Buenos Aires, 26/09/2017, edición Nº 1777

Un film refleja los mitos sobre la comunidad gay

Se estrena el jueves.

Con los últimos días de la presidencia de Alfonsín como telón de fondo, Muerte en Buenos Aires, la ópera prima de Natalia Meta -que se estrena este jueves-, evoca personajes y escándalos reconocibles de la mitología gay porteña. Alejandro Modarelli, autor del libro sobre la historia de la homosexualidad argentina reciente “Fiestas, baños y exilios”, compartió sus impresiones sobre el film.

muerte en Buenos Aires

(CABA) Precedida de una campaña publicitaria llamativamente grande -y extraña- para una ópera prima de estas características, finalmente la película “Muerte en Buenos Aires” llega a cines esta semana con una propuesta que desorienta y seduce por partes iguales: un misterio policial con un elenco de actores famosos que, a la manera de lo que hacía Velvet Goldmine con el glam rock de los 70, deconstruye una época -los 80s de la primavera democrática en Argentina- para crear un rompecabezas minado de referencias pasadas que reverberan en la actualidad (Oyarbide y el caso Spartacus, el crimen Mitre, y hasta la carrera como cantante de covers new wave en español de la Clota Lanzetta).

Infobae vio días atrás la película, debut detrás de cámara de la productora Natalia Meta, junto al reconocido periodista y escritor Alejandro Modarelli, autor del libro definitivo sobre la historia argentina gay reciente (Fiestas, baños y exilios; Editorial Sudamericana), quien habló sobre el acoso a la comunidad homosexual durante los primeros años de la presidencia de Alfonsín, el microfascismo presente en los crímenes contra minorías y el erotismo en el cine local.

-¿Qué le pareció la película?

Diría que lo más interesante es lo que plantea en términos políticos-culturales. Yo no soy crítico de cine, así que no puedo emitir una opinión profesional sobre si una película es mala o buena. Creo que definitivamente es interesante… Me gustó esa intención de contar el presente, o de cómo se llega a este presente, a través de la ubicación de un origen, que en este caso es 1989.

-¿Cómo era ser gay en Argentina en 1989?

Bueno, muy difícil en términos generales, por supuesto. Pero ya en esa época no había razias y persecuciones cómo lo hubo en casi todo la presidencia de Alfonsín. Cuando “Coti” Nosiglia reemplaza como ministro del Interior a Antonio Tróccoli, que era un gran homófobo y decía que los homosexuales eran enfermos, las cosas mejoraron. Era un mundo donde todo estaba más codificado, y vislumbrar la visibilidad mediática y la aceptación que consiguió la comunidad gay en los últimos tiempos era imposible.

-¿Piensa que la película refleja fielmente ese momento?

Creo que no, pero tal vez una evocación mimética no haya sido lo que buscaba la directora. De todas formas, hay un montón de guiños a la época, como las presencias de Humberto Tortonese y Luisa Kuliok, los boliches gays como punto de encuentro policlasista…

-Eso es algo que atraviesa las épocas ¿no? La abolición de la clase a la hora del sexo

Por supuesto. Ya lo decia Marcel Proust en Sodoma y Gomorra: “El embajador se vuelve amante del cochero”. Ese tipo de sexualidad donde las diferencias sociales se acortan o desaparecen. Pero es algo temporario, efímero, porque al final de la noche el embajador vuelve a su Embajada y el cochero a su coche.

-Es pleno auge del sida también. 1989 es el año en que se funda la Fundación Huésped
Sí, absolutamente, una época muy dolorosa. Recuerdo la campaña “Stop Sida” que lanzó la CHA en 1987 en Paladium, que era un Cemento cheto de la época. Cuando nadie quería hablar sobre el tema, la militancia gay salía a dar información y prevenir.

-En la película se sospecha que la víctima, un heredero acaudalado, fue asesinado por un taxi boy. ¿Ese tipo de crímenes eran comunes en la época? Yo los asocio más a los 90s, pero creo que es parte del juego de la película con su cruce de referencias

Sí, yo creo que eso es algo que cobró más notoriedad en los 90s con algunos casos de alto perfil como el de la Clota Lanzetta. Recuerdo que en el 82 hubo una seguidilla de crímenes a homosexuales que finalmente se atribuyeron a un grupo de ultra-derecha católica… Generalmente las muertes en las casas tienen que ver con clase media y clase alta, porque un tipo que no tiene guita no va a contratar a un escort…

¿Te acordás de “Matar a una marica” de Perlongher? Es un ensayo que indaga sobre algo que está presente en la película, que son las características de los crímenes de odio. ¿Cómo son los crímenes de odio siempre?

-Alevosos, gore, exceden el simple deseo de querer matar a una víctima, se la apuñala decenas de veces, parece como si se quisiera matar a una especie en lugar de a una persona. Y el texto aborda justamente el microfascismo que se da dentro de grupos marginales como son los taxi boys. Ellos están escindidos entre esa vida heterosexual, porque siempre están casados, siempre tienen hijos, y el hecho de estar con un hombre. Ese terror a lo que Perlongher llamó “el devenir mujer” genera esa furia.

-El tema de la sexualidad está siempre presente en sus escritos. También en la obra que está por estrenar, Flores sobre el orín.

Sí. La obra es sobre la vida cotidiana de los gays en la última dictadura militar, en la época del auge de los baños públicos. Al no haber discos o, que abrieran y cerraran enseguida porque siempre estaban asediadas por la Policía, buena parte de la sociabilidad gay estaba recreada en los baños públicos de las estaciones de tren, donde se creaban comunidades de paso, nacían relaciones… La historia habla de esta sexualidad clandestina y quise hacer foco además en algo que se llamaba “la brigada de moralidad”, que eran agentes que debían preservar que no vieran conductas inapropiadas en la calle. Si vos estabas vestido de un modo distinto, provocativo digamos, asumían automáticamente que estabas buscando sexo en la vía pública y te metían preso.

-¿Por qué su interés en volver otra vez sobre esa época?

Porque me interesa mucho la historia como genealogía. Por eso creo que mi libro “Fiestas, baños y exilios” tuvo el impacto que tuvo, porque no se había hecho nada de ese estilo. Son muchos los gays que son nostálgicos de esa época y que rechazan la normalización de ahora.

-¿Usted extraña algo de esa clandestinidad?

Bueno, no hay una forma correcta de vivir el deseo, cada uno disfruta como más le gusta. Personalmente, yo siento algo de nostalgia de esa época, sí, porque creo que la sexualidad fue abandonando algo que era muy atractivo, que tenía que ver con la diferencia. Había una forma de vivir la diferencia, previo a lo que fue la explosión del mercado gay y lo políticamente correcto. Para mí esas sexualidades eran verdaderamente populares y democráticas. No democráticas en el sentido de igualitarismo que se vive ahora, sino que podían aparecer cruces de deseo urbano inesperados. Ahora uno ya sabe dónde buscar, es mas reduccionista, y hasta aburrido.

-Igual pese a lo que dice, apoyó la ley de matrimonio igualitario, y hasta estuvo en el acto en la Casa Rosada cuando Cristina la promulgó.

Sí, por supuesto, ¿cómo no iba a ir? Estaba todo el mundo, todo el activismo, amigos de toda una vida… Es algo muy positivo para el colectivo gay, pero yo tengo mis dudas personales sobre si el tema del matrimonio en sí no es un retroceso. A la vez pienso ¿casarte es sumarte a la normalización, o es una forma de desestabilización? A veces creo que los católicos tenían razón y que sí es una desestabilización, lo cual hace entonces que esté a favor, claro.

-Volviendo a la película, hay una apuesta muy clara a lo sensorial, con una estética muy urbana y de trasnoche, una banda sonora con covers muy ingeniosos, y también imágenes muy sensuales. ¿Recuerda alguna otra película argentina reciente tan marcadamente erótica?

Bueno, Vil romance, de José Campusano, es bastante calentante. Tal vez no es tan refinada visualmente, pero donde la mayoria del cine argentino propone una sexualidad y sensibilidad de clase media urbana, Vil romance es tosca y hay mucho fetichismo.

-Bueno, acá hay una objetualización muy explícita del Chino Darín…

Absolutamente. Y además se da un beso fabuloso con Bichir, algo que hace diez años tal vez hubiese sido un gran escandalo pero ahora ya no. Eso es para celebrar.

-Y lo más curioso tal vez sea que la directora es una mujer.

La mirada de la directora podría ser la del personaje de la chica policía, en el medio de un club de varones viendo y absorbiéndolo todo. Y, más importante, dándose cuenta de todo. La mujer a veces sabe que es mejor adoptar una posición pasiva, pero engañarlas es imposible.

Muerte en Buenos Aires, de Natalia Meta, se estrena en cines el jueves 15 de mayo.
Flores sobre el orín, escrita por Alejandro Modarelli, debuta el 17 de mayo en el Teatro Payró.

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