Buenos Aires, 20/10/2017, edición Nº 1801

Barrio de Coghlan, un paraíso en plena Ciudad de Buenos Aires

Coghlan es eso, un oasis en el vértigo porteño manteniendo, como pocos rincones, el ritmo amigable, modesto y auténtico de barrio

(CABA) Coghlan es eso, un oasis en el vértigo porteño. Y sus pasajes Sócrates y Plutarco mantienen, como pocos rincones, el ritmo amigable, modesto y auténtico de barrio. Son monumentos a lo cotidiano, a eso que por corriente se nos desaparece.

Las casas bajas. Las casas esbeltas, con techos triangulares como bonetes que evocan castillitos de cuento. Las ramas de Santa Rita abrazando paredes. Calles enteras arboladas. Y de golpe, sorpresa: un paredón pintado, parte del “museo” de arte callejero que se está armando.

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El barrio es chico –1,3 km2– pero hace lugar a otros tesoros. Javier Cortese, guía del Ente de Turismo porteño, recuerda varios. La Parroquia Santa María de los Angeles (Naón 3250), hecha a fines de la década de 1930 con manto de ladrillos y sobriedad neorrománica. Y la torre de la ex Aguas Argentinas (1924) que algunos bautizaron “obelisco”.

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También está el Club Social y Deportivo El Tábano, que vio surgir a Goyeneche. Abrió en 1930, llegó a su sede actual en los 70 y hasta hoy sirve minutas en su salón, igual que en casa.

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Y hay vecinos, como los de la Asociación Civil Amigos de la Estación de Coghlan, que armaron una biblioteca al lado de los rieles y que con cine y otras actividades, proponen a la gente juntarse.

Además, están los recuerdos, Las fábricas cerradas. Los chocolates de Nestlé (1930) y los textiles de Sedalana, donde trabajaban inmigrantes de Alemania. “El 30 de junio de 1934, el dirigible alemán Graf Zeppelin paró arriba de su predio, en lo que hoy es avenida Congreso, para que lo saludaran”, cuenta el guía.

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Claro que desde que aquel caserío de estilo inglés que empezó a crecer alrededor de la estación del tren Mitre en 1891, cuando la inauguraron, Coghlan cambia. Y hay vecinos que advierten que pierde rasgos clave y reclaman cuidados. Un no rotundo, por ejemplo, a edificios altos.

Frente a esta higuera vieja y con brotes, parece que el elogio que Coghlan hace de lo habitual tendrá una vida larga.

Sucede que no es casual que la pintura naif del puente de la estación, Otoño inglés en Buenos Aires, Estación Coghlan, de Anikó Szabó, sea su emblema. Pasear por sus callecitas típicas es como darse una vuelta por la calidez de la infancia que esa obra muestra.

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Posible recorrido:

1) La estación de la cultura. Lo anuncia un cartel hecho en filetado porteño. En la estación de trenes de Coghlan, fundada en 1891, funciona una biblioteca con 12.600 libros para chicos y grandes. Se dice que la Bartolomé Mitre fue pionera en el mundo. La fundaron a fines de los 60, cerró en los 90 y reabrió hace más de una década, con el apoyo de la Asociación Civil Amigos de la Estación de Coghlan y otros vecinos que donan ejemplares. “Hasta que terminen del todo las obras de la estación, guardamos los textos en un contenedor. Pero no cerramos”, señala Elba Rodríguez, subsecretaria de esa entidad, que se creó en 1964. La cuota de la biblioteca vale $ 25 por mes o $ 2.500 por año. ¿Tan barata? Es que, explica Rodríguez, apuestan a la lectura y que ése sea un espacio para encuentro para el barrio. De hecho, ésa no es la única actividad de la que la Asociación está orgullosa. También ayudó a transformar “los potreros que rodeaban la estación y se inundaban” en una plaza donde organizan actividades, como talleres y funciones de cine gratuitas. Javier Cortese, guía del Ente de Turismo porteño, recuerda una muy especial: en 2011 proyectaron Un cuento chino y “el director, Sebastián Borensztein, y Ricardo Darín y otros actores estuvieron ahí”. Más información en el Facebook de la Asociación.

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2) Sano, rico y con arte. La fachada es turquesa. Sobre la puerta, cuelgan un gran cactus en maceta y otra “pinturita” hecha de ramas, abigarrada. Y en la vereda, un pequeño vivero completa la bienvenida junto con una escultura naif de madera. Atrapa así, con la pinta, el almacén Plutarco. Y no defrauda. Hace siete años que allí venden panes, verduras y otros productos orgánicos y organizan muestras, talleres y otras actividades culturales. Tientan los panes esponjosos, bañados con semillas ($ 45) y los frutos secos brillantes. Pero también se pueden conseguir leches vegetales y hamburguesas para veganos, entre otros productos artesanales, de la casa y traidos de buena parte del país. En Iberá 3852 (“por poco, Luis Alberto Spinetta”, recuerdan, en alusión a un petitorio para renombrar la calle), esquina Plutarco. Para más información, consultar su Facebook. Mejor, ir y curiosear, y recorrer el Pasaje Plutarco.

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3) Sócrates porteño. Paralelo al Pasaje Plutarco, está el Sócrates. Casitas petisas, colores vivaces en los frentes y arriba, un cielo verde, de árboles. En la extensión de una cuadra, conjuga la calidez de barrio con la frescura de la arboleda. Y hay lugar para un poco de tango. En el club El Tábano de Coghlan debutó Goyeneche y cantaron Rolando Chavez, Roberto Casinelli y Angel Di Rosa. Pero tal vez sea menos conocido que en esta cuadra vivió Julián Centeya (sinónimo de Amleto Enrique Vergiati, 1910-74), poeta del lunfardo, “hombre gris de Buenos Aires”, rodeado de gatos, libros y amigos, como describió Luis Alposta, compositor, experto en tango. El pasaje es para transitarlo despacio. Entre Iberá y Quesada al 3900.

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4) Club. El Tábano nació en 1930 en lo que hoy es Saavedra y en los 70 se mudó a Naón 3029. Se recuerda como “punto de partida hacia los estadios de fútbol” y entre sus representantes destaca a Julio Cozzi y Rubén Sosa, quienes llegaron a la selección nacional. “Los fines de semana eran por las noches, como dice la letra de tango: …billar y reunión…”, recuerdan. Su “hijo predilecto fue, es y será uno de los mas grandes cantores de la historia de la música popular argentina, ‘El Polaco’ Roberto Goyeneche”, agregan. Y no olvidan los concursos de cantores, los bailes de Carnaval ni “el culto a la amistad”. El comedor, decorado con fotos, placas, banderines y retratos, refleja eso, y el orgullo por el club y su gente. Ofrecen comer como en casa. Bife de costilla ($ 55) o ravioles ($ 45) y un plato del día que cambia. Por ejemplo, suprema grillé con ensalada primavera (arroz, lechuga, tomate, choclo y arvejas, a $ 75). Sirven gaseosa de litro y medio ($ 45), budín de pan ($ 25) y queso y dulce ($ 35) y café ($ 20). El servicio de mesa vale $ 3. Más información en su página web.

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5) Mural. Mide 4,5 por 2,5 metros y fue pintado por el dúo Primo en el marco de un ciclo al que llamó “Expresiones”. Se trata de Sacha Reisien y Nicolás Germani, ambos veinteañeros y sí, primos. “Hacer un mural ya es dar un mensaje”, afirman. Y cuando quisieron hablar también de otra cultura apareció la de Africa y sus influencias, como se ve acá y contaron. La obra está en Estomba y Pedraza. NT

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