Buenos Aires, 28/04/2017

Ventajas y desventajas de tener teatro propio en Buenos Aires

Sueños y pesadillas de la sala propia en una Ciudad que cuenta con 150 escenarios alternativos y trabas para la habilitación.

(CABA) Un hombre canoso sale de la penumbra y sonríe. Son las siete de la tarde de un viernes de verano y en dos horas comenzará la primera de las dos funciones que el teatro El Camarín de las Musas tiene programadas para esta noche. “Estamos sin luz”, dice Emilio Gutiérrez, el hombre canoso, uno de los dos dueños del lugar. Todas las localidades de la función que es amenazada por la falta de energía están reservadas, dentro de poco la gente empezará a llegar y habrá que explicarle que por problemas ajenos no se podrá abrir la sala, etcétera, etcétera. Sin embargo a Gutiérrez se lo ve muy tranquilo, y a sus 65 años irradia una energía y una vitalidad que genera sana envidia. “Soy feliz haciendo lo que hago. Abrimos El Camarín hace quince años y en este tiempo me crucé con las mejores personas que he conocido en mi vida. Tienen ambiciones artísticas, entonces acá no se habla de modas o de resorts”, dice.

El Camarín es uno de los casi 150 teatros alternativos que hay en Buenos Aires, una ciudad que además tiene 14 salas oficiales y alrededor de 25 teatros del circuito comercial. Todo este enorme combo de teatros ofrece entre 300 y 400 obras semanales, y se calcula que alrededor de 600 mil personas asisten cada año a funciones ofrecidas en los espacios alternativos.

Gutiérrez y su primo Daniel Genaud abrieron en el barrio porteño de Almagro El Camarín de las Musas en septiembre de 2001, en un país con una economía con la lengua afuera y que en pocos meses entraría en la fase más cruda de su crisis. Gutiérrez fue dueño de los cines Maxi 1 y Maxi 2, que estaban ubicados frente al teatro Colón, y también se dedicó a la distribución de filmes de autor, entre otras actividades, pero nunca había estado al frente de un teatro. “La idea era tener un lugar de reunión, en donde hubiese distintas cosas para ver y donde también se pudieran dar clases. Así nació y a pesar de aquella crisis el proyecto empezó a funcionar enseguida”, recuerda. El Camarín ofrece en la actualidad cuatro salas en las que entran de 50 a 100 espectadores y cada semana organiza un promedio de 20 funciones; el año pasado realizó un total de 800.
Un hecho social. Ofrecer un espacio de reunión. Esa es quizás una de las principales razones que movilizan a quienes desean tener su propio teatro. Tan así es que Javier Daulte, el prestigioso dramaturgo, director de teatro y guionista de tevé, no duda cuando se le pregunta qué es lo que más orgullo le da de este primer año que cumplió como dueño del Espacio Callejón, un teatro que ya venía funcionando desde hacía años. “El bar –dice Daulte–. El teatro es antes que ninguna otra cosa una celebración. En el teatro alternativo hay algo que se suma al hecho artístico y tiene que ver con el hecho social: una de las funciones más importantes que tiene el teatro es que crea lazo social, es saludable para una sociedad”.

teatro propio

Daulte fuma apoyado en la barra del bar, que es pequeño pero coqueto, con espejos de diversos tamaños y formas colgados de las paredes. La barra ofrece diversos tonos de violeta y sobre ella cuelgan pequeñas lámparas araña. El Espacio Callejón es una sala para sesenta espectadores en el corazón del Abasto, rodeada de espacios alternativos. Hace un año su dueña la tenía que vender y entonces Daulte, que está ligado artísticamente a la sala desde hace años, decidió adquirirla. “No puedo terminar de responder bien por qué me metí en esto, en definitiva creo que para mí es un tema existencial”, admite.

El caso de Daulte es interesante porque es uno de los pocos directores y dramaturgos que transitan tanto el circuito comercial como el alternativo y el oficial. Sostiene que un teatro independiente no puede pretender ser un negocio y que ahí radica también parte del placer: “Puedo correr el riesgo de apostar a ciertas propuestas que me interesan más allá de sus resultados en la boletería”.

Nayi Awada y los hermanos Tomás, Sebastián y Paula Bradley abrieron hace tres años y medio el teatro Hasta Trilce, en Almagro sur. El único que tenía alguna experiencia en el mundo del teatro era Awada –sobrino del actor Alejandro y de Juliana, la primera dama–, pero igual se hicieron un lugar en el circuito alternativo.

Sentada en una de las mesas del bar restaurante que también forma parte del proyecto, Paula, una joven de 27 años, recuerda que desde hacía años hablaban entre ellos de instalar un espacio cultural. “Nos conocemos con Nayi desde hace muchísimos años y habíamos realizado algunas cosas juntos. Apareció la posibilidad de hacer una inversión y nuestra fantasía se pudo materializar. Todos somos de zona norte y al principio quisimos ponerlo ahí, pero no hay tanto público para el teatro independiente y quienes consumen este tipo de propuestas no van hacia allá, con lo cual después de mucho buscar nos encontramos con el que era un depósito de la editorial Losada, que estaba hecho polvo, y nos decidimos.” Entre que adquirieron el lugar y lo inauguraron pasó un año y medio; hoy Hasta Trilce está consolidada en el medio alternativo y tiene la programación para todo el 2016 bastante avanzada. La parte delantera el espacio es muy grande y acogedora, con mucha madera a la vista y mesas de diversos tamaños; allí funciona un bar y restorán en donde algunas noches se arma un escenario para obras pequeñas o para algún concierto. En la antesala del teatro, que está abarrotada de sillones, en muchas ocasiones se organiza música en vivo. La sala de teatro, con capacidad para 110 espectadores, está escaleras abajo. Las butacas de madera, probablemente de un viejo cine, las consiguieron en un remate. Paula Bradley canta y sus hermanos son músicos. Ella rescata que uno de los momentos más intensos de su corta experiencia en el teatro fue cuando tuvieron la oportunidad de tocar allí con el Cuarteto Cedrón.

hasta trilce

El aporte del Estado. Escena es una de las dos agrupaciones –junto con Artei– que nuclea a los teatros alternativos. Sabrina Cassini es una socióloga y actriz de 35 años, quien forma parte de Escena y del directorio de Proteatro (el instituto de fomento y promoción del teatro del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires) en representación de todas las salas alternativas. Este ente estatal es clave para la vida de las salas ya que cada año otorga subsidios a obras, a investigaciones y a los espacios. Para este último rubro, los alrededor de 90 subsidios que se ofrecen oscilan entre 36 mil y 118 mil pesos anuales por sala y pueden ser utilizados para cambiar o comprar equipamiento o, simplemente, para que el teatro pueda mantenerse abierto. “Me parece que el Estado tiene que acompañar la vida de los teatros independientes –sostiene Cassini–, en una ciudad en donde nos jactamos tanto de los teatros independientes y que esto no debería ser pensado sólo desde la rentabilidad sino como una inversión cultural. Cuando a una persona se la puede transformar un poquito gracias a una obra, que se lleve algo, que la haga pensar, ya se la ayuda. Habrá valido la pena.” En este tema, Javier Daulte es categórico: “Sin el subsidio debería cerrar la sala. O buscar un mecenas, alguien tiene que completar los números”. El arreglo económico habitual que se hace con los elencos es que el 70 por ciento del valor de la entrada es para ellos y la sala se queda con el 30 por ciento restante. “El sistema hace que el que está subsidiado, en definitiva, es el espectador –razona Daulte– porque si el teatro no gana, si los actores no ganan, ¿quién está subsidiado? El espectador, que puede ver buen teatro con una entrada bastante barata.” Ansiada habilitación. Además de las subvenciones, el otro tema clave para el funcionamiento del teatro independiente –más allá del público y las obras, claro está– es la habilitación (o la clausura, su otra cara). La socióloga Cassini enumera que los principales ítems son la accesibilidad, la protección contra el fuego, los planos y la salida de emergencia. “Hay mucho desconocimiento de la ley, a veces los inspectores piden cosas que no hay que pedir; después se realizan los cambios solicitados y te responden que no hacía falta hacerlos… Todos los espacios tienen mucho cuidado, nadie quiere tener un accidente dentro de su teatro.” En el futuro Espacio 33 todavía no se discute sobre los subsidios, pero sus dueños sí están esperando la habilitación, que estiman estará aprobada en pocas semanas. Ubicado en pleno corazón de Boedo, a una cuadra de la autopista, la casa que se está transformado en teatro aún tiene habitaciones llenas de escombros y rastros de trabajo reciente. Hernán Grinstein, un actor, docente y dramaturgo de 36 años, convocó a otras ocho personas de su entorno para abrir de manera cooperativa un lugar. “Tiene que ver con un profundo amor al teatro, con el deseo de tener un lugar propio para dar clases, de tener una casita donde montar nuestras obras y también con las ganas de generar algo más importante que uno, de compartir y de mezclarnos”, dice Grinstein con un entusiasmo que contagia. Así fue sumando amigos y compañeros de ruta y cada uno aporta su experiencia. Los responsables de Espacio 33, además de Grinstein, son desde un arquitecto y escenógrafo hasta un iluminador, incluyendo a un docente, actores y una comunicadora social, entre otros.

Inspirado en la experiencia de Timbre 4, el reconocido teatro escuela de Claudio Tolcachir en donde estudió teatro y trabaja desde hace años, Grinstein buscaba “una casita” en Boedo, en donde vive desde hace treinta años. Este barrio, junto con Almagro, San Telmo y el Abasto, son los principales lugares que cobijan las salas de teatro alternativo. “Claro que nuestro proyecto es mucho menor que el de Timbre 4 –aclara Grinstein–; con que nos vayamos poniendo más o menos de acuerdo entre todos y vayamos para adelante, estamos bien, somos felices.” Sabe que será difícil que los nueve socios puedan sacar un sueldo de ese futuro espacio alternativo pero, aclara, “tendremos un lugar en donde podremos crear, investigar. Es una cosa rara esto del teatro independiente. Desde el momento en que decimos que vamos a hacer una obra… ¿Hay que poner guita? Y sí. ¿Hay que ensayar a las doce de la noche? Y sí… Pero, bueno, el amor y la pasión por lo que uno hace es un gran motor. Creemos que vale la pena”. NR

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Fuente: Clarín

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