Buenos Aires, 30/03/2017

Vendedores de café y confidentes

Tienen clientes fijos que les piden consejos. Ofrecen el vaso entre $ 10 o $ 15 y juntan hasta $ 400 por día.

(CABA) Venden café, facturas, jugos exprimidos. Algunos también ofrecen mate, té, sandwiches de miga y gaseosas. Eso es lo que uno puede imaginarse cuando ve a un cafetero ambulante por las calles de Buenos Aires: que venden, que solo venden. Pero si uno frena y conversa con ellos, y los acompaña, descubrirá un mundo. Un mundo parecido a la magia que existía en los bares porteños caracterizados por barras de atorrantes, que fueron desapareciendo con el tiempo.

“Acá, hasta te cuentan sus problemas”, dice Cervantes Sendelt (54), peruano, cafetero ambulante de la zona de Retiro, sobre sus clientes. Y sigue: “se genera una confianza y el tipo se desahoga, se descarga. Se toma un café, me cuenta sus problemas, doy mi opinión y es como que se quita un peso de encima. Después, se va tranquilito; hasta me agradece”.

Carlos (70) lleva 20 años de cafetero. Hace un recorrido por San Telmo y el Centro. Y dice algo parecido: “es una especie de terapia para el cliente. Y es mi centro de jubilados. Hago relaciones públicas. Si les sirviera el café y sigo de largo, vendería la mitad. Tengo onda con todos, y con algunos hasta una amistad. Nos jodemos. Para mí, es como una familia”.

Mario Robles vende del otro lado de la Avenida General Paz: en San Justo por la mañana y en Morón por la tarde. Uno de sus clientes habla sobre lo que representa su visita cada tarde, en el estacionamiento que trabaja: “más que comprarle, es la onda. Nos contamos cosas y a la larga termina siendo un amigo. Te hacés adicto a él. Ni al café, ni a nada que te venda. Antes me pasaba que necesitaba cortar la tarde de laburo; se me hacía muy larga. El cafecito y charlar con Mario, me la corta. Y después, sigo más tranquilo hasta cerrar”.

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El carrito es, entonces, junto a su cafetero, un bar ambulante. Un bar que forma parte del paisaje porteño: un respiro, un recreo, un pasatiempo en medio de la jornada laboral; algo que le escapa a la rutina diaria. Son las doce del mediodía de un viernes y Carlos, el cafetero de San Telmo, frena sobre la Avenida Independencia, a mitad de cuadra, mano derecha. Hasta ahora, vació once termos de café y cuatro de leche. Está todo calculado: se detiene a esperar al chofer de una camioneta que ofrece viajes al Conurbano, que es su cliente. Aclara que tiene guardados los dos sandwiches de jamón y queso que siempre le vende.

El chofer estaciona y baja, mientras espera pasajeros. Y ahí, en la vereda, sobre el carrito de Carlos, el bar de antes: se habla de los valores perdidos, de que cuando uno debe plata y no puede pagar lo mejor es ir de frente y aclarar la situación, y ofrecer devolver en cuotas. Aparece un empleado de un comercio de la cuadra. Tiene el pelo bien corto, y Carlos dice “le vamos a hacer juicio al peluquero; tranquilo que estoy buscando testigos”. Una señora frena y pide un café con tapita y una cremona. Pero sigue. Se acerca otro empleado de la zona. Dice que le dieron aumento. Lo miran con cara de sorpresa, y aclara: “Sí, aumento de horas”, y todos se ríen. También se cuentan leyendas de un comerciante del barrio famoso por su avaricia y se comentan los atributos de alguna señorita que trabaja en la cuadra.

En las próximas cuadras, además de saludar a varios vecinos, Carlos dirá que tuvo una pizzería, un buffet, una zapatería, un taxi, y que trabajó en el Consulado uruguayo y en Nobleza Picardo. Pero que ningún oficio o empleo lo hizo más feliz que el de cafetero ambulante. Vende vasos de cafés de 12 y 15 pesos, y un promedio de seis docenas de facturas. Tiene muchos clientes a los que le fía y les cobran una vez al mes.

Cervantes comenzó con el café casi de casualidad. O no tanto; porque dice que siempre buscó, y busca, cómo estar mejor. En 1998 se quedó sin trabajo y pasó a saludar a un paisano suyo (es peruano) que cuidaba autos en los Tribunales de Comodoro Py. Que le preguntó: “¿Por qué no te ponés a vender café, gaseosas, facturas? Acá hay mucha gente y nadie vende nada”. Y como no le tiene miedo a los desafíos, se animó.

El primer mes fue malo. Como llevaba poco tiempo viviendo en Buenos Aires, no sabía cómo toman la leche y el café los argentinos. “Les vendía un café y al día siguiente como que me esquivaban”, recuerda, entre risas. Hasta que un día, la magia: por primera vez, un cliente se repitió el café. Cervantes estaba probando con el Torrado de Nescafé Dolca. Desde ese día, no cambió más la marca. A los dos meses, pudo comprarse su carrito, tirando las bolsas en las que llevaba los termos, y dos cajas de tergopol. La vida le cambió cuando los taxistas comenzaron a tener su parada en el lugar. Tuvo que contratar a un ayudante y en su mejor día de trabajo recaudó $580, que venían a ser 580 dólares. Al tiempo, su mujer también se hizo cafetera ambulante en la zona. Su cuñada y algunos amigos, también. Por consejo de él.

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“Si no vengo a trabajar, no estoy tranquilo”, comenta. “Es interior”. Cada café lo vende a $10; con una factura, a 15. De martes a jueves le quedan, limpios, 400 pesos por día. Pero viernes, sábado y domingo, vendiendo en la feria de la villa 31, donde vive, duplica o triplica la ganancia. Los lunes descansa. Dice que la pasa bien siendo cafetero ambulante:

“Converso con infinidad de personas, de todos los niveles sociales. Eso me hace muy feliz; es mi océano. Hice un montón de amistades; gente que me cruza y se me acerca y me recuerda en qué años tomaban mi café. Los clientes saben que mi opinión está basada en las vivencias de vender en la calle desde niño”.

Cervantes, por último, dice que en Retiro habrá cerca de 40 cafeteros ambulantes. Es imposible calcular cuántos recorrerán la ciudad y el conurbano. Hay independientes que hacen el café en sus casas, como los consultados por Clarín, y otros que pasan a retirar los termos y venden. Aun quedan varios cafeteros ucranianos, que llegaron al país a fines de los noventa y, nadie sabe por qué, se metieron en el rubro.

Acompañar a Mario Robles por las calles de Morón es como caminar al lado de un famoso al que todos saludan. Lo único que los distingue es que a Mario no le piden fotos ni autógrafos. Es tucumano y creció vendiendo en la calle y en colectivos. No tiene carrito; se mueve en bicicleta. Mario dice que influyen las dos cosas: la calidad del producto y el buen trato.

“Pero si tiene onda con vos, lo tenés. Podrá comprarle un día a otro cafetero, pero es cliente tuyo”, asegura. Vende cien vasos de café por día, entre los dos turnos. Calcula que entre 70 y 80 son clientes fijos, que le compran de lunes a sábado. Quiere que los dueños de La Morenita leen la nota y se enteren que vende café de esa marca, así le envían vasos de plástico con el logo de la empresa. Cuenta que siempre intenta estar lo más aseado posible, y ser cordial con los clientes.

Otros lo llaman para preguntarle a qué hora pasará, y lo esperan. Donde más vende es en un mayorista que tiene máquinas de café. Pero los empleados prefieren comprarle a él. Algo que resume el oficio: el cliente, además del café, busca conversar con alguien.

FUENTE: CLARÍN

S.C.

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