Buenos Aires, 21/04/2021, edición Nº 3080
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Jardín Japonés; un pedacito de Oriente en pleno Palermo

Con peces, lagos y puentes, el Jardín Japonés es una opción para desenchifarse

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(CABA) El Jardín, espacio de “meditación, paseo y recreación”, fue donado a la Ciudad en 1967 por la comunidad japonesa para la visita de los príncipes Akihito y Michiko, hoy emperadores. Luego fue descuidado y reabrió en 1979. “Como Japón es montañoso y el terreno era llano, trajeron 18 toneladas de roca de Córdoba”, cuenta Kishimoto.

Y a las tipas y magnolias más que centenarias les sumaron cerezos y ejemplares que renacieron tras el bombardeo de Hiroshima (1945).

Las piedras fueron “esculpidas por la naturaleza”. Y “la filosofía zen invita a descubrir en ellas, en su disposición, las formas que les dan nombre a los islotes que componen”. ¿Se ven grullas en el islote Las grullas?

Este espacio cuenta con una casa de té y un restorán (de vacaciones, pero en el patio se pueden comer 8 piezas de sushi ($ 120) o un pancho ($ 25). Y muchos hitos.

“Si uno se concentra en el sonido, entrará al Jardín relajado, mejor preparado para disfrutar”, explica Ayako Kishimoto, de la Fundación Cultural Argentino Japonesa.

Adentro, mirar transporta. Las islas, árboles y rocas. Los puentes, pagodas y faros. La cascada. Es difícil no desenchufarse, perderse en el paisaje. Tentarse con alimentar a los peces koi, de leyenda.

Algunos hitos del Jardín Japonés:

1) De estreno. Aún no fue inaugurado oficialmente. Pero desde hace unos tres meses se puede recorrer el Patio de los Recuerdos, con placas dedicadas a las visitas ilustres de Japón. Es una réplica del portal de un castillo típico de Okinawa, de donde estiman que proviene el 70 % de los inmigrantes japoneses en Argentina. Okinawa tiene una cultura propia bien definida: desde un dialecto hasta cocina (principalmente con las variedades de algas y el azúcar negra que cultivan allí). No es casualidad. Como señala Ayako Kishimoto, la provincia está muy cerca de China. «Durante siglos, los chinos que iban por mar a comerciar debían pasar meses en Okinawa esperando vientos favorables para seguir viaje -indica Ayako Kishimoto-. Los okinawenses, hospitalarios, les preparaban espacios para que se sientieran como en casa». Dos perros-dragones (Komainu) custodian el Patio. Uno tiene la boca abierta, para que entre la felicidad y el otro, cerrada, con el objetivo de que no pase lo malo. «Así simbolizan además el principio y el final».

Paseo de los Recuerdos. Es la novedad del Jardín, inspirado en un castillo típico de Okinawa. / Lorena Lucca.

2) Oráculo. Se llama Omikuji y estiman que existe en Japón desde el siglo XIV cuando empezaron a leerse «poemas de la suerte» en caracteres chinos numerados del 1 al 100. Se entregaban en templos budistas y sintoístas. Aquí, hay que sacudir una caja llena de palitos mientras uno se hace mentalmente la gran pregunta. Cuando quiere, saca un palito de la caja. Tendrá un número: el de la respuesta. La asistente -Ana, en este caso- dirá en qué fila de papelitos ordenados en otra caja, hay que buscar su «traducción» a prosa. «Si la respuesta es buena, el papelito se guarda doblado en tres. También lo podés colgar, atado, al lado del árbol de afuera. Si es negativa, la tradición es pedir ayuda a tu dios para que no se cumpla», explica Ayako Kishimoto. La hilera de buenos augurios anudados está a la salida del shop. Dentro, no se pierdan las grullas de papel artesanales (desde $ 20).

Buenos augurios. La gente los anunda, pegados a un árbol, en la puerta del shop del Jardín Japonés. / Lorena Lucca.

3) Puentes y peces. Hay tres puentes centrales en el Jardín Japonés: el recto, el curvo y el zigzag. El curvo, que para muchos es una metáfora del camino al paraíso, tiene escalones y lomos chicos, como para advertir que no es sencillo subir ni llegar. El zigzag propone cambiar de punto de vista en cada modificación de dirección (por esas oportunidades, también se llama “de las decisiones”). Desde todos, se ven peces koi, que según una leyenda, nadan contra corriente hasta la cima de una catarata y triunfan: se convierten en dragones.

Zigzag. También llamado Puente de las decisiones, dado que permite cambiar de punto de vista junto con cada modificación en la dirección. / Lorena Lucca

4) Samurai. Esta escultura es obra de Baku Inoue (Japón, 1956), quien estudió en Tokio y expuso en Argentina y Brasil, además de Europa y su país. Se suele usar para denomirar diversos tipos de guerreros y a una especie de casta que se fortaleció hasta gobernar el territorio del actual Japón entre los siglos XII y XVII. El  significado de la palabra alude “al que sirve”. Según explican en el Jardín Japonés, sus representaciones se colocan en casas para “protección”.

Escultura. El Samurai es de Baku Inoue (Japón, 1956). /Lorena Lucca

5) Campanario. Se llama de la Paz Mundial y es uno de los 20 que la Asociación de la Campana por la Paz Mundial de Japón donó a ciudades del planeta. El primero, clave, está en la sede de la ONU en Nueva York desde 1954. El de acá fue instalado en 1998, cuando se cumplió el centenario del Tratado de Amistad de Argentina y Japón. La gran campana o Tsuri-Gane se hizo con monedas del mundo fundidas y la estructura, con quebracho colorado de Santiago del Estero. No se toca con una soga: hay que golpearla con un poste. ¿Cuándo? Los 21 de septiembre, Día de la Paz, y para Año Nuevo. Dicen que para esta última fecha se tiene que oír 108 veces porque cada uno de esos sonidos marca un «pecado» sobre el que el sonida busca llamar la atención, concientizar. NT

Por la paz. El campanario, de 1998, es uno de veinte que hay en el mundo. /Lorena Lucca

 

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