Buenos Aires, 17/08/2017, edición Nº 2076

“¿Estar hiperconectados nos hace estar incomunicados?”

Escribe Valeria Schapira

Escribe Valeria Schapira, experta en vínculos para Match.com

(CABA) Han pasado más de 30 años del auge de las teorías comunicacionales de Marshall Mc Luhan, uno de los fundadores de los estudios sobre los medios de comunicación. Mc Luhan es el autor de la conocida frase “el medio es el mensaje” que da cuenta de la incidencia que la tecnología tiene en lo que se dice y en la forma en que se lo dice. Cuestionado y profético, no vivió para ver los impactos que los cambios tecnológicos han provocado en nuestra cotidianeidad.

Voy a hablarte en primera persona para compartir contigo la vorágine de esos cambios. Si eres de la generación millenial y crees que es algo natural tocar un botón y hablar con la otra punta del mundo, verás que no. Ahora me estarás leyendo desde tu tablet o laptop. La única tableta que existía hace unos años era la de chocolate.

Hace veinte años estudié mi Posgrado en Gran Bretaña. Tuve que esperar más de un mes para saber si había sido admitida, hasta que al fin llegó la carta de la Universidad. Para comunicarme con mi familia en Argentina, lo hacía por teléfono, en una llamada por cobrar que eran carísimas, por medio de la operadora telefónica. Para no abandonar mis sesiones de terapia, encontramos como único medio posible el fax: le escribía a mi psicóloga y tenía que esperar una eternidad para leer su devolución del otro lado del océano. Quizás hasta te cause gracia mi relato.

Hoy podemos estar en Arabia Saudita y comunicarnos gratis por Skype con amigos y familiares en la Antártida. Pagamos nuestros impuestos desde la comodidad del hogar. Buscamos pareja en portales de citas. Y hasta hacemos las compras online. Vaya que ha cambiado todo. Ni hablar de las maneras de relacionarnos.

De adolescente tenía más de veinte amigos por correspondencia en distintos lugares del mundo. Era mágico esperar sus cartas manuscritas, llenas de historias y anécdotas de lugares distantes, inaccesibles. Hoy estamos conectados al mundo de manera más económica y sencilla, vía Web. He recuperado amistades de viejas épocas por medio de las redes sociales y nos hemos reencontrado con personas con las que hacía años no nos veíamos.

Ni te imaginas cómo cambió la labor periodística. Empecé trabajando en noticieros con una máquina de escribir, cortando los cables de papel de las agencias noticiosas. Para entrevistar a alguien tenía que buscar información en la hemeroteca, recorriendo viejos diarios. Google no existía, claro. Era más complicado pero tenía su encanto.

¿Y en el amor? Se trataba de esperar que Cupido nos eligiera con su flecha. No había muchas maneras de buscar pareja más que a través de citas a ciegas o las típicas presentaciones de amigos y conocidos. Pero la posibilidad de elegir de verdad, de acuerdo a nuestros propios criterios, llegó de la mano de la tecnología.

Cuando me divorcié en 2004, una amiga que vivía en Estados Unidos me instó a suscribirme a Match.com. En Estados Unidos en ese entonces era un boom buscar un amor online. Ella se enamoró y se casó con un señor que conoció en el sitio. Hoy tienen dos bellos niños.
Cuando contaba que tenía citas en línea hace más de una década, se reían de mí y me acusaban de “desesperada”. Hoy todos los hacen; si buscar el amor es sinónimo de desesperación, bienvenida sea. Las aplicaciones y portales de citas son furor en América Latina. Solo era cuestión de tiempo y de que nos despojáramos de nuestros temores y prejuicios.

Muchos creen que estar hiperconectados nos hace estar incomunicados. No es justo que demonicemos a la tecnología, que tanto resuelve nuestra vida, por nuestras conductas inmaduras, por nuestros conflictos no resueltos, por nuestra desatención a lo que de verdad importa.

Cuando estamos tomando un café con un amigo y nos pasamos mirando el móvil, la culpa no es del teléfono. ¿Qué ocurre en esa conversación? ¿Estamos teniendo un intercambio significativo o solo hablamos trivialidades que nos impiden ver al otro en su real dimensión? Lo mismo aplica a las relaciones familiares, de pareja, etc. ¿Acaso Facebook es el culpable de que un matrimonio no funcione? ¿O será que se le responsabiliza porque esas dos personas no logran entablar un diálogo genuino y constructivo?

Hace años, se culpaba a la televisión de “incomunicar” a las familias; ahora se hace lo propio con Internet. El conflicto no es el medio, está claro. La tecnología ha venido a revolucionar nuestras maneras de ser de vivir y de percibir. Podemos hacer de ella nuestra aliada para comunicarnos, organizarnos y disponer de más tiempo para nuestro ocio. O bien podemos cederle todo el poder y hacer que interfiera en nuestras relaciones, desconectándonos en lugar de conectarnos.

Optimizar la tecnología para nuestro provecho es un triunfo sobre nuestras agendas y calidad de vida. NR

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