Buenos Aires, 21/09/2019, edición Nº 2502
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Con más gimnasios y menos restaurantes, Las Cañitas cambia su perfil

Muchos locales gastronómicos cerraron por el alto costo de los alquileres.

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(CABA) Supo ser una de las zonas más concurridas de la noche porteña: dos cuadras de restaurantes y bares con filas para entrar. Era un verdadero lugar de reunión a cielo abierto. Pero hoy, la extensión de la calle Báez entre el boulevard Chenaut y Dorrego, en Las Cañitas, bajó el perfil y esos tiempos parecen haber quedado atrás.

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“Cambió mucho”, define el antiguo dueño de uno de sus locales paradigmáticos, que cerró hace poco. En su visión, no hubo un solo factor causante del declive, sino varios. “Cuando explotó estaba muy bueno por la seguridad y la variedad de la oferta. Todo se concentraba en un pasillo de pocas cuadras, con policías en cada extremo. Apuntábamos sobre todo a un público joven, con dinero. Pero cuando se armó la moda, los propietarios de los espacios vieron que funcionaba y nos empezaron a matar con los alquileres. También nos pesaba mucho tener que pagar por las mesas y sillas en la vereda”, explica. Esa disposición fue derogada recientemente por la Legislatura.

Otro problema era la normativa, que dificultaba el establecimiento de nuevos locales gastronómicos. Por esa razón, cuando uno de ellos cerraba, era improbable que fuera reemplazado por otro. “Eso dejó de tener vigencia desde principios de este año, con la aprobación del nuevo Código Urbanístico, que posibilita combinar zonas de residencia con emprendimientos gastronómicos”, señala Ariel Amoroso, titular de la Asociación de Hoteles, Restaurantes, Confiterías y Cafés (AHRCC).

Por último, pero no menos importante, estaba la escasez de lugares para estacionar. “Varios locales nos juntamos e hicimos gestiones para ver si podíamos usar un predio cercano, pero no logramos nada”, recuerda el gastronómico que decidió emigrar.

Las tres playas privadas de estacionamiento (una sobre Chenaut, otra sobre Báez y otra al fondo de la calle Arévalo) representaban un gasto extra que debían tener en cuenta quienes se acercaban para cenar o tomar unos tragos. Hoy, la hora de estacionamiento cuesta desde $ 80, y la media estadía desde $ 280.

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Una breve recorrida por esta zona de Palermo evidencia el cambio de época. En la esquina de Báez y Chenaut, donde antes estaba el restaurante Piegari Piazza, hay una local de una cadena de farmacias. Una heladería tradicional, un bar de jugos y un local de helados en roll reemplazan otros tantos restaurantes. Donde antes quedaba el mítico Jackie O, un cartel anuncia la inminente llegada de un gimnasio.

De hecho, hay siete gimnasios en cuatro cuadras: quizás el tipo de local que más fácilmente puede aprovechar el amplio espacio que dejaron los gastronómicos. Además, son una actividad buscada por muchos de los vecinos de la zona, público joven y con buen poder adquisitivo. La pregunta es si habrá clientes para todos.

¿Quiénes sobreviven? “De lunes a miércoles a la noche cayó mucho la llegada de autos. De jueves a sábado un poco menos, pero los domingos tenemos la misma cantidad de gente. Van al mediodía a comer a la Fonda del Polo y a los restaurantes más clásicos y familiares”, observa Ricardo, que trabaja desde hace diez años en uno de los garajes.

Roberto, el encargado de la Fonda del Polo, confirma esta apreciación. “A nosotros no nos cambió mucho. Tenemos los problemas de todos los restaurantes, como el precio de los servicios. Pero a la noche y al mediodía, la gente sigue viniendo”, afirma. En sus palabras, las nuevas hamburgueserías o heladerías “no son competencia” porque apuntan a un público más joven. Sí puede enumerar todos los locales que cerraron, entre los que destaca El Primo –anterior incluso a la Fonda, que ya lleva 25 años allí y Azul Profundo.

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Antes los jueves a la noche había mucho más movimiento. Incluso teníamos el problema de los trapitos”, recuerda Roberto. Hoy mira los nuevos emprendimientos con curiosidad y ojo experimentado. “En algunos casos me pregunto cuánto podrán durar”, sintetiza.

Otro de los que comparten el podio de los clásicos es el bistró Novecento, que llegó a la esquina de Báez y Arguibel en 1996. Nano Babusci, gerente general del local de Las Cañitas, repasa: “Cuando llegamos, esto estaba muy lejos de ser un polo gastronómico. Después sí, Novecento se volvió un ícono y la zona se convirtió en el polo de vanguardia, con restaurantes innovadores”, indica.

Desde entonces, Babusci nota una mutación. “En la ciudad crecieron otros emplazamientos con propuestas gastronómicas diferenciales, y en Las Cañitas quedaron las parrillas y los lugares más nuevos, estilo bar. Pero ahora el barrio está volviendo a sus inicios y la gastronomía está mejorando”, aporta, optimista. NR

Fuente consultada: Clarín

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