Trump, entre Laclau y Durán Barba

Trump, entre Laclau y Durán Barba

(CABA) Con gran sorpresa para analistas políticos, medios de comunicación y encuestadores, Donald Trump se impuso en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. ¿Cuáles fueron las claves de su victoria? Mi hipótesis es que Trump ganó la elección porque se convirtió en el representante de demandas populares insatisfechas y porque nunca se presentó como un político tradicional. En pocas palabras, ganó porque aplicó una dosis justa de las lecciones de Ernesto Laclau y Jaime Durán Barba.

Si lo analizamos desde la óptica de Ernesto Laclau, Donald Trump es, como líder, el emergente de demandas sociales insatisfechas en la realidad norteamericana. Su rendimiento fue mejor en los lugares en los que los puestos de trabajo están en mayor riesgo de cara al futuro, tanto por causa de la incorporación de tecnología a los trabajos como por su desplazamiento a otros países. Estos son los “forgotten Americans” a los que apeló en su campaña, que denunciaba que estaban siendo dejados de lado e invisibilizados por la propuesta demócrata.

Estamos lejos de saber si esta explicación de corte económico es la preponderante, o si los aspectos más culturales de su propuesta, relacionados con la posición de Estados Unidos ante el mundo, la inmigración y las criticas al multiculturalismo, fueron los que terminaron inclinando la balanza a su favor. Pero lo que es indudable es que Trump logró erigirse como el representante de una serie de demandas sociales que son reales y que no estaban presentes en la cotidianidad de la discusión política y mediática norteamericana.

Pero no creo que un buen análisis pueda prescindir del dato de que Trump surge por afuera de la política norteamericana no sólo en comparación con los demócratas que gobernaron el país los últimos ocho años, sino también respecto de las máximas figuras de su propio partido, de la opinión preponderante de los especialistas y de la amplia mayoría de medios de comunicación. Esto se relaciona directamente con un punto débil de la campaña de Hillary Clinton y que parecería ser estructural en este siglo: la cada vez mayor dificultad que tienen políticos tradicionales de generar apoyos para sus candidaturas. Para ponerlo en términos más simples, y como suele decir Jaime Durán Barba, a la gente no le gustan los políticos. Otra cosa que no termina de dar resultado es construir una campaña sobre las consecuencias negativas de una victoria del adversario y no sobre una visión de futuro convocante.

Este fenómeno es transversal a muchos países y se encuentra presente en cada vez más elecciones y sistemas democráticos. No creo que sea casualidad que a las otras “sorpresas electorales” de este año, como el Brexit o el “no” en Colombia, también las haya acompañado una participación menor en las urnas que la esperada. En este sentido, el resultado en Estados Unidos es un indicio de una tendencia general: a los modos tradicionales de hacer política y a los modos históricos de la democracia les cuesta cada vez más movilizar y comprometer a la ciudadanía. A los “outsiders” les es más sencillo liderar las demandas sociales insatisfechas que antes tan naturalmente se encauzaban en el sistema. Y los sistemas políticos tradicionales deben oxigenarse y vivificarse para volver a ganar la confianza de los electores. En medio de tanta incertidumbre, una cosa parece segura: en un mundo que cambia a pasos agigantados, las propuestas electorales, si quieren ser exitosas, también tienen que cambiar.

POR IVAN PETRELLA
secretario de Integración Federal y Cooperación Internacional del Ministerio de Cultura

S.C.