Buenos Aires, 22/01/2018, edición Nº 1895
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La sensación de comer una bondiola en Costanera

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Escribe Einat Rozenwasser

(CABA) Vengo a contar una historia que empezó hace 20 años, cuando tenía 15. La introducción necesaria explica que por una sumatoria de razones me encontré pensando que dedicaba más tiempo a lo que me ponía afuera del cuerpo –es decir, la ropa– que a lo que me ponía adentro –comida, claro–. Entonces la carne, la prueba de evitarla y ante los buenos resultados la decisión de sostenerlo hasta que el cuerpo dijera basta. Fueron un poco más de 15 años.

En el siglo pasado –sí– ser vegetariano era raro. Había algunas dietéticas y unos pocos restaurantes con opciones, pero en general no pasabas del pastas/papa/ensalada/tarta de acelga. Y cada tanto tenía que explicar que pollo y fiambres eran carne. Solía tener esta conversación:

-La tarta tiene jamón.

-Sí. ¿Y?

-Soy vegetariana. Y en el menú dice que es de verdura.

-¿Y el jamón qué es?

Gloriosas excepciones como los tomates rellenos asados de Lo de Garone, la parrilla rastafari del bajo Vicente López (ni lo intenten, ahora es torre moderna) y el Chao Fan salvador. Después se hizo más fácil y en los últimos años hasta los parrilleros más conservadores tuvieron que ceder parte de su territorio a la sección vegetales porque todos querían probar. Y un poco porque soy contrera y otro poco porque los sentidos pedían otra cosa empecé a pensar que ya era suficiente.

Me di cuenta una noche de verano. Desde el balcón olía el asado de mi vecino y tuve un –nunca más literal– deseo carnal.

El dilema era cómo sería el regreso.

¿Tenía que empezar por algo liviano o podía volver con todo? ¿Cocinar en casa o ir al mejor restaurante de la Ciudad? ¿Un día cualquiera o buscar un motivo especial?

Se juntó con un cambio de horario en el diario que a su vez me llevó a empezar a usar un autito viejo que era de mi abuelo. Eso, y la Ciudad. Porque salía de noche de Barracas para Florida y todos los que hacen ese recorrido saben lo que pasa al subir a la autopista Illia. Venís por 9 de Julio, llegás a Posadas y te invade el olor de las cocinas de los restaurantes de la Recova. Después la curva sobre la Villa 31 y 31 bis donde siempre hay alguien haciendo asado y los sentidos obnubilados hasta llegar a la heladera que tiene salteado de verduras y el cereal del día y todo eso.

Una noche pegué el volantazo y, otra vez, es literal.

Volvía por Costanera Norte cuando salí del ensueño y registré la cantidad de camiones que paraban en los carritos. Sin pensarlo me corrí a la derecha, puse balizas y estacioné.

No recuerdo si era lo de José Luis o El Rey de la Bondiola. Sí que yo tenía un saco de algodón blanco, zapatos abotinados estampados, cara de feliz cumpleaños y a mi pose le caía estúpida la escena de la chica bien rebelándose con una bondiola al paso, así que traté de disimular forzando actitud de superada. Me senté en una mesa de la punta, seguramente tuitié el chiste de ocasión y le entré a mi bondiola. A los dos días me hice bifecitos de entraña y después le pedí a mi papá un asado con todo.

Durante los meses siguientes me dediqué a explorar el territorio (queda mejor que decir que caté bondiolas). El chirrido de la grasa sobre la chapa caliente, el humo pegajoso, el rostro sudado y el delantal manchado del asador, las ensaladeras de contenido dudoso, los frascos enormes de aderezos, los bichitos alrededor de la luz, los billetes ajados.

Los días de semana con camioneros, efectivos de todas las fuerzas y parejas de trampa. Los fines de semana con grupos de amigos (mayoría de varones, las chicas son novias de), niños colgados de la reja de Aeroparque para ver aviones y familias de departamento que se instalan con el kit reposera+heladerita completo. Siempre los pescadores que tiran como si picara.

En verano Costanera Sur se llena de ciclistas, patinadores y corredores que recorren la Reserva Ecológica. De noche es fundamental el off. Si te olvidás podés recurrir a los vendedores ambulantes que pasan en bici con frasquitos chiquitos a $ 25 y cerveza fría porque los carritos no pueden vender (aunque quizás no debería haber contado esa parte).

Con la inauguración de la extensión de la autopista Illia los carritos ya no quedan de paso. Hay uno que tiene una sucursal en un local cerca de casa pero no es lo mismo. Por eso cuando la noche está linda y la ventanilla baja permite que el paso sobre la Recova haga efecto doy la vuelta por Ciudad Universitaria y vuelvo a Costanera Norte por una bondiola vuelta y vuelta, sin extras.

Fuente: Clarín

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