Buenos Aires, 19/10/2017, edición Nº 1800

Un camino por las letras porteñas

Buenos Aires, inmersa por literatura, fue cuna e inspiradora de artistas como Roberto Arlt y Jorge Luis Borges. También ha sabido recibir homenajes de escritores como Oliverio Girondo, Alfonsina Storni y Luis Cané, y ser el escenario de relatos y novelas de Manuel Mujica Láinez, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato y Leopoldo Marechal, entre otros. Una de las formas de conocer el espíritu porteño es lanzarse a descubrir su universo...

Buenos Aires, inmersa por literatura, fue cuna e inspiradora de artistas como Roberto Arlt y Jorge Luis Borges. También ha sabido recibir homenajes de escritores como Oliverio Girondo, Alfonsina Storni y Luis Cané, y ser el escenario de relatos y novelas de Manuel Mujica Láinez, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato y Leopoldo Marechal, entre otros.

Una de las formas de conocer el espíritu porteño es lanzarse a descubrir su universo literario, algo que desde hace un tiempo se encuentra integrado en un recorrido turístico y cultural que puede realizarse en forma autoguiada, siguiendo el denominado «Camino de las letras», que puede verse completo en el sitio web www.bue.gov.ar y del cual aquí destacamos algunos de los principales hitos.

ANTES DE EL PRINCIPITO

La galería Güemes (Florida 165 y San Martín 170) puede ser un buen punto de partida, en pleno centro porteño. Allí, en 1929, vivió el francés Antoine de Saint-Exupéry, que se hospedó en el departamento 605 del 6° piso.

En el mismo escenario se puede conectar con Julio Cortázar, que en «El otro cielo», en «Todos los fuegos el fuego», habla del Pasaje Güemes como un «territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas».

Otro de los itinerarios del autor de «Rayuela» lleva al barrio de Agronomía, esquina Zamudio y Tinogasta. Allí en «Ómnibus», cuento incluido en «Bestiario», puntualiza que por esa intersección «baja Clara taconeando distintamente, saboreando el sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía».

De regreso en el centro, Manuel Mujica Láinez, en «El gran teatro» habla del Colón (Cerrito 618) diciendo que «al avanzar distraídos por uno de los corredores desiertos del Teatro Colón, sabemos, de repente, que no estamos solos». Cerca de allí se puede recordar al autor del soneto «Setenta balcones y ninguna flor», Baldomero Fernández Moreno, que en «Guía caprichosa de Buenos Aires», hablando del Obelisco, pregunta: «¿Dónde tenía la ciudad guardada / esta espada de plata refulgente / desenvainada repentinamente / y a los cielos azules asestada?». En «La cabeza de Goliat», el santafesino Ezequiel Martínez Estrada reflexionó también con su incisivo estilo sobre este mismo mítico monumento porteño hablando de un «moderno trasunto del altar común en la edad de piedra, cuya reminiscencia de un culto fálico ha sido captada por el pueblo bajo, tan propenso a revivir estados arcaicos de la psique».

En el cementerio de la Recoleta (Junín 1760) se cruza el espíritu de Adolfo Bioy Casares. «Al doblar por Vicente López divisó las cúpulas y los ángeles que asoman por arriba del paredón de la Recoleta y con desagrado descubrió que esa noche todas las casas le parecían bóvedas…», escribió en «Diario de la guerra del cerdo».

EL PALERMO DE CARRIEGO

Mucho material surge de Jorge Luis Borges para seguir «leyendo» la ciudad en clave literaria. En «Evaristo Carriego» da cuenta de un Palermo marginal, muy distinto del actual barrio de bares y diseño. En Honduras 3784 vivió y murió Carriego, y hoy funciona el Museo de la Poesía. «En una calle de Palermo cuyo nombre sí quiero acordarme y es la de Honduras, vivió allá por los años enfáticos del Centenario un entrerriano tuberculoso y casi genial que miró al barrio con mirada eternizadora», relató Borges.

Siguiendo a este genial escritor porteño llegamos a Juan de Garay y Luis Sáenz Peña, en el barrio de Constitución, donde «El alba suele sorprenderme en un banco de la plaza Garay», según relató en «El Zahir». En ese mismo barrio dio cuenta del «primer puente de Constitución y a mis pies / fragor de tierras que tejían laberintos de hierro…» en «Mateo XXV», en «El otro, el mismo».

En el barrio de San Nicolás, en la calle Suipacha, no lejos de la esquina de Viamonte (entonces El Temple), estaba la casa de Pedro Salvadores, personaje del cuento de Jorge Luis Borges del mismo nombre, publicado en «Elogio de la sombra».

Retornando al sur porteño, sobre avenida Sáenz y avenida 27 de Febrero, barrio de Nueva Pompeya, Alfonsina Storni dijo: «Vi plegarse tu negro Puente Alsina / como un gran bandoneón y sus compases / danzar tu tango entre haraposas luces».

En Plaza Flores (avenida Rivadavia y General Artigas) puede recordarse a Luis Cané. «El que tenga el corazón / gastado en falsos amores / búsquese una novia en Flores / y hallará su salvación», prometió en su obra «Mal estudiante». Allí mismo Oliverio Girondo observó que «Las chicas de Flores tienen los ojos dulces como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino», en «Veinte poemas para ser leídos en el tranvía».

«Sobre héroes y tumbas», de Ernesto Sabato, transcurre también en Buenos Aires, con múltiples escenarios, entre ellos el Parque Lezama y la iglesia Nuestra Señora del Rosario (Defensa 422).

ADÁN BUENOSAYRES

A Leopoldo Marechal se lo encuentra en las calles porteñas de Villa Crespo leyendo su «Adán Buenosayres»: «Pero refrena tu lirismo, encabritado lector, y descolgándote de la región excelsa en que te puso mi estilográfica desciende conmigo al barrio de Villa Crespo, frente al número 303 de la calle Monte Egmont: allá, barriendo a grandes trazos la vereda, Irma gritaba los versos iniciales de El Pañuelito (…) Bien sé yo que si trepando la escalera del número 303 se hubiesen asomado todos ellos a la habitación de Adán Buenosayres, la presencia del héroe dormido les habría inspirado un generoso silencio, máxime si hubieran sabido que Adán, vuelto de espaldas al nuevo día, desertor de la ciudad violenta, prófugo de la luz, al dormir se olvidaba de sí mismo y olvidándose curaba sus lastimaduras; porque nuestro personaje ya está herido de muerte, y su agonía es la hebra sutil que irá hilvanando los episodios de mi novela».

(Fuente: Ambito Financiero )

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