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Cachito Vigil habla sobre su amor por los bares y su trabajo como entrenador.
(CABA) A Cachito Vigil le gusta la idea del café porque dice que su vida es un bar y es un club, y que para los que vivieron el 80% de su vida en departamento, como él, el club también es el barrio. Que es un nómade en busca del mejor café. Y que el club –de barrio, de amigos, lo que sea– es algo que uno no debería perderse en la vida.
Creció en Palermo y cursó en el Guadalupe hasta 6° grado, cuando su familia se mudó primero a Martínez y después a Olivos. Con el cambio pasó a un colegio mixto y empezó a relacionarse con grupos de chicas. En esa época ya pasaba la mayor parte del tiempo en el Club Ciudad de Buenos Aires y con sus hermanos Augusto y María Agustina convencieron a sus padres para mudarse a Núñez. “En Crisólogo Larralde y Grecia viví los momentos más consistentes de mi vida. Estaba a cuatro cuadras de lo más lindo que había a nivel urbano y a nivel social, mi club. Bajaba, pasaba a buscar a mis amigos y nos íbamos para allá”, cuenta.
Su entrenador de hockey era Marcelo Garrafo y ellos soñaban con llegar a Primera y a la Selección. El les había dicho que a las condiciones había que sumarles actitud, entrenamiento, ganas. Sergio salía de su casa y hacía una cuadra con la bocha en el aire y otra haciendo dribling contra las baldosas. El desafío: cruzar Libertador sin que la pelota tocara el asfalto.
“Como vivía cerca me podía quedar a ver el entrenamiento de Primera y aprendía de los ídolos pero también del entrenador. Anotaba los ejercicios y empecé a crear los míos. Soñaba con verme ahí. En aquel momento el hockey de hombres era más importante que el de las mujeres, que hasta tenían menos equipamiento. Y pensé: algún día las voy a entrenar y van a ser valoradas, felices, y campeonas”, cuenta. El resto es conocido. “Fijate lo que me dio ese barrio y esa segunda casa que fue el club”, dice.
-Entonces, los bares.
-El primero estaba en Larralde, llegando a Cabildo, de mano izquierda. A mi papá le encantaba tomar su café con leche a la mañana y decía que era el mejor del mundo. Los domingos íbamos con él y con mi hermano. Lo hacían tan rico, tenía gusto a dulce de leche…
En la adolescencia empezó a escribir y a hacer teatro. “En mi libro Un viaje al interior (Hojas del Sur) hay escritos de esa época que hicieron accionar mi vida”, avanza. Iba a la calle Corrientes a ver cine o teatro y después a La Martona, a tomar licuado y a escribir. “Poemas, cuentos, también haikus: cómo decir en pocas palabras lo que sentía desde la tripa, la síntesis de lo que decían mi cerebro y mi corazón”.
Iba solo, pero cuando le daban ganas de compartir compraba entradas de más, se paraba en la puerta e invitaba a alguien. “Así conocía a gente de todas las edades. Mucha gente mayor porque aprendía de ellos. La mujer, su mundo, me atrapaba. Después empecé a entrenar a equipos de chicos y de mujeres”, explica (sí, la técnica también sumaba en los bailes).
-¿Se puede pensar la sociedad como un gran equipo?
-Es un grupo de seres diversos que en su interior sueñan lo mismo, y que se desplazan con una brújula que funciona en frecuencias diferentes. Vamos rápido y transitamos la ciudad con vértigo, obsesión, diálogos internos cerrados en nosotros mismos con demasiada necesidad de tener razón.
Ve a la Ciudad llena de adrenalina y de posibilidades. “De arte, de autos, de piquetes… Pero es mi ciudad, que de a poco cambia de cara, se hace más alta. Mi ciudad está esperando la norma y procedimiento desde el afecto y el respeto”, describe. Le gusta de mañana, todavía limpia; y lo entristece durante el día. “No es la excusa lo que debe habitar. Nuestra ciudad está limpia por nosotros y se ensucia por nosotros también. Y lo de limpio es en el sentido más amplio”, indica.
Otra vez a los bares porque, a diferencia de su papá, Cachito prefiere seguir en la búsqueda. Una vez por semana –siempre que no esté de viaje dando conferencias con SportCases o presentando el libro– recorre lugares con su esposa Marcela y su hijo Thiago. “Influye con quien vas. Ahora voy a Jonathan, en el bulevar Quinteros, porque ahí me citó la gente de River para entrenar a Las Vikingas, hoy soy Gerente de Deportes, y me encariñé. O a los de mi barrio. Me encantan los bares con arte: si viviera por Callao iría todos los días a Clásica y Moderna”, cierra.
Fuente: Clarin