Violeta y Roberto, los científicos de Recoleta que crean y clonan orquídeas

Violeta y Roberto, los científicos de Recoleta que crean y clonan orquídeas

(CABA) Hace 25 años, Roberto Hosokawa investigaba mejoras en los métodos de diagnóstico de la hepatitis y dirigía el Instituto Malbrán. También, allí, Violeta Pattini trabajaba en el diseño de anticuerpos para neutralizar virus. Pero un día, ya casados, decidieron renunciar a sus trabajos y reorientar sus investigaciones a una planta que da las más variadas gamas de flores. Desde ese momento, esta pareja de bioquímicos crean, clonan y cultivan nuevas variedades de orquídeas en su vivero de Escobar. Y desde esa época tienen un espacio en el pabellón 3 de la Fiesta Nacional de la Flor que empieza el sábado próximo, en Escobar.

Hosokawa es hijo de japoneses que emigraron a la Argentina hace 80 años y se establecieron en Escobar para cultivar helechos. Tiene 67 años y según su mujer es “una rata de laboratorio”. Se encarga de hacer la reproducción in vitro de las orquídeas: logra que se multipliquen en tubos de ensayo.

Pattini es mendocina, de Godoy Cruz, tiene 58 años y se asume como una especialista de campo. Consigue que los invernaderos tengan el ambiente ideal para que los brotes de dos centímetros que su esposo saca del laboratorio sobrevivan al proceso de rustificación, como le llaman al paso de la incubadora al invernadero.

Roberto y Violeta acordaron no tener hijos. Ella fue la que lo propuso en una de las cenas románticas que solían tener cuando él era su jefe. Sin hijos, tomar el riesgo de irse del Malbrán no les costó demasiado, sobre todo porque a principio de los noventa el desarrollo de la investigación no era una prioridad del Estado. Además, el vivero del padre de Roberto tenía espacios ociosos.

A él le interesó la idea de volver a su pueblo natal para continuar una empresa familiar en la que nunca se había involucrado. Y a Violeta le gustó la posibilidad de profesionalizar el hobby que tenía en su departamento de Recoleta, donde improvisaba un jardín en el balcón.

Entonces tomaron el desafío con rigor científico. Él viajó a conocer viveros de orquídeas en Japón y Brasil. Ella visitó una producción en Costa Rica. La necesidad de observar experiencias extranjeras tiene que ver con un dato concreto del mercado nacional de orquídeas: sólo tres viveros locales reproducen las orquídeas in vitro. El resto lo hace a partir de plantines. Pero ese punto de partida tenía un limitante: la imposibilidad de hacer cruzas para ofrecer orquídeas únicas y originales. Y eso era algo que no querían. “La semilla de la orquídea es la más chiquita que existe y no está cubierta de un tegumento [tejido]. Si uno la planta, la semilla no germina. Sólo brota en condiciones naturales, si al caer se produce una simbiosis con las raíces. Por eso, si uno quiere reproducir orquídeas y crear nuevos tipos necesita un laboratorio”, explica Violeta.

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Roberto aprendió la técnica de la reproducción in vitro y montó un laboratorio. “Mi mujer lleva el polen de una flor a otra para que la planta produzca semillas. Yo pongo esas semillas en una especie de sopa o caldo de cultivo que desarrollé y las hago germinar en una cámara que mantengo a 25°C, con 80% de humedad y con 12 horas de luz por día“, explica Roberto. Las semillas que ella le lleva tienen los genes de las futuras orquídeas y es ahí donde está la clave de la producción. “Como controlo la polinización creo híbridos. Es decir, cruzo géneros o especies para buscar una coloración nueva, manchitas en los pétalos con mayor contraste, una textura más agradable de la flor y mayor durabilidad, o que florezca hasta dos veces al año.”

Las variantes de orquídeas que crea Violeta -se venden a partir de los $ 250- son inagotables. Y ni siquiera lleva una cuenta de las que hizo. Es que la familia de las orquídeas tiene 800 géneros y entre todos ellos hay cerca de 35.000 especies. “Obviamente no puedo trabajar con orquídeas que su condición natural son los Andes peruanos, a 3000 metros de altura. Pero el abanico de alternativas es enorme”, explica Violeta y cuenta que ahora está creando híbridos a partir de especies de phalaenopsis,cymbidium y dendrobium, que son del sudeste asiático, y alianza oncidium yzygopetalum.

Cuando empezaron, el 80% de los plantines que Roberto sacaba de su laboratorio moría en el invernadero. Violeta lloraba: “Al principio fue horrible. Cultivar orquídeas requiere de tiempo, paciencia y pasión. Yo tuve las tres cosas. Y ahora se muere sólo el 2%“, recuerda ella, que tiene una colección de 500 variedades de orquídeas, un tesoro que expondrá en la Fiesta de la Flor, en Mateo Gelves 1050, Escobar (más datos: 0348-4420596).

Roberto también tuvo sus desafíos: “Perfeccioné 10 veces el caldo de cultivo hasta dar con uno que me permite llegar al plantín en nueve meses y no un año. Además llegué a una fórmula que le da más robustez a la orquídea, lo que a su vez le permitió a mi mujer bajar la mortalidad en el invernadero”.

Para que una orquídea dé su primera flor deben pasar entre cinco y siete años. Cuando lo hace, Violeta confirma si la creación fue la esperada. Si lo es reproduce ese híbrido. Pero ya no lo hacen mediante la polinización, sino a través de una clonación.

“Violeta me trae un meristemo de la planta. Ese tejido vegetal que se encuentra en un brote tiene un milímetro de diámetro, pero en un caldo de cultivo tiene la capacidad de dividirse y crear nuevos tejidos vivos. Así clonamos esa creación de manera homogénea”, explica Roberto y muestra un tubo de ensayo donde flota un racimo de tallos verdes minúsculos de forma redonda. Y explica: “Cada bolita es una futura orquídea Hosokawa“. NR

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