Buenos Aires, 19/11/2017, edición Nº 1831

Vivir entre la memoria y la Policía

El viejo Deportivo Español tuvo 20 mil socios y brilló en Primera. Hoy convive con la Metropolitana de Macri y lucha por no descender a la D. Corren, pican, se toman los tiempos. Hoy hay entrenamiento. Dos turnos, no doble turno. De un lado, los jugadores de Español; del otro lado de la muralla de tres metros de alto, aspirantes a policías de la Metropolitana. Los futbolistas están en la cancha, algo...

El viejo Deportivo Español tuvo 20 mil socios y brilló en Primera. Hoy convive con la Metropolitana de Macri y lucha por no descender a la D.

Corren, pican, se toman los tiempos. Hoy hay entrenamiento. Dos turnos, no doble turno. De un lado, los jugadores de Español; del otro lado de la muralla de tres metros de alto, aspirantes a policías de la Metropolitana. Los futbolistas están en la cancha, algo de lo poco que le quedó a Español, tras tres procesos de quiebra. Los del fondo, los que se entrenan en la pista ubicada sobre la calle Castañares, son un producto del Gobierno de la Ciudad. “(Mauricio) Macri siempre quiso quedarse con Español”, se queja en off un allegado a la dirigencia.

El club que alguna vez contó con 20 mil socios, en épocas en las que brillaron, entre otros, José Luis Rodríguez, José Batista y Pedro Catalano, el que ganó en 1984 un ascenso a Primera, el que fue subcampeón de Newell’s en el Apertura ‘92, ése club fue despedazado; se le notan los jirones (ni siquiera conserva su nombre original, Deportivo Español) y su desesperación por quedar agarrado, aunque sea, de la C. En zona de descenso directo, la institución que convive con la Policía Metropolitana no quiere que le roben el último bastión de resistencia; caerse al abismo de la D sería tan doloroso como lo que ya le pasó: perder las siete hectáreas en las que contaba con canchas de tenis, de sóftbol, de básquet, de hóckey, la pileta, el quincho y todas sus áreas recreativas.

Su próximo rival en el campeonato será Sacachispas. Aunque Español sabe bien que ya perdió partidos más importantes.

¿Durmiendo con el enemigo? El apellido Macri se clava como una daga en el sentimiento de Español. El club que tuvo que cambiar su denominación por la larguísima etiqueta de Club Social Deportivo y Cultural Español para poder sobrevivir tiene su vida cruzada con el actual jefe de Gobierno porteño. Cuentan los socios que el golpe al mentón, Español lo recibió de Macri: el entonces presidente de Boca estaba detrás del primer pedido de quiebra que sufrió el club, en 1998. El juez era Juan Garibotto y, según consigna el sitio web Nos Digital, “Macri faltó a todos los códigos: Boca, su club, fue el primero en más de cien años en pedirle la quiebra a otra entidad deportiva. Todo por una insólita suma de 80 mil dólares”. El cráter financiero en las finanzas de Español encuentra su génesis en la cesión de seis futbolistas de Boca: Sandro Guzmán, Gustavo Dalsasso, Silvio Carrario, Pedro González, José Basualdo y Raúl Peralta. El club que manejaba a su antojo hasta 1996 Francisco Ríos Seoane (hoy internado en un geriátrico) le pagaba a ese puñado de jugadores 500 mil dólares mensuales.

Tres años antes, el empresario Macri le había propuesto a Ríos Seoane mudar a Español a Mar del Plata. La nueva sociedad anónima se iba a llamar Unión Española. El plan fracasó. “Desde esa época nos tiene marcados”, reconoce la misma fuente que detalla que no es casual que, en la actualidad, parte de la Policía Metropolitana esté insertada en el Bajo Flores. Luis Tarrío Gómez, vicepresidente de Español al momento de afrontar la tercera quiebra, tiene una mirada contemplativa: “Al menos nos dejaron algo; yo prefiero mirar el vaso medio lleno”, le señala el ex dirigente al diario Perfil.

Por la arcada de la calle Santiago de Compostela no hay distingos. El acceso principal es tanto para los 600 socios de Español como para los futuros policías metropolitanos. Después, unos van para la derecha y los otros, hacia la izquierda. Los separa la muralla que divide los goles de las armas.

Imágenes. Los símbolos son tan demoledores que desnudan la realidad: “Impacta ver el muro”, le cuenta a este medio Juan Manuel Pagliuca, jefe de prensa de Español. Es quien, también, no quiere reparar en el nombre completo del club; el hincha no negocia la identidad. La larga denominación y la alta pared son emblemas de una institución que parece la sombra de sí misma.

A Español lo acecha el descenso que alguna vez esquivó de manera milagrosa, cuando la quiebra le puso la horca a su promedio: en 2003, le quitaron los 75 puntos acumulados en dos campeonatos. Español pasó a dividir por un solo torneo y se salvó de irse a la C en la última fecha, al empatar 1 a 1 contra Laferrere.

Tarrío Gómez repite como una letanía la formación del equipo que brilló en la B y postergó el ascenso de Racing, el gigante de aquel torneo de 1984. También se jacta de algunas conquistas que parecen menores en tiempos de mishiadura: “En su momento traté de sensibilizar a la gente del Gobierno de la Ciudad, que quería ver las instalaciones antes de ubicar a la Policía. Les dije que vinieran, que no había problemas, pero que se iban a encontrar con los chicos de hóckey entrenándose en la calle”. La lección: Español, con el club cerrado, salió subcampeón Metropolitano de hóckey masculino sobre patines.

Volver a ser. Las tierras eran de Español, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de los clubes, afincados sobre terrenos fiscales. El Gobierno porteño las compró durante la gestión de Jorge Telerman y las heredó la actual conducción.

Ahora, Español sólo dispone de la cancha y la confitería; el resto son aulas, un gimansio, una pista y un gran vacío. Encima, las pocas hectáreas que conserva el club están en comodato, vigente hasta 2017. La casita propia fue el sueño de los primeros gallegos; vivir de prestado entre las sobras es parte de la resignación.

Hundidos en un destino incierto, los hinchas aspiran a que el equipo los rescate de un mal peor: la D es la marca de una letra que sólo conocieron en 1957 (año de la fundación de Español) y 1958. Y nunca más.

A cambio, una sentencia de Tarrío Gómez retumba implacable: “Hay que refundar Español, porque si no se muere”.

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