Buenos Aires, 27/04/2018, edición Nº 1990
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Cultura

Comenzó en Buenos Aires la octava Feria del Libro Antiguo

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En tiempos de ebooks, el evento rescata el valor del libro papel más allá de las épocas.

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(Ciudad de Buenos Aires) La Feria del Libro Antiguo de Buenos Aires comenzó este jueves en el salón Alfredo Bravo del Ministerio de Educación de la Nación. Sin embargo, con el correr de los minutos, la cita derivó en un tema que al mismo tiempo explica y trasciende la Feria: el misterio de la pasión por los libros, las razones ocultas de una larga tradición nacional que, según Diran Sirinian, Víctor Aizenman, Lucio Aquilanti, Eduard Sosa y el propio Alberto Casares, dueño de la librería que en pleno centro porteño lleva su apellidoCasares, en la Argentina está lejos de desaparecer.

El escepticismo comercial de Casares reveló un realismo crudo y duro, ya que en la hora y media que duró el encuentro nadie entró en la librería, ni siquiera para averiguar un precio o, simplemente, refugiarse de la lluvia. Sin embargo, la cruel evidencia no desanima a los grandes libreros porteños. “Es verdad que hoy hay menos coleccionistas que hace treinta o cuarenta años, pero también es cierto que los jóvenes se interesan cada vez más”, dijo Aizenman, especialista en “impresos tempranos, incunables y rarezas de la bibliografía histórica argentina y latinoamericana”. En su opinión, compartida por el resto, “llegó la hora de desmitificar al libro antiguo: un libro antiguo puede resultar accesible, y justamente el objetivo de la Feria es difundir y darles visibilidad a esos libros raros o agotados que integran el ámbito de nuestras librerías”.

El apogeo editorial argentino languideció por obra y gracia de los grandes consorcios multinacionales, las librerías de la calle Corrientes no son lo que eran y la cultura digital amenaza con transformar al libro en papel en un suvenir de tiempos idos, pero los libreros y coleccionistas reunidos en la librería Casares vieron matices importantes en una situación que no tiene por qué representar un callejón sin salida. “La industria del libro ha cambiado, sí, y el cambio ha sido tan grande que si uno se descuida el libro nuevo resulta más caro que el antiguo”, menciona Aizenman. “El coleccionismo también se transformó -explica Aquilanti, actual dueño de la histórica librería Fernández Blanco-. Antes, los interesados en pintura buscaban a los precursores; en historia, a los primeros cronistas. Se buscaba lo primordial. Hoy en día, no. Ahora se coleccionan volúmenes sobre las vanguardias, de fotografía en sus distintas expresiones, o literatura del siglo XX. El siglo XX ya es una antigüedad, y el interés en ese pasado próximo y lejano a la vez ha provocado una diversificación en el interés del coleccionismo.”

La palabra “antiguo” en el nombre de la Feria tal vez intimide al lector curioso, pero según estos libreros no hay nada que temer. “¿Qué es un libro antiguo? La respuesta es difícil -dice Aquilanti-. No se trata de fechas, de antigüedad en el sentido temporal de la palabra. Se refiere más a la belleza de un libro, si está intervenido o dedicado, si tiene un valor particular que lo hace extraordinario. Todo eso puede o no estar presente en un libro que llamamos «antiguo», pero lo que no puede faltar nunca es su escasez. Cuando hablamos de «libro antiguo» hablamos de algo que es muy difícil de encontrar.”

Para Casares, la definición de “libro antiguo” es todavía más radical. “Un libro antiguo es el que no tiene fecha de caducidad. Las editoriales actuales nos quieren convencer de que si un libro no es nuevo no vale. Y justamente son éstos los libros que sí tienen fecha de caducidad, porque el ritmo de producción de esas mismas editoriales las obliga a saldar aquellos que no se vendieron muy bien a los tres meses de su aparición. El antiguo, en cambio, es aquel que no sigue ese ritmo. Y que vive de acuerdo con su contenido y su propia historia como objeto.”

La extraordinaria cantidad de joyas librescas que forman parte de la Feria del Libro Antiguo impone una pregunta obligada: ¿de dónde salieron todos estos libros, documentos, cartas, grabados y hasta pruebas de imprenta? ¿A qué Argentina hacen referencia estos auténticos tesoros que integran el patrimonio cultural del país?

Según Casares, “la pasión libresca en la Argentina, y la tradición de libreros que supone, tiene una sola explicación: que en nuestro país se compraban libros. Y que aquí hubo gente a la que el libro le parecía algo importante. Yo diría que el libro antiguo es el último refugio del recuerdo de nuestro esplendor como nación”. Sosa, quien comenzó como librero de “nuevos” para luego pasarse al gremio del “libro antiguo”, aportó su versión de los hechos. “Las librerías de la calle Corrientes justificaron el mito que las rodeaba hasta los años 90. Hoy son víctimas de las políticas de saldo de las grandes editoriales. Pero es muy importante recordar que a pesar de eso el libro antiguo ha sobrevivido. Y sobrevivió porque quedaron los libreros, quienes nunca dejaron de reconocer su valor.”

Textos de Borges, de gauchos, de historia, documentos de la conquista y obras editadas hace 50 años que parecían perdidas eran los principales testigos de la charla que se producía en la librería Casares. “¡Qué nostalgia de otras épocas!”, suspiró alguien, como para cerrar el encuentro. “Pero si no hablamos de nostalgia, ¿de qué vamos a hablar nosotros?”, preguntó Casares. La larga risa que siguió a continuación hizo olvidar que durante la hora y media que duró la charla nadie entró ni a averiguar un precio.

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