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Un día como hoy nacía el genial periodista, escritor y dramaturgo, inspiración y faro de artistas y pensadores.
(CABA) «Si usted quiere ser diputado, no hable en favor de las remolachas, del petróleo, del trigo, del impuesto a la renta; no hable de fidelidad a la Constitución, al país; no hable de defensa del obrero, del empleado y del niño. No; si usted quiere ser diputado, exclame por todas partes: Soy un ladrón, he robado… he robado todo lo que he podido y siempre«. Estas líneas que parecen tan actuales fueron escritas hace unos ochenta años por el más sarcástico, mordaz, irritativo y genial de los escritores-cronistas de la Argentina del siglo XX: Roberto Arlt. Se dice de este autor imprescindible, que nació el 2 de abril de 1900. Sin embargo, en el libro «Cuentistas argentinos de hoy«, compilado por Guillermo Mirando Klix y editado por Claridad en 1929, el propio Arlt sostiene «He nacido el 7 de abril de 1900«. En todo caso poco importa. Sí que en ese texto sostiene: «Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos«.
Las novelas, cuentos, aguafuertes (las «porteñas» y las otras), sus monumentales artículos periodísticos y sus obras de teatro, constituyen piezas que ningún lector debería eludir bajo ningún aspecto. Llamado en varios países «el Dostoievski argentino«, se anticipó en dos décadas a conceptos filosófico-literarios que luego adoptó el existencialismo francés, en especial la vertiente sartriana con su «vacío» y «la náusea«. En una de sus obras monumentales, «Los siete locos» y en su continuación «Los lanzallamas«, conviven algunos de los personajes más entrañables de las letras argentinas y sudamericanas, típicos hombres y mujeres perdidos en las grandes ciudades. En cierta oportunidad, Ricardo Piglia señaló: «Arlt, lisa y llanamente, inaugura la novela moderna argentina. Porque tiene una decisión estilística nueva, quiebra con el lenguaje de ese momento. Es el primer novelista argentino, y el mayor, por donde se lo mire. Si la familia de escritores de cada uno se elige, elijo a Macedonio como padre y a Arlt como hermano mayor«.
La incondicional tendencia a referirse a la condición humana, curiosamente en sus partes más innobles, hace de Arlt un escritor que -luego del silencio académico que se le hizo con posterioridad a su muerte- ya es un clásico en todas las acepciones que se le quiera dar al término. Cortázar, Bolaño, Walsh, Aira -por mencionar apenas a algunos- lo consideran su maestro, aquel cuya arte poética adopta el tono lunfardo para afirmarse en una convicción: «Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad, libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula«. Ya casi nada puede escribirse sobre él, aunque su obra sigue abierta a interpretaciones siempre vigentes. Precisamente porque Arlt escribió para cualquier época y circunstancia, que es la gran ventaja de referirse a la condición humana. El autor de «El juguete rabioso» murió el 26 de julio de 1942, a los 42 años, de un infarto. Sus cenizas fueron arrojadas al río Paraná y en la ocasión hablaron Nicolás Olivari y Horacio Rega Molina. Sirvan estas líneas como un sencillo homenaje.