Buenos Aires, 17/07/2018, edición Nº 2071
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Más pájaros y menos gatos en el Jardín Botánico

Hace diez años, había unos 500 felinos, que gracias a un programa de adopción y castración, se redujeron a 13. Con este proyecto, la disminución atrajo a miles de aves.

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(CABA) Lilith vive en la terracita del invernadero principal. Noche es negro y se esconde en un hueco del tronco de un árbol que da a República Árabe Siria. Kalo tiene su refugio entre arbustos, detrás de los baños. La enumeración llega a 13. Esa es la cifra exacta de gatos que viven en el Jardín Botánico, en Palermo, un sitio que en 2006 llegó a resguardar 500.
Eugenia Pascual tiene una ficha con fotos, rasgos característicos y lugar donde duerme cada uno de ellos. Es la voluntaria más antigua de un grupo filántropo que, con un plan persistente de castraciones y adopciones, redujo y controla la población de gatos.

El resultado de su trabajo, junto con el de otros 30 voluntarios, produjo una revolución de biodiversidad: sin la amenaza de los gatos, volvieron cientos o miles de aves. Entre ellas, especies nunca vistas en el jardín que diseñó Carlos Thays en 1892.

“Teníamos un listado, hecho en 2010, en el que se detallaban registros de 52 tipos de aves. Ahora esa referencia llega a 74 especies”, afirma Maximiano König, técnico en conservación de recursos naturales y encargado de elaborar el listado de aves del Botánico.

Lo más curioso es que entre esas 22 especies que se agregaron a la nómina de aves que suelen verse en el jardín, hay 11 que ni siquiera figuraban como vistas eventualmente en el Botánico, por lo que se especula con que son registros inéditos, alentados por la ausencia de gatos, la variedad de alimentos que encuentran en el lugar y la mayor variedad de aves en toda la ciudad. Desde hace varios años que la diversidad crece también en los Bosques de Palermo (170 especies) y las reservas Costanera Norte (123) y Costanera Sur (300).

Pascual sabe poco de pájaros. Escucha los nombres de las 11 especies que König presume inéditas para el jardín: atajacaminos, carau, gavilán mixto, ñanday, caburé chico, suriri real, anambé común, arañero coronado chico, cardenilla, tordo pico corto y chivi común. No podría reconocer ninguna. Exagera y dice que solo reconoce a las palomas.

“Nos vuelven locas. Todos los días renovamos los tachitos de agua y comida para los gatos y tenemos que dejar alpiste en otro lugar, para despistar a las palomas y que no se coman el alimento balanceado”, cuenta y explica que los gatos que siguen en el jardín son aquellos que fueron abandonados hace poco o son muy ariscos y no pueden darlos en adopción.

Ver por lo menos 20 especies distintas de aves en una recorrida de una hora es algo sencillo. Hasta fines de febrero se pueden observar picoteando el pasto en busca de insectos a ejemplares de suriri real, que son de pecho amarillo y llegaron desde el sur de los Estados Unidos en busca de un ambiente templado. Para distinguir gavilanes mixtos hay que mirar hacia arriba y buscarlos en las tipas y araucarias más altas, desde donde marcan sus presas. A los celestinos hay que descubrirlos comiendo frutos de algún coronillo. Al hornero se lo ubica fácil cerca de su nido, fabricado en barro justo donde se bifurcan las ramas. Al lado del invernadero de suculentas es sencillo ver colibríes aleteando en busca del néctar de las flores de lycium, un árbol nativo. “Los zorzales, te lo juro, bajan y caminan entre los pies de la gente que se sienta en los bancos”, asegura Graciela Barreiro, directora del Botánico.

Ella es ingeniera agrónoma y vivió la transición de un jardín repleto de gatos al actual con población mínima: “Cuando llegué, en 2009, habían empezado a castrar y dar gatos en adopción. Pero quedaban 300. La gente seguía abandonándolos acá, pese a que el jardín no es un lugar seguro para un animal domesticado hace siglos. Pasan frío, no tienen refugio. Y era un riesgo tanto para embarazadas porque nadie podría asegurar que no fueran portadores de toxoplasmosis, como para los visitantes en general, porque alguna vez arañaron gente. Pero la realidad es que los voluntarios obtuvieron un gran resultado”.

(Fuente: La Nación)

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