Buenos Aires, 21/01/2018, edición Nº 1894
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Las “escapadas” imperdibles para los porteños

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La obra “Fugas y viajatas a 400 km de Buenos Aires” está planteada como una guía que esquiva los lugares comunes y la exaltación inmaculada de atractivos turísticos, donde el periodista Diego Bigongiari registra alternativas que encajan en los nuevos hábitos vacacionales y reflexiona sobre la conservación del patrimonio y las incorrecciones del trazado urbano.

El libro, primer eslabón de una colección que se propone dar cuenta de distintas opciones permeables al concepto de “escapada”, está en sintonía con la tendencia a fragmentar las vacaciones y a fijar estadías más cortas en los destinos turísticos, un fenómeno que también tiene correlato en la mayor disponibilidad de fines de semanas largos a partir del incremento de los feriados anuales.”Este cambio de costumbres no sólo tiene impacto a nivel nacional sino que es parte de una tendencia mundial. En Europa también es cada vez menos frecuente que la gente tome vacaciones durante tres semanas como antes -explica Bigongiari a Télam-. Los beneficios son que de esta manera la ocupación hotelera es más regular a lo largo del año y por otro lado permite que se disfruten más las vacaciones”.

“En el caso de Buenos Aires, estos nuevos hábitos permitieron el surgimiento de nuevas plazas turísticas. Hace diez o veinte años, más allá de la costa atlántica y las sierras bonaerenses no había nada. Hoy hay un montón de alternativas, muchas de ellas generadas por los extranjeros, que potenciaron primero el turismo en las estancias y luego fueron permitieron la explosión turística de otras ciudades, como el caso de Rosario”, indica.

El trabajo de Bigongiari, lanzado por el sello Planeta, tiene como particularidad que elude el tono condescendiente habitual en este tipo de género para construir un catálogo fragmentario pero impecablemente documentado que incluye apuntes sociales sobre el origen de algunos hábitos y denuncia las distorsiones del trazado urbano y la (no) preservación del patrimonio público.

“Esos apuntes son los que indican justamente que se trata de una guía de autor. No comparto esa visión de que una guía turística debe ser una loa al lugar del que se habla. Me parece que hay que señalar lo bello y lo bueno, pero también despertar la reflexión acerca de los atropellos edilicios”, indica.

El capítulo sobre Mar del Plata es uno de los ejemplos más certeros acerca del estilo del autor: “Es el mejor lugar de la Argentina para reflexionar a través de la arquitectura sobre la evolución social y del gusto de nuestro país en el siglo XX (…)En el Viejo Mundo el barrio de la loma Stella Maris estaría intacto y el Hotel Provincial y Casino se habrían construido en Punta Mogotes o La Perla, al igual que los rascacielos”.

“Pero así y todo se puede leer la historia de un país que se plegó tempranamente a la curiosa moda europea de ir en verano a bañarse al mar: una extravagancia burguesa de fines del siglo XIX tras siglos de prestar nula atención al borde marítimo del mundo.

Ni San Martín, Belgrano ni Rivadavia, sus consortes y su prole, tomaron jamás un baño de mar ni de sol en la playa”, expone.

Para rastrear los orígenes de esta costumbre, Bigongiari se remite a fines del siglo XIX: “El fenómeno empezó en Inglaterra y Francia en esa época. Hasta entonces al mar se le daba la espalda.

Era un lugar sucio que interesaba a los pescadores y a nadie más.

Una vez que se impuso en Europa acá se copió rápidamente, dado que la alta burguesía argentina estaba muy vinculada con ese continente”, relata.

Una de las principales críticas que el experto viajero realiza en su obra a la infraestructura turística de la Argentina está vinculada a la estética de ruptura que guió el crecimiento de localidades martítimas como Villa Gesell, Pinamar o Cariló, cuya expansión implicó obras de infraestructura y trazado urbanístico opuestos al deseo de sus fundadores.

“El ejemplo más claro al respecto es Mar del Plata, donde muchas de las maravillosas residencias que se habían construido en la loma Stella Maris se demolieron para emplazar edificios sin ningún tipo de fundamento, ya que no había ningún problema de espaciosino una cuestión de especulación inmobiliaria. Si Mar del Plata hubiera conservado ese patrimonio histórico hoy sería uno de los grandes balnearios del mundo”, grafica.

“Creo que con tantos años de autoritarismo que ha tenido nuestra Historia nos hemos vuelto un poco ciegos frente a algunas cosas -explica Bigongiari-. Por ejemplo, en mi último recorrido por toda la provincia de Buenos Aires detecté dos cosas que chocan: por un lado el tratamiento del arbolado público, que en muchos casos es podado de una manera bestial, y por otro lado la enorme contaminación visual que implican los cables aéreos”.

“En lo que hace a la industria turística hay mejoras, pero todavía hay muchas cosas para ajustar: en primer lugar el horario y período de receso de los museos, que en muchos casos cierran en la época de mayor turismo extranjero. En materia de gastronomía, este campo recién toma vuelo sólo donde hay extranjeros o porteños dispuestos a pagar un poco más. Fuera de eso, la oferta está muy reducida a minutas y platos simples”, evalúa.

Para Bigongiari en el rubro hotelero “se notan mejoras y una mayor diversificación. Hay incluso una oferta considerable de hostels dirigidos al turismo joven y extranjero al que lo gusta moverse por fuera de los circuitos más tradicionales, una clase de turista que si va de Buenos Aires a Cataratas del Iguazú lo hace por tierra y para en varios puntos en vez de tomar un avión directo”.

¿Cómo transcurre en el patrimonio de los principales puntos turísticos de la Argentina la relación entre memoria y presente? “En general, todo está contado de manera bastante retórica. Las plazas de los pueblos, que es siempre como lo más emblemático, tiende a responder casi siempre al mismo modelo: generalmente está dedicada a San Martín y en muchísimos casos repite el mismo monumento”, explica Bigongiari.

“Esa repetición es discutible como visión urbanística porque le imprimió a la gran mayoría de nuestros pueblos y ciudades un mismo carácter en vez de acentuar sus particularidades locales.

Sumado al trazado, casi siempre idéntico y una construcción que tiende a parecerse mucho, la impresión es que no hay muchos esfuerzos por asumir las particularidades locales”, concluye Bigongiari

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