Buenos Aires, 28/07/2017

Secretos de la misteriosa Abadía que se reinventó como centro cultural

Reabre el mítico claustro de los benedictinos, un edificio que fue siempre sinónimo de misterio. Por qué permaneció cerrado durante décadas.

(CABA) Para los vecinos del barrio de Belgrano, la Abadía fue siempre sinónimo de misterio. El edificio, antigua residencia de los monjes benedictinos, permaneció cerrado durante años, lo que agrandó enormemente el halo de secretismo y la curiosidad de los que pasaban por la esquina de Luis María Campos y Gorostiaga y veían un edificio abandonado, que escondía secretos y leyendas, y la promesa de un claustro, un oasis de tranquilidad y espiritualidad en el medio del caos de la urbe porteña. Es más, la mayoría de los transeúntes ni se fijaban en la joya arquitectónica semi-escondida que se ubica frente al shopping del Solar, una de las zonas más populares y concurridas del barrio, por la que pasan varias líneas de colectivos y peatones diariamente. Sin embargo, esas épocas parecen haber terminado, y la Abadía se reinauguró, renovada y abierta al público, y busca instalarse como uno de los polos culturales más importantes de América Latina.

En octubre del 2015, la Abadía abrió sus puertas después de décadas de clausura. Su inauguración significa no sólo la reapertura de uno de los mayores patrimonios históricos y culturales de la ciudad, sino la oportunidad de que nazca un nuevo ámbito destinado primariamente a la reflexión sobre la identidad latinoamericana. La Abadía, Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos, llegó, luego de un extenso trabajo de restauración que continúa hoy en día, para ofrecerle al público una novedosa propuesta para la Ciudad que incluye un flamante centro de exhibiciones, y un espacio dedicado a conferencias, cursos, talleres, cine debates, foros y conciertos.

Junto a Andrea González, la arquitecta encargada del proyecto de reacondicionamiento y revalorización del edificio, Infobae recorrió los pasillos de esta antigua abadía benedictina de principios del siglo XX, en pos de conocer los rincones, secretos y la historia de la tímida morada de los monjes que se reinventó como centro cultural para ofrecerle a la Ciudad de Buenos Aires un espacio de debate, arte y educación.

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Más de un siglo de historia

“El edificio empezó a construirse a principios de 1900”, cuenta González, mientras observa la gran fachada que se impone sobre Luis María Campos. “Lo primero que se construyó fue la iglesia y después la Abadía. Los monjes benedictinos lo habitaban mientras todavía estaba en construcción, y, alrededor de 1970, sin haber terminado el edificio, se mudan de acá a un edificio en la localidad de Jáuregui en Luján, porque esto ya se había vuelto muy urbano para ellos, que son monjes de semiclausura”. Desde esa época, la Abadía permaneció cerrada, exceptuando un breve momento en el que funcionó como residencia universitaria para estudiantes que llegaban a la Ciudad desde el interior del país.

Sin embargo, a pesar de todos los años transcurridos, este edificio nunca terminó de construirse por completo. “Este edificio, que remite a abadías románicas europeas, está construido con una estructura de hormigón y hay algunas partes sin terminar”, revela la arquitecta. Es por eso que el proyecto de revalorización se volvió imprescindible para conservar este lugar, que estaba siendo sacudido por el paso del tiempo, y había hasta sido tomado por completo por las palomas, que encontraban en el claustro, un refugio perfecto de la intemperie. “La verdad es que los materiales originales son muy nobles y el edificio tiene muy pocas falencias, por lo que funciona muy bien” reconoce González, y asegura que se armó “este proyecto de revalorización de fachadas para cosas que se necesitan, no porque lo quieran llevar al estado de terminación en el que fue proyectado en un principio, sino para parar algunos deterioros que son fruto de que se haya quedado a la mitad”.

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La revalorización de un patrimonio

En una primera etapa de reacondicionamiento, el objetivo era rescatar a la Abadía y traerla al siglo XXI, respetando su estructura original. La puesta en valor de la imponente edificación llevó varios meses, y, de los 5.000 metros cuadrados, se comenzó con la adecuación de dos de las tres plantas que componen el edificio principal, que funciona como centro de exhibición, salas de ensayo para orquestas infantiles y un auditorio con capacidad para 120 personas para conciertos, conferencias y talleres de todo tipo. Todo se diseñó con el fin de resguardar el patrimonio, y en algunas de las oficinas se pueden todavía observar los vestigios de las antiguas alcobas de los monjes benedictinos.

Esta manzana es un conjunto urbanístico que incluye la iglesia, este edificio, la barranca y otro edificio atrás que es parecido a éste pero mucho más chico, que también pertenece a los benedictinos, y donde todavía habita uno de los monjes”, explica la arquitecta sobre los espacios comprendidos en este terreno. “Como es una sola propiedad y es toda un área de protección histórica, tiene una reglamentación que hace que sea bastante complejo intervenir, y que el proceso sea lento. La premisa es en primera medida el respeto por el patrimonio, porque es un bien histórico. Todas las intervenciones que se hacen no son en términos de intervención drástica, sino que se busca la adaptación a los usos que se le quieren dar ahora”. De esta manera, los pisos, techos y paredes se renovaron con materiales adecuados tanto estéticamente como para las necesidades edilicias y de funcionamiento, a la vez que se hizo una instalación eléctrica y de acondicionamiento climático con la mínima intervención posible para que permanezca casi intacta la armonía arquitectónica del lugar.

Gracias al mecenazgo, el Régimen de Promoción Cultural del Gobierno de la Ciudad que consiste en la presentación de proyectos culturales para recibir aportes con el objeto de financiar su realización, fue subvencionada esta primera etapa de renovación, además del proyecto de orquesta infantil, y ya está aprobada la segunda parte, que incluye la puesta en valor de la fachada y el paisajismo del área verde del claustro. “El hecho de que este edificio de semejante valor e importancia para la ciudad haya sido avalado a través del Gobierno es muy importante”, resalta la arquitecta. Con la ayuda de Casa FOA, en el 2014 se remodelaron los baños públicos y se habilitó uno para discapacitados. También se están buscando sponsors para las distintas muestras y actividades, además de la financiación interna de la Abadía, que llega además por eventos corporativos que se llevan a cabo dentro de sus instalaciones.

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Un centro de estudios para las nuevas generaciones

La Abadía, que ya fue sede de la Feria Internacional de Literatura (FILBA) y la Feria del Libro Antiguo, está pisando fuerte con su Centro de Estudios Latinoamericanos, que sin dudas se posicionará pronto en la Ciudad de Buenos Aires como uno de los más variados y originales de Capital. En este foro de charlas y debates, se propone acercar a cada una de las personas interesadas, la historia y cultura propia de nuestros pueblos latinoamericanos, además de cursos y talleres accesibles destinados a, por ejemplo, aquellos que quieran saber cómo escribir una tesis o cómo encarar la escritura de una novela.

La Abadía brindará la oportunidad de vivir una experiencia de estudios, encuentros y trabajos de diversa índole que permitirán un contacto vital con expresiones de la síntesis cultural latinoamericana como pueden ser nuestra historia, pensamiento, tradiciones, arte popular, arte de los pueblos originarios y el arte contemporáneo, todo en diálogo con el presente“, cuenta en un comunicado Sebastián Blanco, Director de La Abadía Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos y uno de los promotores de la iniciativa.

De esta manera, llegó para quedarse uno de los lugares de encuentro más atractivos y singulares de la Ciudad de Buenos Aires, que propone un diálogo entre sus participantes y una experiencia única artística, académica y cultural, en un misterio develado de la mitología porteña. NR

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Fuente: Infobae

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