Buenos Aires, 22/10/2017, edición Nº 1803

Vida en Buenos Aires después del Holocausto

Mónica Dawidowicz nació en Polonia en 1941 y llegó a la Ciudad en 1946 con la esperanza de reconstruir lo que el nazismo le quitó. Su historia en primera persona. (CABA) A nosotros nos bastan nuestras costumbres, nuestros muertos, nuestras comidas, para saber quiénes somos. Yo, por ejemplo, además de llamarme ahora Mónica y vivir en Buenos Aires, tuve otras vidas que hubiera podido transitar: empecé con el nombre que...

Mónica Dawidowicz nació en Polonia en 1941 y llegó a la Ciudad en 1946 con la esperanza de reconstruir lo que el nazismo le quitó. Su historia en primera persona.

Mónica Dawidowicz

(CABA) A nosotros nos bastan nuestras costumbres, nuestros muertos, nuestras comidas, para saber quiénes somos. Yo, por ejemplo, además de llamarme ahora Mónica y vivir en Buenos Aires, tuve otras vidas que hubiera podido transitar: empecé con el nombre que me pusieron mis padres, Rojale. Nací en Polonia en 1941 en el gueto de Lida. Mamá entró embarazada de mí y con mis hermanas Neja y Esther. Mis padres, para salvarnos, nos entregaron a mí y a mis hermanas a diferentes familias polacas no judías. Me salvé del exterminio nazi y pude llegar a Argentina.

Las SS destruyeron en 1943 el gueto y todos fueron muertos en el campo de exterminio de Maidanek, en Polonia. De mi familia, únicamente una de mis hermanas y yo sobrevivimos. Yo quedé con la familia Schipula, que me anotó como hija de ellos con el nombre de Irina Schipula. En esa instancia, el Congreso Judío Mundial se hizo cargo de mí porque teníamos parientes en Argentina que me reclamaban. Me llevaron a Suecia, a un orfanato mientras se tramitaba mi documentación.
A Buenos Aires me trajo un tío paterno que me inscribió como su hija, a fines de 1946. Después formé una familia y tuve una vida normal. Me propuse desde un comienzo no hundirme en el pasado y proyectar en esta ciudad todo lo que hubieran querido mis padres.
Entre los grandes vínculos que hice en esta ciudad a la que adoro está mi amiga, la escritora Silvia Plager, a quien conozco desde hace treinta años. Ella, perteneciente a la primera generación en Argentina, también perdió a parte de su familia en los campos de concentración de Polonia. Nuestros maridos son médicos y compartimos además del amor por la literatura –desde distintos lugares– la pasión por la buena comida judía. Nuestra cita ideal es en Belgrano; nos gusta mucho caminar por el barrio y terminar el paseo con un rico almuerzo en Big Mamma. Allí comemos sándwiches de pastrón o salmón, pepinos encurtidos y postres coronados con frutos rojos. Creo que mi avidez por los frutos rojos me viene de la infancia. En los bosques abundaban y solían hacerse dulces caseros. Tengo la vaga imagen de una niñita hundiendo el dedo en el frasco para llevárselo a la boca con deleite.
Para pasear por Buenos Aires, además de mi devoción por Palermo y la Recoleta (necesito espacios abiertos y arbolados) voy a Tigre y San Isidro: mis sitios predilectos del conurbano bonaerense. En el centro despliego numerosas actividades, entre ellas, mi clase de gimnasia, indispensable para mantenerme ágil.
Podría afirmar que mi relación con Polonia solo se sostiene a través de las comidas típicas, de los encuentros con aquellos que sufrieron destinos parecidos, y de la memoria de un tiempo de niñez en donde hubo escasez de ilusiones.
Me desarrollé como agente de viajes, me encanta ir de acá para allá y conocer todas las geografías. Valoro mucho la oferta cultural que existe en la Ciudad, sus artistas y sus barrios, con edificaciones que hablan de las diversas migraciones y de sus historias. También valoro la solidaridad y el cariño de mis conciudadanos.
Creo que los sabores son un lazo con el pasado, de eso hablamos siempre con Silvia. En su novela La Rabina, así como en El cuarto violeta y otras obras, la comida ocupa un espacio importante. Ahora estoy practicando con las recetas que me pasó de su libro Mi cocina judía , pleno de anécdotas y reflexiones relacionadas con el hecho de comer, surgen los perfumes del ayer y del hoy, relacionados a la acción amorosa de unir ingredientes para asarlos, freírlos, hornearlos… Con ella y otras amigas solemos conversar acerca de la importancia de la reunión familiar alrededor de una mesa, ya que creemos que si padres y abuelos mantuviéramos vigente ese ritual habría menos jóvenes atosigándose con comida chatarra y alcohol.
El gran Mark Twain dijo, refiriéndose a los babilonios, egipcios, persas: “Todas las cosas son mortales: menos el judío; todas las otras fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?”. Creo, al igual que Silvia Plager, que los testimonios de lo sucedido en los campos de exterminio deben servir para que las generaciones jóvenes los recojan y tengan elementos para rechazar la discriminación, la xenofobia y el antisemitismo. Agradezco a Argentina y a Buenos Aires la posibilidad de un hogar y una nueva vida.

Fuente: Clarín

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