Sergio “Sapo” Villar, el crack de Boedo

Uno de los jugadores más icónicos de San Lorenzo, hoy tiene un mural en su honor

(CABA) Sergio Bismark Villar, fue un reconocido jugador de fútbol y actualmente es una leyenda para toda la gente de San Lorenzo de Almagro. Se destacó por combinar la marca, el buen criterio en el manejo de la pelota y una muy buena proyección en ataque. Jugó trece años en el club, en los que disputó 461 partidos convirtiendo 6 goles

Anfibio para jugar a la pelota, equilibrista para llevarla junto al cordón, le gustaba marcar sin hacerle foul al rival. Creció hasta 1,65 metros, jugó en el Sportivo Canillitas y en Defensor, pero cuando Peñarol evaluó comprarlo, lo descartaron por petiso, en una época en que los marcadores de punta uruguayos eran rascacielos. Desconocido en Buenos Aires, fue comprado por San Lorenzo en 1968, cuando no existían los videos promocionales. Apenas Villar cruzó el Río de la Plata (primera vez que un sapito saltaba el río más ancho del mundo), fue llevado directo a Boedo, barrio de murga y carnaval. El Sapo conoció antes el Gasómetro que el Obelisco y, desde entonces, ese estadio de madera y tango de Avenida La Plata fue el centro de su universo.

Hoy, a los 72 años, no hay quien no lo conozca en Boedo. Cuando se acoda en la ventana del bar San Lorenzo, los motoqueros clavan sus frenos para pedirle una foto, los chicos sacan sus lápices azules o rojos para pedirle un autógrafo y el mozo no le cobra el café: “Por favor, Sapito, es un honor que vuelvas”.

Y cuando le hablan de regresos, él piensa en aquel templo que lo vio brillar. “Yo al Gasómetro lo veo. Está ahí, mirá”, invita, con la certeza de lo inapelable. Y puede que tenga razón, que el estadio cerrado en 1979 siga allí para los cuervos, como un holograma de nostalgia que se activa ante la mínima evocación. El Sapo Villar guarda en su casa, como se guarda un tesoro, un pedazo de tablón de las tribunas que lo vieron correr por la línea de cal. Se dice que hay miles de hinchas que conservan butacas, lámparas y astillas de lapacho, y que pronto volverán a unirse para reconstruir el Gasómetro.

De ese sueño, Villar es militante: participa de las campañas por la Vuelta a Boedo, se sumó a un acto multitudinario en la Plaza de Mayo para pedir la restitución histórica de los terrenos de Avenida La Plata que le quitaron a San Lorenzo durante la dictadura y fue “actor” en un corto para convocar a los hinchas, en una escena compartida con el “Toscano” Alberto Rendo.

Hoy trabaja en el fútbol recreativo del club, dando consejos a chicos de 6 a 16 años. La mayoría quiere ser como Messi, pero algún día se presentará un aspirante a marcador de punta y ése será el elegido para recibir la receta de la felicidad. Hace unos días, mientras caminaba por la calle Rondeau, el Sapo se topó con un mural de sí mismo y sus recuerdos se atropellaron. La pared, embellecida por el Grupo Artístico de Boedo, lo muestra trotando en colores al lado del Gasómetro, como en una foto en blanco y negro que publicó la revista Goles en 1971. En ese momento, una vecina salió le dijo: “¡Sapito, Sapito, somos sus vecinos, usted vive con nosotros!, ¿se da cuenta?”. Y sí, el Sapo se dio cuenta. Y el silencio se apoderó de su pequeña y estremecida figura. NT