Buenos Aires, 16/12/2017, edición Nº 1858

Villa del Parque extraña al genial Julio Cortázar

Si el escritor viviera tendría cien años; si aún residiera en Buenos Aires, en la última casa que habitó con su madre y su hermana, viviría en Artigas y Cortázar; un paseo por las calles de Rawson (Villa del Parque), la vecindad donde pasó su porteña juventud. (CABA) Cuando Bernardo Cornejo, de 22 años, se asoma por la ventana de su cuarto en el tercer piso del barrio Rawson en...

Si el escritor viviera tendría cien años; si aún residiera en Buenos Aires, en la última casa que habitó con su madre y su hermana, viviría en Artigas y Cortázar; un paseo por las calles de Rawson (Villa del Parque), la vecindad donde pasó su porteña juventud.
villa del parque 2

(CABA) Cuando Bernardo Cornejo, de 22 años, se asoma por la ventana de su cuarto en el tercer piso del barrio Rawson en la ciudad de Buenos Aires y piensa que ésta era la vista que tenía también en su juventud el escritor Julio Cortázar siente una leve conmoción. Bernardo nació en Barcelona pero pasó la mayor parte de su vida en este barrio arbolado, que algunos consideran parte del de Agronomía. “Duermo en la habitación que ocupó Cortázar. Estoy acá porque soy muy amigo de la familia de los dueños”, dice. “Es muy fuerte, se siente una energía muy particular. Hay hasta una biblioteca en el living que él dejó antes de irse del país”.

En 1976 se conoció el poema “Rechiflao en mi tristeza”, en el que Cortázar, inspirado en su tango preferido Mano a Mano, dejó testimonio de este legado. “Te evoco y veo que has sido/ en mi pobre vida paria/una buena biblioteca./Te quedaste allá,/en Villa del Parque,/con Thomas Mann y Roberto Arlt y Dickson Carr,/con casi todas las novelas de Colette,/Rosamond Lehmann, Charles Morgan, Nigel Balchin,/Elías Castelnuovo y la edición/tan perfumada del pequeño/amarillo Larousse Ilustrado,/donde por suerte todavía/no había entrado mi nombre”.

Bernardo calla unos segundos, como si repasara imágenes adoradas, y agrega: “Estoy en el tercer piso y tengo una vista panorámica del barrio. Ahora que pienso es más o menos la misma que tenía Cortázar, porque todo se mantiene más o menos igual”. Con su entrenado ojo de fotógrafo, dibuja la plazoleta de entonces: “Hay algún árbol menos porque sacaron algunos, como un gomero inmenso donde él se sentaba a escribir; hay tal vez otros que están más crecidos, pero como no se permiten edificaciones el paisaje es parecido”.

El último lugar porteño donde vivió el dueño de las rayuelas fue este departamento del tercer piso de Artigas 3246, frente a la plazoleta que describe el joven desde la ventana de su cuarto. Cortázar pasó acá parte de su juventud, entre los años 1934 y 1951, cuando venía a ver a su madre y a su hermana Memé. El daba clases en colegios secundarios en Chivilcoy y Bolívar, en la provincia de Buenos Aires y visitaba el barrio los fines de semana.

Dos placas en la fachada, como si una no bastara para homenajear a Cortázar, indican: “En este edificio vivió Julio Cortázar; el clima del barrio Rawson y Agronomía está presente en varios de sus cuentos”. La otra hace mención a la restauración del edificio como patrimonio histórico en 2012. Debajo, dos macetas con petunias violetas, rojas y blancas adornan la entrada principal, una a cada lado de la puerta; en el jardín que rodea el edificio, dos rosas chinas que ya tienen el tamaño de un árbol completan el cuidado paisaje.

El barrio Rawson es un triángulo residencial delimitado por las calles Tinogasta, Zamudio y Avenida San Martín. A media cuadra del barrio está la facultad de Agronomía. Conviven, en esas manzanas cruzadas por calles curvas, 104 casas individuales de dos plantas con reminiscencias pintoresquistas, de puertas y ventanas con detalles de vitró, de macetas y rejas, de cielos inundados de verde; con nueve edificios de departamentos de tres pisos distribuidos dentro de un parque -entre éstos se encuentra el de Nelly Schmalko, quien le compró la casa a los Cortázar en 1977.

Casi no circulan autos en el mediodía del viernes; los que entran al barrio parecen ser vecinos que llegan a sus casas. Tampoco se vive el trajín de comercios: el único almacén que había cerró en los ’90. Un señor regordete rodea la plazoleta en su bicicleta antigua, el canasto al frente; con su silbato promociona sus churros. Saluda a un grupo de jóvenes con la mano. Ellos son seis, visten remeras del uniforme del Instituto Comunicaciones, que está pegado al barrio; están desparramados en el pasto, las mochilas a un costado; conversan, algunos revisan sus celulares. Una pareja de veintipico ocupa un banco, ella le da la última pitada a un cigarrillo cortísimo.

Llega una mujer con varios chicos cargados en el auto, toca el tercer piso. Se asoma alguien por la ventana. “¡Vengo por los tuyooos!”, grita. “Acá quieren hablar con los que viven donde vivía Julio. ¡Julito!”

En la espera y con tanto griterío se asoma Miguel Ascárate, de 75 años. Se acerca al buzón de la puerta vidriada a buscar su correspondencia. Dice que cada tanto se encuentra con algunos servicios a nombre de María de Cortázar. Aclara que cuando llegó al barrio, en el 66, Cortázar ya no vivía ahí. El escritor se fue del país en 1951, cinco años después de la llegada de Perón al poder. “Pero se lo recuerda todavía. La calle Espinoza ahora se llama Cortázar”, dice. Si el escritor viviera tendría cien años; si residiera en Buenos Aires, en la última casa que habitó antes del exilio, viviría en Artigas y Cortázar.

“No tengo ningún libro de él, nunca me interesó”, se ataja. “Me dediqué toda la vida a ser chofer. Trabajé para Juan Perón. Era chofer para el área de Bienestar Social”, empieza a relatar. Dice que algunos nombres se le olvidaron por la edad, pero recuerda perfecto que había que tener un cuidado bárbaro. “Yo custodiaba a los funcionarios. No sabía qué nos podía pasar, quién nos podía estar esperando”.

Entonces, vuelve al barrio. “Y.era tranquilo. Era”, repite. “Ahora se complicó porque vienen a fumar”. Sus dedos alargados forman una ve y se mueven en imaginarias pitadas cortas. “Dos por tres llamamos a la policía. Se quedan hasta cualquier hora o vienen de otros lados para acá a la placita”.

Dice Cortázar en una carta que envió en 1970 a su amigo, el pintor francés Eduardo Jonquieres: “Extrañas circunstancias me conectaron con un grupo de hippies, y durante toda una noche descubrí hasta qué punto no solamente no son el cáncer social que denuncian los bien pensantes, sino que el cáncer es precisamente lo que los rodea y los hostiga; en todo caso, en ese grupo había algo muy parecido a la felicidad, al término de un largo viaje, a una reconciliación. La marihuana ayudando, claro (la fuman, la fumamos sentados en las escalinatas de la catedral, lo que tenía su chiste, y sin que la policía se metiera para nada a pesar del olor que poco tiene que ver con el del incienso)”.

Jorge Raventos hace su caminata de todos los días en el predio de Agronomía. “Es el campo a media cuadra de casa”, describe. Es uno de los vecinos privilegiados del barrio: como era periodista y viajaba a Europa en 1974 se animó a pedirle una entrevista a Cortázar durante su exilio en Francia. No eran tiempos de emails. La carta llegó a su domicilio en París cuando el escritor estaba de viaje en Roma: formaba parte del Tribunal Russell, reunido para escuchar e informar sobre las torturas y crímenes políticos en América Latina. Allí lo encontró. Tres días después estaban sentados en un café. La entrevista se publicó en la revista Redacción, en junio del 74.

“Mándeme un ejemplar de la revista a mi casa de París, en la rue d’Eperon… Como usted ve, no puedo alejarme mucho del general”, cuenta Raventos en el reportaje. El tema no quedó allí: el joven periodista de entonces cumplió en enviarle también una carta de agradecimiento que Cortázar respondió. “Me mandó una cartita. La guardaba como un tesoro, pero cuando nos fuimos con mi esposa exiliados a Suecia en el 77 muchos de los papeles se perdieron”, relata. Se conforma con recordar.

Detrás de un portón de una de las casas del barrio suena Callejeros e inunda la plazoleta. A Cristina Noble, esposa de Jorge, la envuelve la luz clara de la una de la tarde. De la correa tironea un rottweiler. Hace siete años que vive en el barrio, más precisamente a mitad de cuadra en la calle Cortázar 3500. “Es una maravilla. Somos un barrio muy unido”, dice. En eso pasa una señora con su perro, también tironeando de la correa. “¡Chau, Cristina!”, levanta la mano, sonríe y sigue. “¿Ves eso? Nos conocemos. Y ante cualquier problema, una asamblea”.

Se detiene en ese punto. Quiere resaltar un hecho emblemático para los vecinos del Rawson. “El otro día nos reunimos porque habían tomado una casa del barrio. Es de un pintor que cuando volvió de las vacaciones se encontró con que le habían tomado la casa y habían vendido las cosas de valor”, comenta. “Nos reunimos unos cien vecinos, nos convocamos por mail y fuimos a aplaudir a la puerta. Vino la policía. Los vecinos logramos sacarlos”.

Imposible no imaginar una versión posmoderna de uno de los cuentos más conocidos de Cortázar. “Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia”, empieza Casa tomada.}

Cristina reconoce que la cruzada de desalojo fue en parte solidaridad con este vecino y, también, una lucha por no perder la paz del barrio. “Es muy especial poder salir tranquilos como si fuera un barrio privado. Yo a veces paseo el perro a las doce de la noche y no pasa nada. Queremos tratar de seguir manteniéndonos al margen de los problemas, si se puede”, dice. Una mueca incrédula se dibuja en sus labios apretados.

El plus del barrio, para esta admiradora de La Maga, es que quedó marcado por Cortázar. “Hasta en el aire se respira algo especial”, dice. Pero no es sólo un modo de decir. Varios vecinos cuentan que los que lo conocieron dan fe de que él tocaba la trompeta y que se oía en buena parte del barrio. “Mi hija que ama el jazz y que estudió música le compuso un tema en su honor”, agrega.

El propio Cortázar reconoció por aquellos años su amor por la trompeta. “Sí, es verdad: toco la trompeta, pero sólo como desahogo. Soy pésimo”. Hay fotos en la web que muestran retratos del escritor en pose de músico, la embocadura de la trompeta en sus labios, sus largos dedos sobre los pistones, los cachetes inflados de aire, los ojos cerrados, todo él en otra parte.

Guadalupe Raventos es cantante de jazz, maestra de canto y compositora ocasional, como le gusta presentarse. Uno de los temas que está componiendo es uno en homenaje a Cortázar. Se llama Out of time (Fuera del tiempo) y la letra y música se inspiran en El perseguidor. “Es un tema de jazz para él, que lo amaba tanto como yo”, dice. Se refiere al cuento que Cortázar dedicó al saxofonista Charlie Parker, alguien con una percepción del tiempo bastante especial. “Tiene partes de ese cuento en la letra”, comenta Guadalupe. “Quise retomar la idea que reflejó Cortázar: el músico a veces se subía a un subte y entre estación y estación tenía una larga y compleja ensoñación, asociaciones de ideas que nunca se podrían haber dado en el tiempo real transcurrido”.

A Daniel Husen también le parece que el tiempo le hace trampas. Hace 29 años que vive en una de las pintorescas casas el barrio y le parece mentira. “Tengo las tejas originales francesas que tienen 80 ó 90 años”, dice. “Cuando Cortázar vino de visitas de Francia en el 84 anduvo caminando por el barrio. Yo no estaba y no lo ví, pero los vecinos cuentan que paseó por acá y que dijo que el barrio estaba igual”, comenta. El tiempo vuela o quizá esté quieto. Un tero-tero llega desde la cancha del club comunicaciones.

Escribe Cortázar en Omnibus, un cuento de Bestiario. “A las dos, cuando la ola de los empleados termina de romper en los umbrales de tanta casa, Villa del Parque se pone desierta y luminosa. Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía. En la esquina de Avenida San Martín y Nogoyá, mientras esperaba el ómnibus 168, oyó una batallla de gorriones sobre su cabeza, y la torre florentina de San Juan María Vianney le pareció más roja contra el cielo sin nubes, alto hasta dar vértigo.(.) Por la calle vacía vino remolonamente el 168, soltando su seco bufido insatisfecho al abrirse la puerta para Clara, sola pasajera en la esquina callada de la tarde”.

Eugenio Astesiano, un vecino que nació y nunca se movió del del Rawson, dice que en los cuentos de Cortázar encuentra “el clima del barrio, la sensación de venir acá a visitar a su madre, los viajes en colectivo, los nombres de las calles, su amor por el jazz”. Imagina a Cortázar, tal como le cuentan su madre y sus tías, con su trompeta cortando el silencio de siempre. O de casi siempre.

“Este triángulo es tranquilo”, dice. “Sólo que están los tours. A veces los sábados a las 10 de la mañana o antes me despierto, me asomo a la ventana de mi casa y tengo a 30 ó 35 personas entre extranjeros y otros turistas y un tipo con un megáfono mirando hacia mi ventana”, describe. “Pero bueno, el pibe que vivió acá era súper groso. Eso se transmite. En mi caso, a mis hijas les contagié el gusto por la lectura. El hecho de saber que acá mismo en su edificio hubo alguien que llegó tan lejos inspira. El lugar es bucólico, eso ayuda a cualquier artista, a cualquier persona”.

Los vecinos coinciden en que es muy difícil dejar de pertenecer al barrio. Las casas suelen ir pasando de generación en generación y rara vez alguna se pone a la venta. Es un pueblo de 2000 habitantes este triángulo verde, este rincón de artistas..

(Fuente: La Nación)

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