Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Tendencia que crece: cada vez más jóvenes eligen jugar al fútbol mixto

En la cancha, varones y mujeres compiten a la par. Son grupos de amigos que eligen jugar partidos como una alternativa más de diversión.

Por Verónica Dema

(CABA) Tiene la pelota Nazareno. Gambetea, se la pasa a Violeta, conocida como “la flaca”, que ya corre hacia el arco, pero la traba Romi, que recupera el balón y le da un pase a un compañero que le reclama por la izquierda. “Estoy, pasala”. Y la pelota va hacia él. Avanza hasta que lo corta Javi, que la recupera y corre otra vez hacia el arco contrario, vuelve a encontrarse con Naza, que dispara al arco, levemente por encima del travesaño. La arquera respira aliviada, sonríe al delantero del equipo contrario. Y pone a girar de nuevo la pelota.

Con esta jugada empieza a entrar en calor este equipo de fútbol de chicas y chicos este miércoles friísimo por la noche en una cancha de fútbol 5 en Villa Crespo. Este grupo de amigos juega al fútbol quitándole a este deporte la potestad masculina predominante en el imaginario argentino y apartándose, también, de la posibilidad de su versión femenina. Mezclados, entre varones y mujeres proponen, como un momento de práctica deportiva y de diversión grupal.

En el complejo deportivo donde juegan calculan que desde el último año y medio el 25 o 30 por ciento de quienes alquilan son mujeres que participan en equipos mixtos. No sólo aquí se ve este crecimiento. Un partido que incluya varones y mujeres en ambos equipos también puede encontrarse un domingo cualquiera en plaza Las Heras, de Palermo. E incluso la iniciativa prendió tanto que ya hay torneos entre equipos mixtos: Buenos Aires Fútbol Amigos (BAFA) se ocupa de organizarlos.

Nazareno Brega, “Naza” para todos sus compañeros, es fanático de jugar al fútbol. Tiene más de 30 años y desde chico participó en los baby fútbol; a los 13 decidió que no jugaría profesionalmente pero también supo que ese deporte lo acompañaría siempre. Juega con amigos, con conocidos, con colegas, se anota toda vez que puede en los picaditos en que lo convocan. Puede terminar de jugar un partido en Capital a las 20 y estar listo para otro a las 21 en Banfield, la cuna del fútbol para él. Llegó a decir que si por él fuera jugaría cinco partidos por semana.

Más allá de los partidos que se van armando, hay uno que es sagrado, el de los miércoles, un equipo que él organizó con amigos y amigas hace diez años, una excusa para divertirse en la cancha y luego salir a comer algo; a veces, a comer y luego a tomar unos tragos. “En 2003 nos hicimos amigos porque todos teníamos blogs, como casi todo el mundo. Íbamos a recitales, a tomar algo, hablábamos mucho de fútbol. Un día alguien dijo: ¿Por qué no jugamos al fútbol? Y empezamos acá”. Nazareno señala hacia una de las canchas de Serrano corner donde son habitués.

A unas quince cuadras de ahí, también un miércoles, Natalia Berninzoni espera a que se arme su equipo en una cancha en Palermo. Está en la lista de suplentes “del equipo de Naza” y también juega fútbol femenino y mixto en “Evita capitana”. Algunas veces, se anima a los torneos mixtos de BAFA. Las uñas pintadas de rojo, shorts, rodilleras, canilleras y botines. Está sentada a la mesa del bar hasta que suene el silbato del barman, que avisa el cambio de turno. Atiende una llamada por celular y aclara que no estará disponible por la próxima hora. “Juego”, dice. Y termina la comunicación. Hace unos cinco años que cambió el hockey por el fútbol. “Empecé con un grupo de chicos y chicas del trabajo. Estuvo bueno porque era como ir al after office pero mejor”, dice. Cuenta que antes no se le había ocurrido jugar pero que ahora le parece lo más natural del mundo. “Soy hija única y mi papá me empezó a llevar a la cancha de chica porque no tenía el nene”, enfatiza el masculino. “Vengo un poco moldeada por eso”.

Entonces llega Pilar Vilas quien, aunque por su apellido se piense en tenis, lo suyo también es el fútbol, como para Nati. Nati, Pili, Lu.siempre los diminutivos dando cuenta de la familiaridad del equipo. Pili nació al fútbol hace dos años, con un grupo de amigos en Núñez. “Se aprenden muchas cosas en los mixtos”, dice.

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-¿Qué cosas?
-Y…el hombre juega mucho más rápido. Juega desde los cinco años. Lo llevan adentro. Son inteligentes al momento de patear, pero eso es porque nacieron con una pelota.

Aparece Maite Amador. Saluda. Se va armando el equipo. “Estoy rebaja máquina. Me acaban de sacar una muela“. Entonces, Pili: “Sí, se te ve muy pálida”. Lo que más resalta en ella es el delineado de sus ojos. “¿Viste?”, dice Natalia. “Pero viene igual. Hay una cuestión del compromiso que está re buena”.

-¿Se forman parejas?
-(Pilar) Siempre que hay roce se puede formar una pareja. Y te quedás tomando una birra y puede pasar. Por ahí se genera, sí. En los equipos que son sólo de chicas también se arman parejas, es muy común.

-(Natalia) Yo estoy de suplente en otro grupo y ahí hay varias parejitas. A mí me pasaba que la novia de uno que trabajaba conmigo siempre me pegaba, porque capaz que pensaba que había algo, por celos, yo qué sé. Pero ella siempre me pegaba.

Es domingo y Anne Marie van Beusekom, remera blanca, pantalón azul de jogging, está en el lateral derecho de la cancha de Goles y gambetas, en Palermo. Es guatemalteca, estudió marketing deportivo y DT de fútbol. Hace ocho años que vive en la Argentina y se dedica a organizar partidos amistosos y torneos de fin de semana en BAFA. La idea se les ocurrió hace seis años a Mike y David, dos extranjeros que vivían en Buenos Aires y añoraban jugar al fútbol. Empezaron a preguntarles a los pocos conocidos que tenían si se sumaban a participar en un equipo y así, entre amigos de amigos, llegaron a formar dos equipos. La mayoría eran extranjeros. Jugaban un partido por semana entre varones. Pero se fueron uniendo más y más, se multiplicaron los partidos hasta que hoy, con Anne a cargo, se juegan 25 partidos por semana; de ellos, el 20 por ciento son mixtos. Unas 5600 personas ya pasaron por estos torneos, una de ellas es Natalia.

Anne sale unos minutos de la cancha para conversar. La reemplaza una compañera y amiga guatemalteca, Lili. De shorts blancos, piernas larguísimas, botines, manos sin guantes, se ofrece a ir al arco. Ataja disparos en los que la pelota llega veloz y dando infinitas vueltas. “Al principio se veían más chicas extranjeras que argentinas, porque en otros países está instalada la costumbre de jugar fútbol y con chicos”, dice. Ella es uno de esos casos: en Guatemala es muy común que las mujeres jueguen a la pelota incluso desde el colegio.

“Hace como tres años lanzamos oficialmente el mixto porque vimos que había muchas argentinas también con ganas de jugar. Esto se está volviendo cada vez más grande”. Varones sin prejuicios y con un nivel no tan profesional, encuentran en el juego con mujeres la mejor opción para divertirse.

En las canchas en las que juegan este domingo, en Soler 3231, hay un bar en la entrada. Nada muy sofisticado: un barman que sirve cervezas y un televisor de 32 pulgadas que siempre reproduce un cuadrilátero verde. Lo demás, son las voces en distintos idiomas de quienes están aquí por el placer de jugar al fútbol.

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En el equipo de Nazareno una de las históricas es Romi. Romi es Romina Auerhan. “Ella tiene fuerza y se la banca. Cuando va al arco, sé que le puedo pegar fuerte a la pelota porque ataja mejor que la mayoría de los chicos”. Así la había presentado Naza. Cuando se le preguntó acerca de si hay algo especial a tener en cuenta para jugar con mujeres, había dicho: “Nada especial en la mujer ni en el hombre. Me pasó de jugar con una chica que vino y nos pegó un baile tremendo a todos. Lo único que tengo presente para los equipos es el equilibrio: que no haya todos delanteros, que en lo posible haya mitad varones y mitad mujeres, que al de estructura física más chica, sea varón o mujer, no hay que irle con todo porque es una cuestión de fuerza, esas cosas”.

Romi vuelve de cambiarse: luce su infaltable camiseta de Atlanta, amor heredado de su padre, medias hasta la rodilla, botines, canilleras. El pelo largo recogido en una cola. “¿Si me ven machona? ¿Me gritan cosas? No, no creo; siempre jugué con amigos, fue en plan de divertirnos entre todos. Me acuerdo que en el primario había una hora de patio en la que jugábamos al fútbol y también nos juntábamos los sábados. Jugábamos todos, nadie martirizaba a nadie y siempre fue natural para mí de chica. Después dejé hasta ahora; hace unos años retomé”, relata.

La idea de que el fútbol debería promoverse tanto para chicas como para chicos desde pequeños surge como propuesta entre quienes disfrutan de este deporte. “Cuando somos chicos es más fácil integrarnos a todos, porque incluso tenemos la misma fuerza que las chicas”, dice Nazareno, que no se explica cómo aún no prosperan las escuelas infantiles de fútbol mixtas.

-¿Hay alguna regla especial para la buena convivencia?
-(Natalia): Cada tanto hay una charla cuando se lesiona alguna. Pedimos bajar un poco. Pero bueno, yo me esguincé mucho más jugando al jockey. Ahora justo estuve dos semanas sin venir por una patada en el tobillo. Me re dolía, no podía pisar. Siempre es más habitual que te haga daño alguien que no tiene experiencia que el que juega siempre; el que juega bien es raro que te lastime.

En los partidos casi no se ven faltas fuertes. Cuando alguien roza a otro en general pide disculpas, terminan riendo, abrazados. Hay más camaradería que competencia. “Lo que sí a mí el arco me da un mieeeeedo”, dice Maite. “A los pelotazos no me los banco”. Pili agrega: “Eso es bien de minita”. Y se ríen juntas. Nati, a quien tampoco le gusta el arco, procura una explicación más seria desde su punto de vista: “No siento que tenga la mano fuerte, nada que ver con las piernas. Entonces la pelota me resulta muy agresiva”.

Natalia aclara que no es que se achique, es realmente falta de fuerza. Para despejar dudas dice: “Para jugar al fútbol hay que poner el cuerpo, ser valiente, si esa es la palabra. Con todas las mujeres con las que jugué lo que encuentro en común es que, aunque sean minas muy distintas entre sí, todas tienen mucho carácter. Lo veo afuera y adentro de la cancha. A la que no tiene carácter no me la puedo imaginar jugando al fútbol, porque los demás se la comen cruda”.

Cuando terminan de jugar al fútbol algunos se quedan al asado que se sirve después de los campeonatos. Este domingo, alrededor de las 21 se comparte la esperada carne a la parrilla: 90 nacionalidades ya degustaron estos banquetes de BAFA después de hacerle honor al deporte más popular de la Argentina.

Ahora en la cancha hay peruano, venezolano, guatemalteca, argentino, ecuatoriano, inglés, danés e israelí”, enumera Anne desde la silla de suplentes de este partido que tiene a tres mujeres y siete chicos en el campo de juego. Señala a Juan Pablo, un argentino recién llegado de luna de miel de Nueva York. “Se casó con una chica norteamericana que conoció acá jugando al fútbol”, dice orgullosa de que ese sitio sea, también, un espacio para el amor.

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Fuente: La Nación

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