Buenos Aires, 14/12/2017, edición Nº 1856

Un recorrido por los rincones tangueros y otros imanes de Pompeya

El barrio que inspiró a Homero Manzi en más de una ocasión guarda pequeñas joyas de la cultura porteña.

Por Judith Savloff

(CABA) Homero Manzi (1907-51) decía que admiraba a los poetas que fantaseaban porque él tenía que escribir sobre lo real.

“Se cree que la ventana por la que miró el sur existe todavía y está acá”, indica Mariano Pini, guía del Ente de Turismo porteño, y señala el primer piso del ex Colegio Luppi (1897-1927), en el triángulo que forman Tabaré, Esquiú y Manzi (ex Lanza), en Pompeya.

Ahí Manzi estuvo pupilo entre 1920 y 1923, cuando llegó de su Santiago del Estero natal.

La “esquina del herrero, barro y pampa” de Sur (1948) pudo haber sido la de Centenera casi Tabaré, precisa Pini –letrista de tango, además de guía–.”La luz de almacén”, la del llamado La Laguna, que funcionaba al menos desde 1890 en Centenera y Corrales. Y el “paredón“, el de la curtiembre de Centenera al 3300 o Esquiú al 1300, según la fuente que se mire.

Centenera y Tabaré2

La ventanita de Manzi muestra más. Enfrente está el museo del barrio, Manoblanca, que arma el vecino Gregorio Plotnicki desde 1983. La letra del tango que le dio nombre –escrito por Manzi en 1941–, y que trata sobre un “carrerito”, sus caballos y los “ojos” que lo esperan, ahí, en Centenera y Tabaré, aparece enmarcada en un mural, con un carrito de madera incluido. Hay un busto de Manzi dorado. Filetes. Otros homenajes. Y el bar El buzón, que abrió debajo de ex colegio, decorado con otras imágenes de tango.

La esquina de poetas es un rinconcito sencillo y colorido, tal vez el más cálido del barrio, donde la historia se exalta y parece que la siesta no agoniza. Y donde flota la pregunta acerca de si, con la gente de los arrabales bailando en el Riachuelo, habrá sido cuna del tango.

Nuestra Señora del Rosario de Pompeya

Pompeya tiene otros imanes. Sobre la ajetreada Sáenz, se levanta Nuestra Señora del Rosario (1900), uno de los santuarios más populares de la Ciudad, que le dio nombre al barrio. Y donde Augusto Ferrari, padre del artista León Ferrari, crítico feroz de la Iglesia Católica, pintó la bóveda en 1916 y diseñó el claustro una década después. O la Colonia Obrera, una manzana de casas que levantó la asociación católica San Vicente de Paul en 1912 para inmigrantes, con una llamativa torre con reloj.

Aunque ya no se escuchen “los sapos redoblando en la laguna”, Pompeya es aún Barrio de tango (1942). Manzi compuso ésa y otras piezas unos veinte años después de vivir acá. Sin dudas, tiene que ser en su poesía, en la transformación de aquellas memorias, donde cobijó, cobija, lo real.

Posible recorrido:

1) Alta en el cielo. Nuestra Señora del Rosario de Pompeya fue inaugurada en 1900. La iglesia le puso nombre al barrio y es de la más populares en la Ciudad. ¿Parece que va a tocar el cielo? Es que el edificio es de estilo neogótico, y tiene vitrales alemanes y obras de otras influencias. La torre principal muestra un reloj que trajeron desde España en 1923 y, se dice, empezó a funcionar 12 años después, cuando se supo cómo activarlo. El santuario nació con buena estrella. El libro Historias secretas de templos de Buenos Aires (Dirección de Cultos de la Ciudad, 2010), compilado por el historiador Marcos Vanzini, cuenta que las procesiones empezaron enseguida: una mujer, María Luisa Calviño, le pidió a la Virgen que la ayudara a curarse de una enfermedad que no trascendió y le prometió difundir su devoción. En 1902 se hizo la primera procesión, con “más de 5.000 fieles”, muchos de los cuales nunca se habían acercado a esa zona de casitas de chapas, pulperías, criaderos de chanchos y paso obligado a un matadero. ¿Una curiosidad? Desde Turismo de la Ciudad, señalan que éste debe ser el único santuario local que exhibe, en la entrada, un homenaje al tango. A Sur, de Manzi, claro. Sáenz y Esquiú.

2) Esquina de poetas. Es quizás el rinconcito más colorido y cálido del barrio. La esquina de Centenera y Tabaré aparece en el tango Manoblanca (1941), de Homero Manzi. La inmortalizó con la historia de un “carrero que apura su tropilla mientras canta” versos que la nombran, dice el investigador Germinal Nogués en Ciudad Secreta(Sudamericana, 2004). En la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural porteña, explican que ese espacio surgió a comienzos de los ’80, cuando pintaron la letra de Manoblanca y el vecino Gregorio Plotnicki (1937) empezó a formalizar el museo del barrio, que se llama como ese tango. En esa vereda, también hay homenajes a Sebastián Piana, José Dames, Julián Centeya, Astor Piazzolla y Nelly Omar, entre otros.

Centenera y Tabaré 2

3) Como oro. El busto de bronce dedicado a Homero Manzi fue iniciativa de los vecinos de Pompeya, según el investigador Germinal Nogués. Lo realizó Antonio Oriana (1931) y fue emplazado en 1995. Está ubicado en Centenera y Tabaré, a metros del mural con los versos del tango Manoblanca. El autor también creó piezas que representan a Borges, Piazzolla, Alicia Moreau de Justo, Raúl Alfonsín y Ringo Bonavena, entre otros. Esta brilla, como la gente del lugar quería.
4) El museo del barrio. El Manoblanca funciona en una casa de 1925, que la familia Plotnicki compró dos décadas después. Lo creó Gregorio Plotnicki (1937) en agosto de 1983. “Siempre me interesó coleccionar antigüedades y por entonces decidí dedicarme al barrio que tanto me enorgullece y ayudar a difundir su patrimonio, su historia”, cuenta a Clarín. Atesora pinturas, fotos, documentos y objetos del lugar y su gente. Las visitas son con reserva previa al 4918-9448. La entrada, gratis.”¿Por qué hago esto, pregunta? ¡Porque me gusta!”, dice Plotnicki. “Para mí , casi no hay nada más lindo que las visitas escolares”, agrega. En Tabaré 1371.

5) La vuelta del buzón. El bar El Buzón funciona en la construcción original del colegio Luppi (1897-1927). Ahí Homero Manzi fue pupilo entre 1920 y 1923 y se inspiró para escribir tangos clave. Es un bodegón popular, donde se exponen imágenes tangueras y deportivas. El nombre alude al buzón rojo que está en la puerta, hoy. Es que en 1999, cuando ya casi nadie mandaba cartas de papel, se lo habían llevado. Pero era un ícono para los vecinos. Por ejemplo, Gregorio Plotnicki, del museo del barrio Manoblanca, se encontró ahí para la primera salida con su mujer. “Podría decirse que con nueve baldosas sepultaron un buzón y fundamentalmente la memoria de sus habitantes”, cuenta que escribió en ese momento a Clarín y a La Nación. Un mes después lo trajeron de nuevo. ¿Qué comer en el local? Piden mucho milanesas a la napolitana con papas fritas ($ 90), dice Arturo Antón, su dueño. El menú con pan, gaseosa y postre cuesta $ 150. En Esquiú 1393. De lunes a sábado de 7 a 18.

el buzon

Fuente: Clarín

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