Buenos Aires, 21/01/2018, edición Nº 1894
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Ediciones La Flor a la venta los cuentos completos de Walsh

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Ediciones La Flor lanzó a la venta una edición de los cuentos completos de Rodolfo Walsh, a cargo del escritor Ricardo Piglia. El libro tambien contiene un cuento inédito y dos entrevistas.

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(CABA) “Bueno, yo en realidad, no sólo mis cuentos sino la mayoría de lo que he escrito, lo tomo como una respuesta parcial y tentativa y nunca definitiva a un momento determinado, a un momento histórico determinado”, le dice Rodolfo Walsh a la escritora Rosalba Campra en una entrevista realizada para la RAI en 1973. Por entonces, Walsh había dejado de publicar cuentos. Sin embargo, según se puede deducir de su Diario y de varios testimonios, siguió escribiendo y trabajando hasta el final en varios relatos, que desaparecieron en el allanamiento de su vivienda en San Vicente, en marzo de 1977. Por entonces, Walsh fue asesinado por un grupo de tareas de la ESMA, pasando a engrosar hasta hoy la lista de personas desaparecidas. Ahora Ediciones de la Flor –donde el escritor publicó en vida varios de sus trabajos– recupera sus cuentos publicados entre 1959 y 1968.

La edición de estos Cuentos completos –así se llama el libro– estuvo a cargo de Ricardo Piglia, quien además escribió el prólogo y seleccionó los materiales de un valioso apéndice. Allí hay un relato inédito, “Quiromancia”, escrito en 1953 que tiene una historia curiosa. Fue dictado por Walsh al poeta ciego Pedro Rosell, quien lo escribió en Braille. Tiempo después se halló en un archivo familiar el texto dactilografiado por su autor. También se publica su perfil autobiográfico, incluido originalmente como presentación de su cuento “La máquina del bien y del mal”. Este, a su vez, apareció en la antología Los diez mandamientos a mediados de los sesenta. Walsh escribe en esa autobiografía una de sus frases cáusticas y a la vez imperecederas: “La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.” A esto se le suma la entrevista de Campra y también la de Piglia, realizada en 1970. Incluso, una carta que le envió desde Tigre a su amigo norteamericano Donald Yates, doctor en Letras especializado en lengua española y experto en literatura policial (“en fin, la noticia más importante que quería darte, es que he vuelto a escribir. O tal vez debería decir, que he empezado a escribir por primera vez en mi vida, continuada y metódicamente. Para eso he debido realizar en mi existencia una transformación tan vasta, que aún me cuesta creerla”, confiesa).
El apéndice rescata también otra perla. Se trata de “La cólera de un particular”, un breve relato chino antiguo que Walsh elige en 1969 para una antología en la que una serie de escritores –Borges, Sábato, Mujica Lainez, entre otros– seleccionan el mejor relato que hayan leído. A través de su elección, señala Piglia, Walsh privilegia los relatos que han quedado por fuera de los grandes de la literatura pero que, de todos modos, tienen gran eficacia narrativa. Pero esta elección es intencional porque si bien nada en el relato hace posible deducir el contexto histórico, Walsh vincula el texto a la lucha de los vietnamitas contra el imperialismo norteamericano. Es decir, restituye la voz de un relato periférico, casi perdido, como operación política. Y subraya esta operación al rescatar el argumento del relato en torno la resistencia y el coraje individual de un funcionario frente al embate caprichoso de su rey. “‘La cólera de un particular’ plantea de manera perfecta las relaciones entre el poder arbitrario y el individuo; entre ese poder y la suma de individuos que forman un pueblo”, afirma como parte de una breve introducción.

Sin embargo, la presencia de lo político en los textos ficcionales de Walsh no es directa ni reductible a una ecuación cuyo resultado sería un héroe de bronce. En ese sentido, este libro permite seguir el itinerario de un escritor cuyas decisiones políticas han sido muchas veces leídas de manera distorsionada. “Para Walsh la ficción es el arte de la elipsis, trabaja con la alusión y lo no dicho, su construcción es antagónica con la estética urgente del compromiso y las simplificaciones del realismo social”, aclara Piglia. Y como muestra de su afirmación se detiene en “Fotos” (incluido en Los oficios terrestres, publicado en 1965) y “Cartas”, donde se repiten algunos personajes del relato anterior (incluido en Un kilo de oro, publicado en 1967). Piglia califica estos relatos como “dos de los mejores de la literatura argentina” (y de veras lo son), donde a partir de un pueblo de la provincia de Buenos Aires, en los años del peronismo y la década infame, Walsh construye un pequeño universo en el que las tensiones y las diferencias sociales están implícitas. Es decir, nada tiene que ver este recurso con la supuesta idea de que para ser entendido, un texto sólo debe apelar a lo evidente. En estos casos, para reponer el contexto hay que seguir las pistas y los signos sesgados del relato. “La capacidad de contar elípticamente está definida por una cualidad, digamos, antinovelística: la brevedad, la rapidez, la temporalidad quebrada, es decir, la capacidad de construir la historia a partir de mínimas situaciones, escenas fugaces, líneas de diálogo, cartas, elipsis”, dice Piglia.

Estos recursos son, en definitiva, los que también le imprimen su sello a investigaciones como Operación Masacre (1956) o Quién mató a Rosendo (1969). Allí, la técnica literaria es puesta al servicio de hechos reales, como hicieron Truman Capote o Tom Wolfe en Estados Unidos casi al mismo tiempo. Pero su rasgo distintivo (y contracultural) radica en que Walsh se vale de los recursos de la ficción para construir una verdad implacable que desafía el poder militar de turno.
“Ser absolutamente diáfano” es la consigna que anota en su diario como horizonte de escritura y que buscaba cumplir al pie de la letra (incluso como editor; vayan como muestra los impecables informes de la Agencia de Noticias Clandestina ANCLA que él coordinó, hechos por Lila Pastoriza, Lucila Pagliai y Carlos Aznares). Esa idea recorre los textos como una mecha encendida. El ejemplo paradigmático es el estilo de “Esa mujer” (incluido en Los oficios terrestres). Claro que lo diáfano es, al mismo tiempo, elusivo ya que por debajo del diálogo entre el periodista y el coronel del relato, se van atando los cabos de un silencio compacto.

Pero este libro permite recuperar otros hallazgos. Como el cuento “Los dos montones de tierra” (incluido en Cuentos para tahúres, publicado en 1961). Walsh escribe: “A lo lejos asomaron dos sauces melenudos, aspaventando estrellas, el cuadro calcinado donde ardió el trigo, después del caminito vecinal.” Y es que la búsqueda de lo elusivo lo lleva a encontrarse con párrafos de una insospechada poesía. También por eso los cuentos de Walsh reunidos ahora siguen resplandeciendo con su perfección, su nitidez, su decisión política, su modo de brillar más allá del tiempo, por sobre los campos calcinados.

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