Buenos Aires, 23/10/2017, edición Nº 1804

Santiago del Moro: “siempre traté de que la TV no matara mi parte humana”

Cómo es realmente el exitoso hombre que está al frente de Intratables en la pantalla chica y de Mañanas campestres en la radio.

(CABA) Cuando llegue a casa, a eso de la una de la mañana, Santiago del Moro no va a servirse un whisky ni un té de jazmín para bajar de dos horas tensas de televisión, hoy potenciadas por un cuello de camisa con incrustaciones que lo incomodó durante todo el programa, aunque para la cámara seguía siendo una figura de cera animada por la energía del Minuto a Minuto. Va a darse una ducha y así como esté, en calzones, se va a comer un flancito con dulce de leche de supermercado. Después va a acostarse junto a María, su mujer de toda la vida, y dormirá unas tres horas antes de despertarse a las 5 AM. Cuando salga a la calle, todavía de noche, lo estará esperando Jesús. Jesús es el portero de su edificio, con quien acordó un servicio de remisería para ir y volver de sus trabajos. De 6 a 9, Del Moro estará al frente de Mañanas campestres en Pop Radio, el programa que lidera su franja en FM, y en el que comparte micrófono con personajes como Diego Brancatelli, su viejo columnista deportivo devenido en bravo pastorcillo kirchnerista.

Volverá a casa a tiempo para prepararle el mate cocido a su hija mayor, Catalina, de 4 años. Hará lo que tenga que hacer (banco, dentista) y, luego de almorzar, cumplirá un segundo turno de descanso que le permitirá sumar, en el mejor de los casos, seis horas diarias de sueño. Después, un poco de gimnasia (“Me lo recomendaron, porque no es sano dormir salteado, por eso también me hago chequeos médicos cada seis meses”) y a la noche volverá a subirse al auto de Jesús, esta vez para ir a América a hacer Intratables, el show político que lo consagró como conductor televisivo, un oficio que, para desempeñarlo realmente bien, como dice Del Moro en su resaca clean de medianoche, “te puede llevar toda la vida”.

Fuera de casa, Del Moro es una proyección perfecta del animal televisivo, aun cuando no esté en el aire. Siempre parece apurado, como si debiera el PNT de una crema dermatológica o como si alguien le silbara el chamamé frenético del rating por una cucaracha invisible. La rutina marcial que se impone está regida por la misma lógica del Minuto a Minuto (“mi enemigo íntimo”), y siente que cualquier pieza que saque de lugar puede desmoronar el jenga. “Soy muy celoso de mi tiempo. Armé mi vida como un rompecabezas, y sé que cada cosa que haga de más, le resto a otra y llego con el tanque vacío. El aire te demanda mucha energía.”

Durante dos años y medio, hasta que dejó Infama al final de 2014, Del Moro probablemente batió un récord mundial: entre Mañanas campestres, Infama e Intratables sumó siete horas diarias de conducción en vivo. “Tengo la posibilidad de switchear completamente. Se apagó la luz y vuelvo a ser el de antes”, dice. “No comulgo con nada de lo que vendo. Mi vida es totalmente básica, estándar, sin altibajos.”

¿Qué lo convirtió en un killer de audiencias, en un caso de éxito tan particular? Sus habilidades tal vez no impresionan a primera vista. No tiene opiniones contundentes sobre nada, no es especialmente gracioso, tampoco suele forzar empatías con el espectador. Sin embargo, y más allá de su presencia física, Del Moro es un tiempista que administra los altibajos emocionales del show con rara maestría. “Cuando veo los laburos que he hecho, todo tiene que ver con el timing”, dice sentado en el control de América; media hora después del final de Intratables, la sala es una pecera oscura salpicada por los foquitos de las máquinas en stand-by. “Para hacer esto tenés que ir un paso adelante del problema, para saber cómo solucionarlo. Creo que ése es mi valor agregado.”

Una hora antes, el control podía pasar por un centro de monitoreo espacial. En contraste con el clima adrenalínico y escandaloso del piso, una arena de riesgo pero a esta altura obligatoria para todo el arco político, el equipo de producción supervisa y ordena el envío casi en silencio. En una primera línea, delante de un mosaico de televisores con todos los canales, el jefe de producción José Núñez clava el navegador en la intranet del Minuto a Minuto, y le comunica los vaivenes de medición a Del Moro, que a la vez procesa los datos y toma sus decisiones en directo. Es el día después de la marcha contra la violencia de género. Cuando está hablando la mamá de Melina Romero, la chica de 17 años asesinada el año pasado, el director poncha una foto de la víctima en pantalla grande. Del Moro hace un gesto de barrido con la mano y ordena: “Sacá la foto de Melina”.

santiago del moro

“Me pareció de mal gusto”, dice Santiago después, fuera del aire. “No está desaparecida, ya está muerta. No suma en nada mostrarla. Además está la madre ahí…”. Así como por momentos parece un cyborg conectado a una fuente de Ibope, Del Moro también deja ver su lado sensible cuando las cosas se ponen espesas o alguien cruza un límite que no le gusta. “Siempre traté de que la televisión o la frivolización de este medio no matara mi parte humana. Yo tengo mi costado frívolo, me apasiona hacer televisión con todo lo que incluye. Me gusta que me vaya bien, soy vanidoso, pero nunca dejé de ser una persona que se sensibiliza por el dolor del otro. Cuando sos pendejo y no tenés hijos, sos un anarquista rebelado del sistema y no te importa nada porque creés que todo es infinito. Después empezás a entender un montón de cuestiones.”

Probablemente está pensando en él mismo a los 23 años, cuando entró a trabajar en MuchMusic (por alguna razón, casi todos en el canal creían que tenía 19). A fines de los 90 y principios de los 2000, una nueva camada de realizadores encabezada por Mariano Cohn y Gastón Duprat (creadores de Televisión abierta) transformó la franquicia de videoclips en un laboratorio televisivo juvenil. Dándole aire a un ejército de refugiados en la fantasía del pop -nerds, gays, ravers, víctimas del bullying, princesas de barrio en sus fiestas de 15-, aquel Much anticipó fenómenos como el de los floggers y los youtubers. En esa plataforma, Del Moro fue una suerte de héroe accidental, aunque es cierto que había pocos que tuvieran su convicción y sus ganas de triunfar.

Santiago creció en la localidad de Tres Algarrobos, un pueblito bonaerense de 3 mil habitantes al que sólo llegaba el canal 12 de Trenque Lauquen, que retransmitía programación de Buenos Aires. En Intratable, la autobiografía que publicó el año pasado, Del Moro rememora: “Me veo esperando mi programa favorito o quedando obnubilado por los colores flúo, vibrantes y brillantes de Telefé en los 90, donde la gente parecía feliz las 24 horas”. En esos días, el futuro paladín del zapping, bajo el influjo de ese único canal, quedó hechizado con Jugate conmigo, y se sentía “uno de los chicos de Cris Morena”.

El padre era un buscavidas que había probado suerte en Buenos Aires vendiendo enciclopedias, jugando al póker, durmiendo en un cabaret. Finalmente volvió a Tres Algarrobos y sentó cabeza con la madre de Santiago, una docente interesada en el arte y la moda: escuchaba Giorgio Moroder, vendía ropa Gucci en su propio local (La Covacha) y, según Santiago, fue la primera en importar la minifalda. En ese pueblo agropecuario, los Del Moro tuvieron dos nenas y un varón y abrieron una funeraria en uno de los ambientes de la casa de la abuela. Santiago iba a pasar las noches ahí, y su dormitorio estaba pegado al lugar donde velaban a los muertos. A veces se despertaba y escuchaba desde el pasillo el llanto de los deudos.

También jugaba a las escondidas y se metían en los féretros vacíos. Recién entendería algo más a los 7 u 8 años, cuando murió su bisabuela y conectó todo -el llanto, el olor a café que impregnaba la casa- con la pérdida de su familia.

Como buen fanático del control, a Del Moro no le gusta dar notas a medios escritos. “Yo soy un manipulador, y no me gusta que me manipulen”, me dice la primera vez que nos vemos, un minuto después de salir del aire, en el borde del estudio circular de Intratables. Tal vez por eso publicó su autobiografía, aun cuando no le interese la escritura. En el libro, Del Moro compone su propio camino del héroe, no exento de cierto ánimo mitificador, en el que un muchachito de la patria rural conquista la metrópolis sobre la base de esfuerzo y carisma. En ese relato automodelado, Del Moro identifica un rito iniciático a sus 11 años, cuando una tarde a la hora de la siesta entra por primera vez en Life, el boliche que tenía su tío en Tres Algarrobos, y queda fascinado por el nuevo sistema de luces. Fue como entrar por primera vez en un estudio de televisión, esos lugares refrigerados a tope e iluminados con flashes, cápsulas de irrealidad en las que se sentía mejor que en ningún otro lado. Santiago empezó a frecuentar la discoteca y a meterse en la cabina del disc jockey, y ahí descubrió la música bailable del momento (“INXS, Love and Rockets, Public Image Limited”, enumera). Le gustaba la noche, y su papá lo dejaba hacer siempre y cuando se levantara temprano al día siguiente. A más tardar a las 8 de la mañana, entraba en la pieza de Santiago y lo despertaba al grito de “dale que te comen los piojos” (aún hoy, cuando suena el despertador a las 5, Del Moro invoca esa frase para salir de la cama). A la vez, unos amigos de la hermana mayor instalaron una radio pirata en un criadero de chinchillas que tenía un médico del pueblo en el altillo de su casa, y la llamaron FM Corsario. Santiago empezó a hacer algunas horas de aire.

Cuando terminó el secundario se mudó a Buenos Aires y cursó los cuatro años de Comercio Internacional en una universidad privada que prefiere no mencionar “para no hacerle propaganda”. Lo mantenían los padres desde Tres Algarrobos (“Siempre fuimos clase media bien”). En unas vacaciones de verano, volvió al pueblo y con un par de amigos reabrió el viejo boliche de su tío, que por entonces estaba cerrado. Lo llamaron Margarita, copiando el nombre de la rockería clásica de Avenida Cabildo, repatriaron al antiguo disc jockey de Life y armaron la convocatoria para la gran apertura. “La gente hacía cola para entrar”, dice Del Moro. “Yo me creía el rey de la noche.” Pero el furor no iba a sobrevivir a la inauguración, y Santiago aprendió que el éxito puede ser una cosa muy fugaz. “Cuando ya habíamos prendido las luces y la policía nos ordenaba cerrar, un pibe me viene a comprar una cerveza y yo le digo que no. Ahí aprendí la lección, porque nunca más vendí una cerveza. En la vida es mejor pájaro en mano.”

infama

De vuelta en Buenos Aires, le faltaban seis finales para terminar la carrera, pero él veía a sus compañeros de traje y se sentía “el Che Guevara”. Había tenido una discusión fuerte con el decano en una fiesta de la facultad, y claramente su futuro no era una carrera en la Aduana ni en una gerencia. Lo suyo era hablar frente a un micrófono (aun cuando no tuviera muy claro qué decir), las discotecas, el entretenimiento. La vida como un Jugate conmigo en continuado. Así que no bien consiguió un contacto en Much fue directo a los estudios de San Telmo con una idea para un programa, porque era un muchacho ambicioso y creía que llevar un proyecto le daría ventaja. Después de varias visitas en las que no pasó de la recepción, logró sentarse frente a un par de productores que lo escucharon sin demasiado interés. “Paren”, recuerda haber dicho. “Sepan que yo voy a trabajar acá.”

Era agosto de 1998. Guillermo Mastrangelo, que por entonces estaba a cargo de la programación pop del canal, incluido el legendario MuchDance, vio en ese rubiecito de ojos azules un claro potencial estético. “Tenía ese aspecto de backstreet boy pero además sabía de música, no era un improvisado”, dice Mastrangelo, hoy productor de Bendita TV. “Así que le hice un casting, lo edité, se lo mostré a Ralph (Haiek, fundador de MuchMusic Argentina) y ahí nomás empezó a hacer exteriores, entrevistas, el segmento teen.”

Del Moro era un notero freelance: le salían viajes al exterior y reportajes a estrellas. En esos primeros tiempos entrevistó a Alanis Morissette, a Gustavo Cerati, a David Bowie. Dice que todo se daba de casualidad, en general porque la primera opción no estaba disponible. Sin embargo, su etapa más recordada empezó en el 2000, cuando el canal dio un giro conceptual, restando minutos de aire a los videos e incorporando al público como parte del contenido. La edad de oro de MTV Latina con Ruth Infarinato como madrina cool ya había pasado y MuchMusic ofrecía una versión doméstica, popular y pobretona que captaba el momento social del país. En un síntoma que se repetiría a lo largo de su carrera, Del Moro fue la encarnación inesperada del fenómeno, convirtiendo un programa diario de rankings (Countdown) en un freak show con picos de rating dignos de un canal de aire. Por entonces su personaje televisivo, un jovencito áureo y eléctrico cruzado por raptos de euforia, cuelgues aparentes, gestualidad robótica y una verborragia supersónica, ya era algo indescifrable, y suscitaba todo tipo de preguntas: ¿Es así? ¿Se hace? ¿Está drogado?

“Se decía que estaba puesto de ácido”, recuerda Del Moro. “Y yo siempre fui una persona extremadamente sana. Lo que estaba era enojado. En 2001 empecé a darme cuenta de que tenía un montón de proyectos para mi vida y el país se estaba prendiendo fuego. Todo el mundo se iba a la mierda, había cola en las embajadas, la gente se sacaba la ciudadanía de Alaska… Y vos decías: ‘Mierda, qué cagada’. En ese momento me sale el programa diario en Much, y me dan total libertad. Fue casi una anarquía. Por eso hacíamos cosas como ‘Escalera a la nada’, eran sátiras de reality shows y de todo lo que pasaba en el momento. He hecho programas agarrándome la pija y puteando al Presidente de la Nación. Realmente estaba enojado. Me pagaban con patacones y lecop, ¿entendés? Eramos la contracultura de MTV, que salía desde Miami. Por eso yo nunca me consideré un VJ, porque llegué después. Yo fui post-VJ. Y para mí Much tiene algo del primer amor, la facultad más maravillosa del mundo. No sé qué conductor joven tiene la posibilidad de estar cuatro horas por día al aire.”

Juani Cabello, el chico de lentes que era su ladero en Countdown (y que hoy está, como productor ejecutivo, detrás de un nuevo relanzamiento de MuchMusic), recuerda la pasión del primer Del Moro. “Siempre me llamó la atención las ganas que tenía de comunicar, salir al aire, mostrarse, trascender. Eramos dos pelotudos haciendo locuras en cámara, dos pibes del interior (yo soy de Bahía Blanca) con ganas de hacerse la América en Buenos Aires. Hijos de maestras de escuela fascinados por la potencia mágica que tiene la TV en el interior, esa capacidad de transportarte a otros mundos.”

Pero Del Moro, que ya era el pibe inquieto que se quería ir rápido de las fiestas, sentía que había tocado techo en ese canal de nicho. O en todo caso necesitaba más. “Me di cuenta de que el mundo de la música estaba terminando”, simplifica. “Y yo quería ser conductor de tele, no morirme como posible VJ.”

En 2004, MuchMusic cambió de manos y las nuevas autoridades decidieron ponerle fin al período freak. Le dijeron a Santiago que lo querían como “un simple presentador de videos”. “Me echaron muy mal”, dice ahora. “O me corrieron delicadamente. Volver a presentar videos era bajarme los pantalones. Así que les di la mano y les agradecí: les dije que me habían pateado el nido, que la comodidad se paga cara, y cuando uno está tan protegido es difícil irse. Y como también me vine de mi pueblo a los 17, 18 años, yo sé lo que es irse. Desde ese momento no tengo miedo de irme de ningún lado. Es más, hago cada programa como si fuera el último. Mi metáfora es que siempre estoy con el bolsito en la mano. Sé que algo voy a encontrar, porque confío en mí, no soy parecido a nadie. Siempre me vi como uno de esos yuyos que crecen guachos al costado del camino.”

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Fuente: rollingstone

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