Buenos Aires, 21/11/2017, edición Nº 1833

Un recorrido nocturno por el misterioso Palacio Barolo

Una experiencia que condensa muy bien la idea del camino difícil, y en este caso espiralado, del infierno al paraíso.

Por Judith Savloff

(CABA) Oscureció. Pero, en principio, el pasaje del edificio Barolo se percibe igual que de día: imponente (son 7,5 metros de ancho por 13,5 de alto que conectan Avenida de Mayo 1370 con Hipólito Yrigoyen) y elegante (en el piso, delicados diseños geométricos y un poco más arriba, mantos perfectamente estirados de mármoles de Carrara).

“Bienvenidos al infierno”, dispara Tomás Thärigen, guía de esta visita nocturna desde el centro de ese espacio. Y entonces sí, algo empieza a inquietar.

Es que Thärigen, bisnieto de un inquilino y luego propietario de oficinas del Barolo, no sólo recuerda que fue construido entre 1919 y 1923 por encargo del empresario textil Luis Barolo (1869-1922) a su compatriota italiano Mario Palanti (1885-1979), a quien conoció en la fiesta del Centenario de la Revolución de Mayo.

Que combina tradiciones occidentales –el neogótico y su pasión por las alturas– y orientales –las curvas del templo Rajarani Bhubaneshvar, India, siglo XII, inspiraron la cúpula–, con novedades de la época, como el hormigón armado de los rascacielos americanos.

Que fue el más alto de América latina y de la Ciudad hasta 1935, cuando lo desplazó el Kavanagh.
“100 metros de altura, 100 cantos de La Divina Comedia. 22 pisos, 22 estrofas en algunos cantos. 11 balcones, 11 estrofas en otros cantos“, dice el guía.

Esto, las alusiones a la gran obra de Dante Alighieri (1265-1321), al pasaje del purgatorio al paraíso desde el infierno, es central en esta recorrida, porque “en esos espacios Palanti dividió esta construcción”. Y les puso formas.

“Miren las columnas”, retoma Thärigen. Hay que buscar el ángulo y aparecen dragones y serpiertes, fieras escondidas. “Vean hacia abajo”. Esas no son flores sino “círculos de bronce que representan fuego”. Cerca de los ascensores, los cuadrados blancos y negros que ornamentan el suelo evocan “al bien y al mal en otra clave, la de la masonería”.

¿También masonería? No es casual que el historiador de la arquitectura Carlos Hilger haya definido al Barolo como el gran ejemplo local de la “arquitectura esotérica” de principios del siglo XX.

barolo vista

“Hay muchas historias a su alrededor, y misterios. Nosotros nos basamos, sobre todo, en el estudio de Hilger –comenta Miqueas Thärigen, hermano y socio de Tomás en Palacio Barolo Tours–. Pero se cuenta que, como el Dante, Palanti y Barolo eran miembros de una logia, ‘Fede Santa’, vinculada a los Templarios. Y que por eso, y por temor a lo que pudiera pasar con los restos de Alighieri si se desataba una nueva guerra –Palanti venía de pelear en la Primera Mundial y se volvería a apoyar, desde otro lugar, al fascista Benito Mussolini–, decidieron que la obra se inspirara en La Divina Comedia y, llegado el caso, se convirtiera en mausoleo de su autor”.

Su simbología parece infinita. El edificio se levantó sobre la base de “la sección áurea y el número de oro, proporciones de origen sagrado”. Y si la planta baja evoca al infierno, los primeros 14 pisos escenifican el purgatorio y los siguientes, el paraíso. El faro, escribió Hilger, “representa a Dios”. Sus bujías, a los nueve coros angelicales y la rosa mística.

A medida que los 144 escalones de la torre que conducen al enorme faro se angostan hasta que sólo cabe un pie y hay que agacharse cada vez más para no golpearse la cabeza, uno toma aire varias veces, se recupera y se convence: esta experiencia condensa muy bien la idea del camino difícil (y en este caso espiralado) al paraíso. Cala con fuerza, aunque un violinista acompañe, suave, parte de este tramo de la travesía.

Arriba, todo cambia. Los balcones ofrecen panorámicas de sueño. En el camino, es probable sentirse como un punto en el universo, encogido. Acá, posiblemente, se desplieguen los ojos como alas para planear sobre las cúpulas de Avenida de Mayo o sumergirse, como en picada, en el Río de la Plata.

Entre tantas leyendas, hay una que dice que al final de la visita nocturna al Barolo, mientras los participantes toman una copa de vino, el fantasma del Dante, vestido de rojo, recita: “En medio del camino de la vida,/errante me encontré por selva oscura…”

De lo que no caben dudas, es de que el arquitecto Palanti diseñó un edificio capaz de extrañar y maravillar, igual que un inmenso poema.

Palacio Barolo 3

Fuente: Clarín

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