctora en Ciencias Sociales y Psicóloga por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Educación por la Universidad de San Andrés y especialista en Salud Integral Adolescente (UBA). También es autora del libro Cosa de Mujeres. Menstruación, Género y Poder (Sudamericana/Penguin Random House, 2017) nominado al Premio Ángeles Durán de la Universidad Autónoma de Madrid (España).

Fuente consultada: Clarín

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