Buenos Aires, 12/12/2018, edición Nº 2219
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En Buenos Aires, ellos viven del arte

Una docena de artistas revelan los malabares de una agenda que incluye vender obras, dar clases, obtener subsidios y ganar becas.

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(CABA) Hacer algo “por amor al arte” es sinónimo de gratuidad. Pero vivir del arte es otra cosa. La vida de muchos artistas argentinos es un constante equilibrio entre placer, deber, necesidad y deseo. Es la hazaña de vender obras en un mercado chico, dar clases, pedir un subsidio, ser artesano, ganar un concurso… o manejar un taxi de día y pintar al óleo de noche.

“Si hubiera tenido que vivir del arte habría pedido limosna en algún momento”, se ríe hoy Edgardo Giménez, rey aquí del pop art, que supo combinar su dedicación al color con trabajos rentados como publicista y diseñador.

Richard Sturgeon hizo malabares desde los 18 años, cuando se descubrió artista: mañanas de banco, tardes de taller y noches atendiendo un bar. “Largué la vida corporativa a los 30 años y tenía un hijo. Primero compré un taxi y con eso me defendí unos dos años. Después trabajé en una galería, hasta los 45, cuando empecé a vender mejor. Pero nunca dejé de dar clases. No es una vida holgada”, reconoce el ganador del Premio Nacional de Pintura 2014.

Este galardón es un desahogo después de una carrera, muchas veces, de obstáculos. Equivale a cinco jubilaciones mínimas y suma algo menos de $ 20.000.

“Nuestra vida es mucho mejor que la que tuvieron nuestros maestros. Antes, estudiar arte era la condena a una vida miserable”, dice María Inés Tapia Vera, que acaba de ganar el premio en la categoría Grabado. “Fui pobre. En los 70 hasta era mal visto vivir de la obra. Cuando nos casamos con Eduardo Iglesias Brickles, no teníamos nada. Trabajé de mil cosas hasta que me recibí y me dediqué a la docencia, y Eduardo, a diseñar en diarios. Cuando vendíamos algo, ese año nos íbamos de vacaciones”, cuenta Tapia Vera.

“Cuando gané el premio municipal, pude dejar las escuelas y tener algo de ocio creativo: es muy difícil llegar de la calle, tirar la cartera y ponerse a crear. El Municipal son alrededor de $ 9000 por mes. Pagás el alquiler y comés. Pero el Nacional me resuelve el problema de la jubilación”, analiza.

Carola Zech es otra maratonista que llegó a esa meta. “En los 80 fui artesana mientras duró mi formación y, de ese modo, viajé mucho. Después, por unos diez años fui profesora de plástica y dedicaba al taller las tardes y noches. Puedo recordar el cansancio feliz de esa época tan constructiva. Un trabajo para sostener otro”, recuerda.

“He vivido de la enseñanza en mi taller y de algunos premios. Gracias a la pensión del Gran Premio voy a tener la tranquilidad de seguir produciendo”, cuenta Diana Dowek a La Nación, ganadora 2015 en Pintura.

Los jóvenes encuentran diferentes recetas. “Este año nació mi segunda hija y las ventas no me acompañaron. Mi economía es mensual: pago alquiler y no tengo trabajo fijo”, dice Hernán Soriano.

Se mueve en bicicleta y su obra está hecha con materiales muy baratos u objetos encontrados. “Hago trabajos de montaje, obras o encargos para artistas, escenografías o cualquier trabajo donde haya que construir cosas. Soy dibujante, escultor, tengo nociones de mecánica y pintura. Todo lo que gano está destinado a mi familia. En el amor soy una persona rica”, dice.

“Vivir del arte no es fácil. Los artistas muchas veces tenemos que buscar alternativas laborales”, coincide Catalina León. “Vivo un poco de la venta de mis obras y otro poco de mi trabajo en Vergel, asociación civil que entrelaza arte y salud. Aunque en este momento logro mantenerme, es siempre un terreno incierto”, desliza.

Isabel Peña atravesó años de terapia lacaniana para asumir su esencia de artista y la imposibilidad de vivir de otra cosa. “Me ayudó a hacerme cargo de mi deseo y a salir al ruedo. Al principio no objetivás tu obra y sentís que te dicen a vos que no cuando rebotás en una galería o un premio. Pero salir y rebotar es menos malo que quedarte encerrado sintiéndote un genio incomprendido. Es dura la calle, pero te enseña un montón -recomienda-. Trabajar es un placer y una necesidad. En un momento me sentí cansada de luchar, y pensé en tener otro trabajo… pero me di cuenta de que sólo iba a perder años de vida a cambio de un sueldo.”

No todas son pálidas. “Vivir del arte para mí es inevitable. Una pulsión vital”, dice Paula Cecchi. Estudió medicina, pero nunca ejerció. “Siempre el arte me dio trabajo. Tuve la suerte de tener de maestro a Guillermo Roux y de ver a un artista y su vida de cerca”, dice. Vive de la venta de obra y de dar clases, muchas clases, en el taller que abrió con su marido, Pablo Noce, también pintor, cuando la casa empezó a quedarles chica para sus cerca de 50 alumnos.

“La clave es perseverar, no dejar de trabajar y ser consecuente”, comenta. Recibió un subsidio para hacer un libro de su obra, que cubría parte del gasto de impresión, y para el resto recurrió al financiamiento colectivo. Juntó lo que necesitaba en cuestión de días. “Fue un boom. Internet está abriendo caminos interesantes”, cuenta.

Paula Pellejero integra otro matrimonio de artistas con buena suerte en la Web. Gracias a las ventas del taller de dibujos de entre $ 50 y $ 1000, difundidas por Facebook, solventan sus viajes laborales. “Cuando entra dinero desde el arte es invertido en nuevos proyectos. Y si no, me las rebusco presentando el proyecto a instituciones”, cuenta.

El arte contemporáneo, ese que no está destinado al cubo blanco, requiere un ejercicio constante de papeleo: presentarse a becas, concursos, subsidios y convocatorias. En eso, Gaspar Libedinsky, uno de los ganadores del concurso BA Sitio Específico, es un experto. “Me nutro para ello de mi labor académica. De mi estudio salen obras que el mercado después rotula como arte, arquitectura o diseño. Pero el trabajo más rentable es el de curador, que también ejerzo, sin los riesgos del artista, que debe invertir en la obra sin la seguridad de que será vendida”. Su proyecto Carrousel, una calesita a pedal, pronto empezará a girar en Parque Patricios.

Ana Gallardo, más que luchadora, es una gladiadora. “Fui asistente en galerías, camarera, cociné, inventarié colecciones, vendí celulares, jubilaciones privadas… He trabajado toda la vida y, hasta hace muy pocos años, en relación de dependencia”, relata. De esos tiempos es reflejo su video La casa rodante, donde recorre la ciudad con su casa a cuestas. “Ahora tengo un plan un poco más cómodo, con honorarios por cada obra in situ, subsidios y clínicas”, enumera.

Gallardo acaba de representar al país en la Bienal de Venecia y lleva adelante La Verdi, un proyecto de talleres gratuitos para artistas financiado con la ley de mecenazgo: “Encontrar empresas que te apoyen es lo más difícil”.

El mercado es una necesidad y un riesgo. La joven Julieta Barderi tuvo en su primera muestra en una galería un fuerte éxito comercial. “Pero después empecé a trabajar una imagen más densa, incómoda. Si bien perdí lugar en la galería, ya que consideraron esta obra menos amable y que no se iba a vender, este trabajo fue después premiado”, contó en una mesa redonda sobre cómo vivir del arte en la escuela Regina Pacis.

Enrique Burone Risso respondió desde la voz de la experiencia: “El artista, si trabaja con seriedad, tarde o temprano será reconocido. Es importante no aceptar condicionamientos y escapar a las modas, con una producción artística sincera”. Por cuatro años trabajó a sueldo para una galería, hasta que empezaron a pedirle determinada obra. “La obra no se realiza para gustar o vender”, advierte. Con su galería actual tiene un acuerdo diferente: “Voy a porcentaje de la venta y la obra siempre es del artista”.

“A mí me gusta llegar a fin de mes tranquilo”, dice sin problemas José Luis Anzizar. Llegó a ocupar el puesto de director de Operaciones y Tecnología para América Latina del Citi, donde trabajó por 20 años. Renunció en 2002, para dedicarse al arte, pero también fundó una consultora de liderazgo, donde aplica sus facilitaciones gráficas.

“Vivo en un 50 por ciento del arte y el otro 50 por ciento del liderazgo… y no veo la diferencia entre estas cosas”, confiesa.

Existe un prejuicio: se le dice salonero al que concursa con frecuencia. Pero no es por eso que la pintora Deborah Pruden rehúye presentarse. “Las veces que mandé, ni me seleccionaron para integrar la muestra, y tenés que pagar el marco, el flete, cumplir requisitos… Desistí”, reconoce.

“Los artistas seguimos pintando y exponiendo, aunque no nos paguen. Espero que esta idea romántica se vaya revirtiendo”, añade Pruden.

“Si el artista se mantiene sólo en su taller buscando la obra, se vuelve frágil y dependiente. Un artista es un empresario de sus estéticas”, alienta Mónica van Asperen, una artista con trayectoria. Y va más allá: “El dinero viene por la obra, si quien la hace la suelta a su destino”.

vivir del arte 2

HISTORIAS DE ESFUERZO Y PASIÓN

La casa rodante de Ana Gallardo. En esta videoperformance de 2007, la artista documentó el año en el que ella y su familia vivieron de mudanza en mudanza una vez por mes. Con los muebles más queridos a cuestas (en la foto su hija pedalea), recorrió ocho kilómetros en una tarde para recordar los traslados del living de su hermano al de su hermana, y de la vivienda de un amigo a la terraza de otro…

Paula Cecchi. Su obra se vende en la galería Laura Haber. Da clases en el taller de Guillermo Roux, en la Universidad Nacional de las Artes y en el Taller La Oficina, que abrió con su marido Pablo Noce cuando su casa empezó a quedar chica para los casi 50 alumnos y su pequeño hijo, pintor en potencia

Catalina León. Llegó a vender su obra por kilo en una verdulería, cuando creaba sobre escombros. Este año las cosas pintan mejor: trabaja en arte y salud en el hospital Garrahan y tiene taller sin cargo en Prisma, una entidad subvencionada mediante ley de mecenazgo

José Luis Anzizar. No tiene problemas con su galería, Elsi del Río (la dirige su marido, Fernando Entin). Trabajó 20 años en el banco Citi y ahora da cursos sobre liderazgo. “Cualquier técnica es lo de menos. Hoy lo que ayuda a crecer es la capacidad de comunicar y de relacionarse con otros”, alienta.

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