Buenos Aires, 24/04/2018, edición Nº 1987
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Entre el miedo y la esperanza

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El legislador porteño por el PRO Iván Petrella aseguró que es necesario “aceptar que la democracia es nuestra realidad cotidiana e indubitable y que la verdadera propuesta es hacerla cada vez más plena”.

Ivan-Petrellaweb

(CABA)  El discurso del gobierno nacional se caracterizó, durante muchos años, por tener un fuerte contenido idealista. Los comunicadores oficialistas invitaban a sumarse a la esperanza de una Argentina mejor, centrándose en cuestiones como la soberanía, la justicia social, la ampliación de derechos y el desarrollo de un proyecto nacional. La realidad, en especial la de los últimos tiempos, fue dura con estas palabras y aspiraciones, y se produjo en consecuencia un cambio profundo en el discurso oficialista. Donde antes había promesas y esperanza hoy aparece el miedo y la constante amenaza de “perder lo alcanzado”.

El ejemplo más mediático de este fenómeno se dio semanas atrás cuando se quiso instalar la amenaza de que no habría más medicamentos para portadores del VIH si algunos de los candidatos a presidente llegaran al gobierno. Alguno podría minimizar el hecho como una anécdota sin importancia o un exabrupto desafortunado, pero lo cierto es que se inserta en una trama de ideas similares. Un ejemplo similar es el de la asignación universal por hijo: desde algunos sectores del kirchnerismo se dice que de perder las elecciones se acabarían los planes. Pero la verdad es la contraria: todo el arco político quiere asegurar la AUH por ley para que no dependa de la voluntad de un presidente y para que se actualice automáticamente. Se ha escuchado una y otra vez la idea de que los próximos gobiernos darían marcha atrás con las políticas sociales de la última década. Es decir, los mismos que antes proponían grandes destinos para el país, eligen ahora un discurso de miedo y conservadurismo. En el límite, a este discurso le es más conveniente una AUH por decreto que por ley, porque así puede blandir la amenaza de que los que vengan después la eliminarían.

En la práctica, esta política del miedo se ocupa de desdibujar el carácter de cualquiera que no sea parte del grupo gobernante, que deja de ser alguien con opiniones diferentes a las del gobierno nacional para convertirse en una especie de “enemigo interno” y un obstáculo para los intereses del país. Además, a esa persona se la acusa de estar actuando en consonancia con intereses extranjeros. La otra cara de la política del miedo es la construcción de enemigos externos cuya aspiración es que el país fracase. El papel, en su momento adjudicado a Estados Unidos y el FMI, hoy es interpretado por los fondos buitre, que poco a poco se convierten en factor de exoneración para los enormes errores de gestión gubernamental. En esto también llegamos al límite: si a la Presidenta le pasa algo, tendremos que buscar los culpables “mirando al Norte”.

El mayor problema de la política del miedo es que es conservadora, que nos lleva a aferrarnos a lo que tenemos y a no pensar en lo que podemos tener. Se conforma con no perder y, mirando solamente al pasado, no piensa seriamente en ganar. Frente a eso, necesitamos una política de la esperanza. Necesitamos una política que, ante la pregunta respecto de qué país queremos ser, conteste, sin titubear, que queremos ser uno de los mejores países del mundo, para que así se desarrollen las personas, nuestros hijos y nietos. La política del miedo quiere que nuestra reacción ante esto sea la risa y la incredulidad. Quiere que celebremos lo poco que tenemos y no pensemos en todo lo que podemos ser.

Hay que proponer una política de la esperanza que ponga sobre la mesa las enormes posibilidades del país y los planes para desarrollarlas y aprovecharlas. Frente a una política del miedo que propone fantasmas de golpismo, la esperanza va de la mano de aceptar que la democracia es nuestra realidad cotidiana e indubitable y que la verdadera propuesta es hacerla cada vez más plena y más efectiva para que mejore la vida real de la gente de carne y hueso. El miedo, por otra parte, lleva a recaer siempre en los mismos políticos: los que tienen “experiencia” y no son principiantes.

Tal vez el centro del discurso oficialista tendría más asidero si la Argentina ya estuviera amarrada y tranquila en un buen puerto. La realidad, sin embargo, muestra que todavía nos queda mucho por viajar.

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