Buenos Aires, 13/12/2017, edición Nº 1855

“Slow” un estilo de vida acorde al ritmo de la naturaleza

El movimiento Slow, nacido a mediados de los ’80, nació en respuesta a la vida agitada de las grandes ciudades, y busca establecer una forma de vida eco-friendly y saludable. (CABA) La vida acelerada, con todas las horas copadas por alguna actividad sin apenas minutos para hacer un paréntesis, es la norma en las sociedades occidentales, sobre todo en las grandes urbes. El mantra tan de moda de hacer más...

El movimiento Slow, nacido a mediados de los ’80, nació en respuesta a la vida agitada de las grandes ciudades, y busca establecer una forma de vida eco-friendly y saludable.

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(CABA) La vida acelerada, con todas las horas copadas por alguna actividad sin apenas minutos para hacer un paréntesis, es la norma en las sociedades occidentales, sobre todo en las grandes urbes. El mantra tan de moda de hacer más con menos, en cuestión de tiempo, significa hacer todo más rápido.

Frente a la celeridad, el ‘movimiento Slow’ (lento), se abre sin prisa pero sin pausa un hueco como filosofía de vida que, en resumen, aboga por relajar el ritmo, dejar de mirar el reloj y disfrutar de lo que se hace en cada momento. Desde comer, observar un paisaje o leer, hasta el sexo. Aunque este concepto se ha ido ampliando y tiene mucho que ver con respetar el medio ambiente, la producción artesanal y el consumo responsable y sostenible. En definitiva, dejar que la Tierra imponga sus tiempos, porque lo contrario es inviable a largo plazo. También el planeta necesita que levantemos el pie del acelerador.

El informe ‘Planeta vivo 2012’ del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, en sus siglas en inglés) advierte que la Tierra tarda un año y medio en regenerar los recursos que la población mundial consume en doce meses. Más aún, el texto alerta de la aceleración en el gasto de esos recursos en las últimas décadas: entre 1970 y 2008 la biodiversidad se ha reducido un 30%. Esta preocupación también ha sido asumida por el movimiento ‘Slow’ que defiende sistemas de producción y consumo sostenibles, con una apuesta por el comercio local y de cercanía (que ahorra CO2 a la atmósfera en transportes) y la creación de artículos duraderos alejados de la cultura de usar y tirar.

Esta filosofía de la lentitud surgió cuando una cadena de comida rápida abrió un local en la Plaza de España en Roma. Un hecho que sirvió de revulsivo a Carlo Pretini que, en 1986, creó una asociación para defender una buena alimentación, algo más que comer para vivir, sino un placer desde el sabor hasta la conversación pausada que propicia sentarse en grupo a la mesa. Nació Slow Food, que en poco tiempo se interesó además por la supervivencia del planeta y la utilización de materias primas respetuosas con el medio ambiente, de productores locales, de temporada y para elaborar recetas tradicionales.

“Hay tres pilares: que los alimentos sean buenos organolépticamente, con todas sus propiedades nutritivas y de sabor; limpios, que respeten el medio ambiente, aunque no necesariamente los que conocemos como ecológicos; y justos, que los productores estén bien pagados”, detalla Leticia González, secretaria de Slow Food . “Esto es alcanzable si tienes una red de productores cercanos que interaccionen contigo”, apostilla Germán Berlanas, cocinero y también miembro de Slow Food Madrid.

En este sentido, los restaurantes lentos están muy relacionados con los alimentos kilómetro cero, que evitan que recorran grandes trayectos desde el origen a la mesa, debido a la compra de cercanía. Esto significa menos emisiones de CO2 en la atmósfera. Pero esto no siempre es posible. “Los alimentos dentro de esta categoría tienen que haber recorrido menos de 50 kilómetros, pero eso en grandes ciudades como Madrid es imposible”, afirma González.

“El concepto también incluye que el servicio de sala en estos locales es pausado, que no lento, e incitan a la sobremesa. Todo lo contrario a la comida rápida”, explica Berlanas. La existencia de este tipo de atención y menú todavía es, pese al largo recorrido del movimiento, minoritaria, según reconoce el cocinero. “A veces tienes que hacer una labor pedagógica”, apunta.

De la comida lenta al todo lento
Desde la creación de la organización Slow Food a mediados de los ochenta en Italia, esta no solo se ha expandido a 122 países, en los que cuentan con más de 100.000 asociados. Sino que ha sido la semilla de una reivindicación por una vida más pausada y sostenible que ha impregnados otros aspectos de la vida, además de la alimentación. La educación, el sexo, el concepto de ciudad o la moda se han subido al caracol emblema del movimiento y han adaptado sus principios a su propia actividad.

En lo que a la moda se refiere, el apellido “lento” tiene que ver con la sostenibilidad, es decir, ropa fabricada con materiales naturales, ecológicos, sin tintes, pesticidas o procesos de producción dañinos con el medio ambiente. “Que no haya generado apenas impacto o que este sea asumible por la naturaleza”, explica Gema Gómez, de Slow Fashion Spain, organización que imparte formación sobre este movimiento entre los diseñadores. Pero también está relacionado con que las empresas sean viables económicamente y socialmente éticas, que respeten los derechos humanos y laborales de sus proveedores y empleados.

Más aun, “el concepto aplicado a la moda también tiene que ver con la atemporalidad de las prendas, que no haya que cambiarlas cada año. Para ello, además tienen que ser de mucha calidad. Duraderas”, añade Gómez. Pero todavía son pocos los que cumplen los parámetros para ser considerados lentos. “El proceso va despacio”, ironiza la presidenta de Slow Fashion Spain que espera que el lanzamiento de un directorio de marcas lentas el próximo noviembre impulse la expansión en España del movimiento entre creadores y compradores.

Svitlana Gromik, de 34 años, se dedica a la costura desde los 18, pero fue en 2010 cuando conoció la técnica del fieltro y su carrera dio un giro. El año pasado creó su propia marca, Fancy Sheep, cuyas prendas están fabricadas con lana, material que trabaja artesanalmente en un proceso muy lento de tratado. “Solo utilizo mis manos, agua y tintes naturales. Y algo de electricidad para calentar el agua”, apostilla. Su colección es totalmente slow. La ropa no solo está hecha de manera respetuosa con el medio ambiente, sino que además, “son muy resistentes y duran mucho”, afirma Gromik. Si la gente no tiene que renovar su armario porque su ropa dura mucho, ¿eso no evita que pueda vender más cada año? La diseñadora ríe al otro lado del teléfono: “Por supuesto que este concepto va un poco contra el negocio”.

Otras aplicaciones de la filosofía, sin embargo, nada tienen que ver con el negocio o la compra venta de bienes y servicios lentos. Es el caso del sexo. “El ‘Slow Sex’ no es necesariamente lento, sino a un ritmo que provoque la sensación más placentera para ambos en una pareja”, explica por correo electrónico Joanna Van Vleck, presidenta de la organización OneTaste, creada en san Francisco en 2001 y que imparte formación para la práctica del sexo lento.

“Muchas veces en la vida solo nos centramos en conseguir objetivos. En el sexo, la meta es generalmente el orgasmo. Pero durante el sexo lento, las personas se centran en cada momento. No hay gol. Y la relación termina cuando uno de los dos se siente realizado. Podría ser en cinco minutos, una hora, o dos horas”, continúa Van Vleck. “Cuando uno se centra en la sensación en lugar de clímax, tiene sensaciones más ricas y profundas. De conexión. Cualquier persona, de cualquier generación, género u orientación sexual pueden practicar el sexo lento”, zanja la experta.

Pero este modo de practicar sexo no solo consigue este efecto de mayor sensación, según Van Vleck. También sirve para “detener el parloteo del cerebro y sentir el propio cuerpo”.

Fuente consultada: El País

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