Buenos Aires, 22/01/2018, edición Nº 1895
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Cultura

En Palermo, La Boca y San Telmo los artistas comparten techo para crear

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En la ciudad se multiplican los edificios que agrupan talleres, comunidades donde se practica la cultura de la generosidad.

(CABA) on tintes de autogestión y la amistad como fundamento, artistas con obras disímiles pero filosofías afines comparten el mate, se prestan herramientas y materiales, aportan miradas y reflexiones, se inspiran mutuamente y se unen en tertulias a la hora de comer. En La Verdi, San Crespín, Monte, Central Park, BSM y Panal, se agrupan más de 100 talleres.

“Tengo fobia a la soledad”, dice Ana Gallardo. Esta artista de mediana edad y gran corazón es el alma máter de La Verdi, una casa centenaria junto al Teatro Verdi de La Boca, donde cada cuarto de techos altos es un taller. Ahí trabajan Gallardo y sus jóvenes invitados: el grupo La Sin Futuro, Carolina Fusilier, Gabriel Chaile y Ramiro Quesada Pons. Comparten una cocina, sala de reuniones, baños y un patio. “No tenía tijera y me salvó Caro”, dice Julim Rosa, de La Sin Futuro. Necesito feedback. Nos potenciamos. Saber que otros están avanzando te empuja”, dice Rosa.

“Hay amistad, convivencia y ayuda mutua. Es muy enriquecedor”, cuenta Gallardo, que tuvo otro espacio experimental en un edificio que se iba a demoler, La Forest. “Venía tanta gente a las presentaciones que cuando terminó buscamos otro espacio con ese espíritu: talleres que se abren.”

Alquila la casona mediante la ley de mecenazgo. Los artistas no pagan alquiler ni impuestos. “La manera de devolver lo que recibimos es habilitar el espacio para los demás. Es una cadena de favores. Tenemos una obligación para con los otros”, señala Gallardo. El plan es armar actividades convocando a colegas: conciertos, performance, charlas, y aunque no hay sala de exposición, cada tanto despejan sus talleres para que expongan invitados. El 31 próximo harán un estudio abierto sobre cine experimental.

“Trabajar en un lugar donde convivís con otros artistas me hace compartir experiencias, enriquecer mi trabajo, conocer artistas, galeristas y curadores, estar en contacto con público y evitar la soledad”, dice Martín Calcagno, escultor y vecino de Panal 361, una abeja laboriosa entre otros 40 artistas de las más diversas disciplinas: hay joyeros, diseñadores gráficos, pintores, vestuaristas,luthiers y un chef que alimenta a todos en su cocina abierta.

Los estudios se alquilan a los artistas que pasan por un proceso de selección, pero también se buscan sponsors para apadrinarlos. De eso se encargan Matías Garber y Silvana Ovsejevich, economista y arquitecta. “Cada estudio tiene su llave y su portero eléctrico, pero hay espacios de uso común. Uno trabaja solo, pero hay un grupo con el que se encuentra día a día”, cuenta Ovsejevich.

En Panal se desarrolla PAC, clínicas de arte contemporáneo que dicta la galería de Gachi Prieto. Se invita a artistas extranjeros a hacer residencias y se envía a los locales a instituciones como Matadero, en Madrid, y Art Center South Florida, en Miami. Cada mes y medio se hacen exposiciones de propios y ajenos.

A la vuelta de Panal está BSM Art Building, otro coloso de enormes espacios comunes. Su fisonomía viene de su origen de fábrica de tanques de oxígeno, que en 2008 se recuperó con estética grafitera y decadentista para que trabajen 12 artistas y tres grupos. “El trato es un pseudomecenazgo, ya que el artista se hace cargo de una pequeña colaboración monetaria por los gastos del espacio y se realiza un canje por obra”, explica Guillermo Rozenblum, coleccionista y creador de BSM. Como contraprestación, gestión cultural: organiza programas de intercambio y dos veces al año un curador invitado monta una exposición con los artistas de la casa.

panal 361

“Vivir en una comunidad es una forma de hacer frente a momentos de crisis y de seguir haciendo lo que hacés”, dice Hernán Soriano, integrante del colectivo Provisorio Permanente, que despliega artefactos y herramientas en un hall al que dan los estudios de sus integrantes, Eduardo Basualdo, Pedro Wainer, Victoriano Alonso y Soriano.

El mecenas que inspiró este modelo es Bernardo Fernández, que junto con su hijo Gustavo comanda la nave Central Park, que fue la imprenta Fabril Financiera y hoy es un edificio de oficinas y depósitos pintado por Pérez Celis, su primer y más ilustre ocupante. Una parte de sus 60.000 m2 se destina a estudios de artistas invitados, que pagan con eventuales donaciones de obra. Este laberinto de galpones funciona como una galería donde se exhibe lo recibido.

Fernández padre tiene ahí su museo, el de la Balanza, donde despliega más de dos mil aparatos de todo el mundo. Los de Central Park son artistas consagrados: Juan Lecuona, Milo Lockett, Mónica van Asperen, Hernán Dompe, Eduardo Hoffman, Eugenio Cuttica, Marino Santa María y Ana Candiotti, entre otros. Hacen estudios abiertos particulares, cada uno por su lado, con 500 personas.

Eugenio Cuttica está en Central Park desde hace 12 años. Ahora tiene un galpón de 400 metros cuadrados que antes ocupaba Luis Felipe Noé. Permanece en Central Park por un ideal: “La utopía de comunidad conlleva una energía positiva donde todo se retroalimenta”. “Acá tengo un silencio que en Lanín no tengo, y sigue siendo Barracas”, dice Marino Santa María, que podría ser el intendente artístico del barrio. Tiene su histórico estudio en Lanín 33, donde pintó 40 fachadas y es una celebridad. En Central Park hace las obras más grandes, como el mural de venecitas para la estación Gardel del subte.

Otro formato es el de San Crespín, que nació de la necesidad de un grupo de artistas de compartir taller cuando terminó el Programa de Artistas de la Universidad Torcuato Di Tella que los unió en 2011. En Palermo, el espacio se divide entre talleres, unos muy ordenados como los de Mariana Sissia, Paola Vega y Joaquín Boz, y otros caóticos como los de Adrián Unger (artista e ingeniero espacial) y Donjo León (que hace experimentos más bien de científico loco). Comparten un living y una cocina con muebles reciclados. León y Boz construyeron ahí sus viviendas: sus casitas de madera en altura son obras de arte. “Juntamos la plata para pagar el alquiler. Hacemos reuniones cada tanto cuando hay que tomar decisiones. No hay reglas rígidas”, dice Teresa Giarcovich. Cada dos meses, hacen charlas y convidan con pizzas a la comunidad artística.

Monte funciona de manera similar desde 2012 en una casona de San Telmo, que es patrimonio histórico. Una escalera llega a un espacio presidido por un ventanal de colores y un nido de maderas como lámpara, obra de Tomás Cochello. Cada cuarto es un estudio, donde trabajan 13 pintores, cineastas, fotógrafos y escultores. “Somos un grupo de personas de culturas y nacionalidades varias. A pesar de trabajar con disciplinas diferentes, somos de un perfil humano similar”, dice Cochello.

Fuente: La Nación.

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