Buenos Aires, 23/09/2017, edición Nº 1774

Solidarias: tejen para dar abrigo a los que más lo necesitan

Un grupo de mujeres del Centro Integral de Adultos Mayores de AMIA confecciona mantas para personas en situación de calle.

(CABA) Es martes por la tarde y, en la calle, un viento helado hace tiritar. En el primer piso de Uriburu 650, en Once, la charla y las risas no disminuyen la concentración: aguja en mano, junto a una larga mesa cubierta por cuadraditos de lana y ovillos multicolores, un grupo de mujeres de entre 63 y 92 años se entregan a una labor que conocen en detalle.

De jóvenes, aprendieron los secretos del tejido a la perfección, y a lo largo de sus vidas confeccionaron decenas de prendas para sus familiares. Sin embargo, desde hace cuatro inviernos, son otros los destinatarios de sus creaciones. Los martes y en los tiempos libres entre las actividades que realizan en el Centro Integral Para Adultos Mayores (CIAM) “Jofesh” de AMIA, tejen mantas y ropa de invierno que donan a distintas instituciones: desde hogares y jardines de infantes para chicos de sectores vulnerables, hasta el ropero comunitario de AMIA, con el que colaboran actualmente. El objetivo es brindar abrigo a quienes más lo necesitan.

“Todo lo que hacemos acá es con un amor enorme”, afirma Sara Gutenmajer, de 88 años. “A veces a uno le duele un poquito el brazo o la espalda? ¡Tejemos tanto que nos sentimos como Penélope, que no terminamos más!”, confiesa. Y completa: “Pero pensar en quienes van a recibir estos abrigos, hace que todo valga la pena”.

Liliana Gerkovich, coordinadora adjunta del CIAM, explica que el proyecto de las tejedoras solidarias nació casi de casualidad: “Empezó hace cuatro años, cuando la profesora del taller de tejido, que era voluntaria en un hogar de niños de Dock Sud, dijo que los chicos necesitaban ropa de lana”, cuenta. “Este año, se eligió hacer mantas con cuadraditos para el ropero comunitario y para un jardín de infantes”. Según Gerkovich, “las ganas de colaborar movilizaron no solamente a quienes les gusta tejer, sino a un montón de personas que no pueden hacerlo por problemas motrices o no saben cómo, y ayudan desde otro lugar: como en colectas o yendo a comprar los materiales.” Un ejemplo de esta situación es el de Rita Lupka, de 71 años. Cuando sus hijos crecieron, dejó de tejer. Sin embargo, al enterarse del grupo no dudó en sumarse: “No tejiendo, porque la artrosis ya no me deja, pero ayudando a devanar o deshacer nudos, o colaborando con donaciones para comprar las lanas. Me siento útil con lo que hago acá”.

Elena Axcebrud, de 84 años, recuerda: “Siempre tejí para mi esposo y mis tres hijos, hasta que un día dije «basta, no tejo más», porque ellos preferían comprarse otras cosas. Cuando supe del grupo decidí participar y me comprometo mucho con lo que hago”.

Sentada a su lado, Raquel Osonvski, de 86, explica que la labor de las tejedoras involucra a cada vez más personas: “¡Cuando mi hija se enteró de que hacíamos este trabajo, ella también tejió una manta para ayudar!”. Sonia Schujer, de 92, es la mayor del grupo y coincide con Raquel en que ver sus creaciones terminadas les provoca una gran emoción: “Pensamos en esa persona que no conocemos y que lo va a recibir”.

Para estas mujeres, las horas del martes están entre las más esperadas de la semana: además de disfrutar de la buena compañía, el tejido las conecta con emociones y recuerdos. A sus 79 años, Cachi Spagat es, según sus compañeras, la maga que hace encajar cada pieza: como en un rompecabezas, une los cuadraditos para darle forma a las mantas.

Graciela Grisovsky, de 63 años, y que sólo tiene visión en uno de sus ojos, recuerda como si fuera ayer su primer tejido: fue a los siete, cuando le hizo una bufanda de color verde oscuro a su abuelo. Ahora, mientras hace un cuadradito al crochet, admite: “Muchos me preguntan si con mi problema de vista puedo tejer, pero lo cierto es que mientras Dios me dé este ojito la aguja va a seguir funcionando”.

Las tejedoras solidarias agradecen a quienes puedan donar agujas y lanas de todo tipo. Para colaborar, llamar al (011) 4959- 8815 o acercarse a Uriburu 650 1º, de lunes a viernes, de 10 a 17.

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