Buenos Aires, 25/06/2018, edición Nº 2049
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El transbordador de La Boca no pudo completar el viaje por un acto del intendente de Avellaneda

Horacio Rodríguez Larreta estuvo en la reapertura del puente. Enfrente, el kirchnerista Jorge Ferraresi convocó a un festival. Para evitar conflictos, no terminó de cruzar.

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(CABA) En una orilla, un escenario montado con andamios grises, una pantalla gigante, una bandera argentina, muchos hombres, muchas mujeres, nenes de jardín y un intendente kirchnerista: Jorge Ferraresi. En la otra orilla, muchas mujeres, muchos hombres, más cámaras, menos nenes de jardín, ningún escenario, un corralito hecho con cintas y adentro dos funcionarios macristas: Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli. Todo en simultáneo, pero separado por el Riachuelo. Dos actos políticos, uno en cada costa.

La reinauguración del Transbordador Nicolás Avellaneda de La Boca, tras 60 años sin funcionar, fue tragada por la campaña electoral. Y lo que iba a ser un viaje con 30 vecinos, terminó en una muestra más de la Argentina en modo grieta. Uno tan poderoso, tan absurdo, que fue en contra de los alcances de la ingeniería civil. Es que el puente centenario que se trajo desde Inglaterra en piezas, en la panza de un barco, y se armó luego sobre el final de la avenida Pedro de Mendoza no pudo cumplir con el propósito para el que fue restaurado en los últimos seis años. El puente no unió La Boca e Isla Maciel. La barquilla, una especie de canasta en la que viajan los pasajeros, recorrió sólo la mitad del trayecto por temor a que se produjeran conflictos si llegaba a la isla, en Avellaneda, según fuentes oficiales. Tenía que vincular 60 metros de agua -algo así como el ancho de la Bombonera- pero la política se interpuso.

El ánimo de competencia, como si fueran vecinos que se gritan de vereda a vereda, empezó a notarse minutos antes de las 15. En La Boca aún se estaba organizando el inicio del acto oficial, los funcionarios porteños no habían llegado, pero ya se usaban Signos o De Música Ligera de Soda Stereo para tapar los sonidos que traía el viento desde la costa de la Isla Maciel. Ahí empezaba “Porque un río no es una grieta, nosotros también celebramos”, un festival organizado por el Municipio de Avellaneda, con shows en vivo, espectáculos de circo y magia. La Isla -diez minutos de auto desde la Casa de Gobierno, cinco pesos de bote desde La Boca cruzando el Riachuelo- no es una isla y pertenece al distrito que maneja Ferraresi.

Durante seis días, más de 7.000 vecinos se anotaron para subir al Transbordador. Quince personas -con un acompañante- quedaron seleccionadas a través de un sorteo que encabezó el Gobierno de la Ciudad. La dinámica fue la misma que se usó para elegir a los vecinos que subieron a la cima del Obelisco y para los que participaron de los viajes en los vagones La Brugeoise del subte A. Esos elegidos llegaron con antelación al pie del transbordador, del lado de La Boca. Todos llevaban pulseras verdes fluorescentes para diferenciarse de tantos otros que se acercaron al ver los móviles de televisión y el despliegue de gente en el cruce de Pedro de Mendoza y Almirante Brown. Después de las 15 se los hizo pasar a un corralito hecho con cintas, como las que se usan en una fila ante una caja de banco o una boletería de cine, y ya no se los pudo entrevistar. “No pueden salir tienen que quedarse parados ahí porque ya empieza el acto”, dijeron desde la organización. Las personas, como escenografía.

Fueron estrictos: los periodistas, afuera del corralito. Una delimitación rigurosa en un sentido, pero no en el obvio. Horacio Rodríguez Larreta habló durante 40 segundos y salió apurado del acto porque integrantes de 30 familias, que quedaron en la calle después de un incendio en un conventillo a pocas cuadras del transbordador, se le vinieron encima y lo siguieron hasta su auto. Así el acto porteño se cerró de golpe, las cámaras de televisión apuntaron a las familias que decían estar sin respuesta desde hace dos meses y los vecinos elegidos por sorteo pasaron a la barquilla. La banda musical de Prefectura Naval Argentina empezó a tocar, hasta a los músicos se los veía confundidos, al otro lado del río empezaron a tapar la marcha con canciones de Los Palmeras.

“Traté de enfocarme en otra cosa. Viajar en el transbordador fue emocionante. Una vuelta a cuando era chica y cruzaba en bote desde La Boca a mi entonces escuela en la Isla”, dijo Susana Beatriz Ballesteros, la acompañaba su hija de 14 años. Antes habían recorrido el Museo Quinquela Martín. “No hay que mezclar -siguió-. Esto es la inauguración de una obra, esté quién esté arriba -en la política- es indistinto. Que reviva el transbordador es una buena noticia para todos”. Silvia Bloise, otra de las elegidas, agregó: “Primero pensé que del otro lado había un acto para recibirnos. Después entendí que no. Me quedo con el viaje: me llamó la atención la estructura del puente. Su capacidad de llenar el espacio, de desplazarse sobre el agua a través de una cabina”.

Recién cuando el escenario en Isla Maciel empezaba a ser desmontado ocurrió el segundo viaje. Ése sí completo, de margen a margen. Con 25 extranjeros integrantes de un consorcio que agrupa los ocho transbordadores que quedan en el mundo: Puente colgante de Vizcaya (España), Puente de Rochefort-Martrou (Francia), Osten-Hemmoor (Alemania), Rendsburg (Alemania), Newport Gales (Inglaterra), Middlesbrough (Inglaterra), Warrington Transporter Bridge (Inglaterra) y Transbordador Nicolás Avellaneda (único en América). La barquilla volvió a La Boca y los pocos vecinos que todavía quedaban aplaudieron, algunos corearon “SÍ, se puede”. La Argentina segmentada con un Riachuelo podrido de por medio. NR


Fuente consultada: Clarín

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