Buenos Aires, 24/11/2017, edición Nº 1836

Chuenga, un dulce personaje porteño

Deportes en el recuerdo.

Se hizo famoso en las canchas de fútbol, donde vendía unos caramelos que el mismo había creado.

chuenga

(CABA) “¿Aureri?”, preguntaba uno. Y el otro respondía “diez”. Era un clásico en los potreros de principios del siglo XX para poder iniciar el partido. Aquello era una herencia inglesa cuando lo habitual era que un jugador le dijera a un contrario “are you ready?” y le contestaban “yes”. La frase, aporteñada, pasó a la historia relacionada con el fútbol. Pero no fue la única.

Al margen de lo vinculado estrictamente con el juego y sus reglas, también traducidas al castellano de Buenos Aires, hay una expresión gringa que se hizo símbolo futbolero por excelencia, al menos para tres generaciones de hinchas: la palabra chuenga. En su origen era chewing- gum, es decir goma de mascar.

Pero, por obra y gracia de un porteño al que hoy se definiría como microemprendedor, el chuenga fue la golosina de los estadios y el seudónimo de su creador: José Eduardo Pastor. Nacido el 23 de agosto de 1915, el hombre no era más que un vendedor ambulante que un día, junto con Victoria Strozzo (su esposa) empezó a fabricar en forma artesanal unos caramelos deformes que, envueltos en papel, luego vendía por las tribunas. Flaco, ligeramente chueco y vestido con remeras o pulóveres multicolor, Chuenga recorría con agilidad los peldaños (muchos de madera) de todas las canchas, mientras voceaba su producto. Entonces, el cliente cambiaba unas monedas o un pequeño billete por un puñado de ese masticable blanco o veteado, cuya fórmula Pastor nunca reveló. La medida del puñado variaba según el dinero ofrecido. Y cuando la tribuna estaba muy llena y Chuenga no podía pasar, los propios hinchas hacían una cadena de postas para llevar el producto hasta el cliente y traer de vuelta el dinero de la paga. Cuentan que la carrera profesional de Chuenga empezó en la década del 30 y llegó casi hasta los 70, cuando algunos problemas en sus piernas lo dejaron fuera de juego.

Entonces, recuerdan que se retiró a su casa en la zona de Eva Perón y Lacarra, hasta su muerte ocurrida el 3 de diciembre de 1984, hace casi treinta años. Para esa época, aquel hombre de la bolsa repleta de caramelos, ya era leyenda. Y alrededor de su figura circulaban varios mitos: decían que se había hecho millonario y tenía una mansión con autos lujosos; contaban que había vendido la fórmula de sus caramelos a una empresa estadounidense que no lo quería como competidor; y hasta recordaban haberlo visto el mismo día y a la misma hora en dos estadios distintos, voceando esa golosina poco ortodoxa que se vendía de a puñados. Su popularidad era tanta que, en sus años de esplendor, Pastor no sólo frecuentaba los estadios de fútbol. Hay quienes afirman haberlo visto alguna noche de peleas estelares en la tribunas del Luna Park; o en la final de un torneo de rugby; o en la cancha de polo de Palermo y hasta en algún tren de la línea Mitre, siempre con su tradicional grito de “chuenga”, “chuengaaaaa” sosteniendo su bolsa de lona con el brazo izquierdo y repartiendo puñados con la mano derecha. Algunos lo tienen como hincha de Defensores de Belgrano.

Otros, como simpatizante de San Lorenzo. Lo cierto es que Chuenga, el personaje, también es parte del fútbol argentino, sin distinción de camisetas. Tanto es así que, desde 2012, por un homenaje de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el hombre tiene su lugar en el Recinto de las Personalidades del Cementerio de Chacarita. Una placa lo define como “tierno y dulce personaje porteño”. La única curiosidad en ese homenaje es que allí figura como “Francisco José Pastor”. Los vendedores en las tribunas siguen siendo una tradición en todos los estadios, aunque ahora el de las gaseosas no lleve más un recipiente de hojalata, sobre el que asoman las botellitas, colgando de una fuerte tira de cuero. Ahora es una bandeja con vasos de plástico. El hecho de que algún energúmeno usara las botellas como proyectiles pudo más y obligó al cambio. La mística de Chuenga desapareció y unos pocos violentos le cambiaron la vida a muchos. Pero esa es otra historia.

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