Buenos Aires, 16/12/2017, edición Nº 1858

Síndrome del ermitaño: la enfermedad de los jóvenes con sus padres ausentes

Se llama “Síndrome por autoencierro”, afecta a jóvenes entre los 13 y 20 años y los lleva al aislamiento del círculo familiar y social. El síndrome se hace evidente en las grandes metrópolis donde el ritmo vertiginoso donde el aislamiento social y la falta de comunicación son moneda corriente. Encerrarse ¿una defensa contra la violencia del mundo actual? (CABA) Los síndromes son expresiones de un tiempo real que nos toca...

Se llama “Síndrome por autoencierro”, afecta a jóvenes entre los 13 y 20 años y los lleva al aislamiento del círculo familiar y social. El síndrome se hace evidente en las grandes metrópolis donde el ritmo vertiginoso donde el aislamiento social y la falta de comunicación son moneda corriente. Encerrarse ¿una defensa contra la violencia del mundo actual?

hikikomor

(CABA) Los síndromes son expresiones de un tiempo real que nos toca vivir. Expresan un quiebre, una fisura que se origina por conductas y hábitos de la vida cotidiana.

Y este es un tiempo histórico difícil para algunos jóvenes entre los 13 y 20 años criados en una sociedad signada por la velocidad y la inmediatez. Muchos de ellos, hijos de padres apurados y con poco tiempo de calidad para dedicarle a su familia. Este síndrome amenaza a jóvenes sobreexigidos y tecno-adictos.

El caso argentino de esta patología tiene voz propia porque fue la psicoanalista Sonia Almada quien bautizó en la Argentina al “Síndrome por “autoencierro”. Se trata de un síndrome emocional- psicológico que lleva a un joven a autoencerrarse y aislarse de su propio círculo familiar y de su vida social. ¿Por qué? Porque no tiene las herramientas psíquicas ni emocionales suficientes para encarar todas las tareas y exigencias a las cuales es sometido.

“Los jóvenes que sufren este síndrome son en su mayoría hijos primogénitos entre los 13 y 20 años; son los que yo llamo “hijos de la orfandad”. Son hijos de un tiempo en donde se han redefinido las funciones de cuidado y de protección de los padres. Hoy, los padres en muchos casos están más dedicados a sí mismos y a sus propias exigencias cotidianas, y no tienen, ni dedican el tiempo suficiente a la crianza de los hijos. Son padres NO disponibles para sus hijos. Es diagnosticado en gran medida en jóvenes varones, primogénitos que han sufrido la sobreexigencia de sus padres”, explica la licenciada Sonia Almada, psicoanalista, directora y fundadora de Ar-alma, Centro de investigación y formación en psicoanálisis.

Almada bautizó y estudió este síndrome con una mirada local-regional, diferenciándose en la mirada teórica y terapéutica del originario en Japón, conocido como Hikikomori.

El origen en japón

El síndrome tiene su origen en Japón donde se lo conoce con el nombre de síndrome Hikikomori o de reclusión y en la actualidad azota a más de 2 millones de jóvenes japoneses.

Señala a aquellos jóvenes que deciden recluirse en su casa terminando por encerrarse en su habitación por largos periodos de tiempo, que pueden llegar a extenderse, hasta los dos años o más.

Este síndrome en la Argentina empezó a ser diagnosticado con más precisión y aumentó el número de casos a partir del 2001. Y es por eso que los especialistas lo relacionan con los “efectos” que dejó sobre las familias argentinas la aguda crisis económica que atravesó a la Argentina.

“La crisis del 2001 algo ha tenido que ver en el crecimiento de este síndrome . Si bien no hay estadísticas firmes en la Argentina, la mayoría de los casos diagnosticados crecieron en cantidad a partir de esa fecha. Aún hay confusión sobre su diagnóstico porque recién se están formando los profesionales especializados en la detección y tratamiento del síndrome. Por lo tanto, algunos todavía lo pueden confundir con una fobia o ansiedad social donde aparece el temor a ser evaluado negativamente por los demás y genera síntomas como sudoración, palpitaciones, ruboración, sensación de falta de aire, etc. Pero la diferencia es importante, ya que quien padece el “síndrome por autoencierro” (al decir de la Lic. Almada) no quiere saber nada con el mundo que le toca vivir; a diferencia de quienes tienen ansiedad social que quieren ser parte, pero no pueden”, refuerza la Lic. Patricia Gubbay de Hanono, Directora de Hémera Centro de Estudios del estrés y la ansiedad.

“En el caso de Japón los altos números que alcanzaron los pacientes con Hikikomori demuestra una sociedad muy exigente y competitiva. Donde la era hipertecnológica en la que vivimos juega un factor determinante y atraviesa a quienes sufren este síndrome”, comenta la Lic Gubbay de Hanono.

“Hoy en día 2 millones de japoneses sufren de éste síndrome. La edad de éstos jóvenes ronda entre los 17 y los 30 años en su mayoría varones. Todos ellos comparten la misma conducta de encerrarse por largos períodos de tiempo. La habitación termina siendo como una cárcel, pero en este caso es autoimpuesta y no participan de las normas sociales establecidas”, dice Gubbay de Hanono.

Almada es precisa en diferenciar el abordaje teórico y la terapéutica del Síndrome por autoencierro en la Argentina y América Latina y el Hikikomiori de Japón:

“Me separo del abordaje oriental en donde el joven Hikikomori es considerado un síndrome de índole social. El tratamiento sugerido es que el joven se reestablezca sólo a la sociedad. En la actualidad construyeron unos hogares adonde se traslada a los jóvenes Hikikomori – el síndrome afecta a más de 1 millón de japoneses- y a cada uno se le asigna un “hermano” para atenderlo, una especie de acompañante terapéutico. Pero al joven se lo sigue manteniendo encerrado , nada más que fuera de su casa”, refuerza Almada.

“En Argentina y América Latina el enfoque terapéutico es que se trata de un síndrome emocional y psicológico. La contribución teórica más eficaz es encararla con el propio grupo familiar; primero trabajando con el joven en su encierro y en paralelo con la familia. Y luego – y será muy a disgusto al comienzo- integrar al joven a la terapia familiar. Este joven está muy enojado con sus padres!”, resalta la Licenciada Almada.

Gubbay de Hanono agrega: “En Japón los especialistas acuerdan en que se debe mantener el contacto con ellos sin obligarlos a salir del encierro. En Occidente tenemos la idea de que se debe evitar este tipo de comportamientos, y recurrir rápidamente a la ayuda psicológica. Muchas veces se decide la hospitalización del paciente combinado con un tratamiento psicológico que lo ayude a hacerle frente a los problemas”.

Claves para detectarlo

Para trazar un pintura general, estos jóvenes, duermen durante el día y durante la noche ven televisión, miran películas, escuchan música, y juegan con video-juegos. En casos muy extremos, pueden quedarse durante horas mirando un punto fijo. En general, pierden interés por su apariencia e higiene personal. Acumulan, no tiran nada y sus habitaciones terminan llenas de basura. Los padres de estos jóvenes se avergüenzan de tener un hijo que muestre este tipo de conducta, tratan de ocultárselo a sus vecinos por considerar este comportamiento como raro e inadmisible. No buscan ayuda psicológica hasta después de un tiempo prolongado, porque piensan que es algo que deben superar por sí solos.

“El encierro es un resguardo del joven ante tanta autoexigencia, aunque quiera él no tiene las herramientas psíquicas, ni emocionales para encarar ser una “mente brillante” . Y el vacío que le provoca es enorme”, completa la psicoanalista Almada.

“Tal vez éstos jóvenes sean los que con su conducta estén denunciando a una sociedad deshumanizada y dónde los vínculos son cada vez más superficiales” , concluye la Lic. Gubbay de Hanono.

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