Buenos Aires, 11/12/2017, edición Nº 1853

Rodolfo Bardi, el ilustre muralista desconocido de Buenos Aires

Hizo más de 400 murales y nadie cuida su obra. Fue un prometedor pintor que destacó en los años 50; para mantener a su familia hizo murales en edificios y comercios de toda la ciudad. Usted, sin darse cuenta, puede haber tenido una obra de arte en el hall de su edificio, toda una vida. (CABA) No debe haber porteño que no haya visto un mural suyo. Son más de...

Hizo más de 400 murales y nadie cuida su obra. Fue un prometedor pintor que destacó en los años 50; para mantener a su familia hizo murales en edificios y comercios de toda la ciudad. Usted, sin darse cuenta, puede haber tenido una obra de arte en el hall de su edificio, toda una vida.

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(CABA) No debe haber porteño que no haya visto un mural suyo. Son más de 400 y están en todas partes. De Belgrano, Núñez, Palermo y Recoleta a San Telmo, Barracas, y La Boca, pasando por Montserrat, Almagro, Caballito, Flores, Parque Chacabuco, Villa Crespo y Liniers, entre más de 20 barrios de Buenos Aires. Su estilo está presente en edificios, garajes y bares. Sin embargo, muy pocos saben quién es. Y, por eso mismo, muchas de sus obras están deterioradas o a punto de ser removidas, en un viaje al olvido cuyo mejor compañero es el nombre de su autor.

Rodolfo Julio Bardi fue un destacado pintor no figurativo, amigo de juventud del cineasta Leopoldo Torre Nilsson (vecino de su casa materna, en Vicente López), que a mediados de los años 50 prometía una obra importante. Entre 1955 y 1962 realizó muestras individuales en las prestigiosas galerías Picazzo, Rubbers y Van Riel; en 1959 obtuvo una mención de honor en la V Exposición Bienal de San Pablo, en Brasil, y ese mismo año ganó el Premio Adquisición en el Salón de Arte Moderno de Mar del Plata.

El brillo de su futuro posible iluminó su presente en 1961, cuando se casó con la profesora de literatura más bonita de la zona norte. Y un año después comenzaron a llegar los hijos: Martín, Valeria y Hernán. Los elogios de los críticos y de otros artistas hacían imaginar que Bardi se convertiría en uno de los máximos representantes de la plástica argentina. Pero a medida que los niños crecían, el artista se vio forzado a buscar un ingreso económico más acorde con sus urgencias. El arte no figurativo estaba bien para una bohemia que ya no se podía permitir. Había comenzado a pintar a los 8 años, cuando su tío pintor, José Rufino, lo llevaba a los bosques de Palermo para que aprendiera a retratar árboles. Con sus niños cada día más grandes, Rodolfo era consciente de que debía hacer algo nuevo para mantener a su familia, pero la verdad es que durante su vida sólo había aprendido a explorar los secretos del arte.

En un momento de 1962, preocupado por la asfixia económica que sobrevolaba su porvenir, vio que en la casa recién construida de un amigo de Vicente López quedaba libre una amplísima pared blanca, perfecta para hacer un mural. Para ganarse unos pesos ofreció el proyecto, y lo sorprendió que su amigo aceptara con un entusiasmo que terminó por contagiarlo. A partir de entonces comenzó a realizar murales allí donde le pagaran por hacerlo, en su mayoría obras en construcción que luego serían edificios, bares o comercios. Así, durante veinte años, Bardi llenó la ciudad de murales de cal, arena, cemento y yeso, con incrustaciones en cobre y esmaltados y pintados con lo que conseguía de la obra. Hay trabajos suyos en la iglesia de Brasil 850, en Constitución; en el lobby del edificio de Paraguay 2420, en Recoleta; en el comercio de Av. Corrientes 2135, en Balvanera; y también en escuelas, galerías, salones de fiestas, almacenes y fábricas, entre los más de 400 lienzos urbanos que Bardi convirtió en su medio de vida.

Hoy, buena parte de sus murales se encuentran deteriorados; otros han sido demolidos, y no pocos sobreviven a duras penas ocultos tras los espejos que los vecinos de los edificios consideran más apropiados o útiles para su vida cotidiana. Valeria Bardi, una de las hijas del artista, se tomó el trabajo de visitar todos los lugares que su padre anotaba en sus agendas (registro que comparte en la página de Facebook ), y en cada uno de ellos descubrió los murales que Rodolfo creaba para que a ella y sus hermanos no les faltara nada. “Me ha pasado de ir a un velorio y, en la sala, encontrar un mural de mi papá -dijo Valeria-. También me he topado con alguno en el salón de fiestas donde se celebraba el cumpleaños de un compañero de escuela de mi hijo. Sus murales están en todos lados, son parte de la identidad de la ciudad. Los vemos sin verlos. Yo no sé si se los puede sacar, le escribí por correo electrónico a la Dirección de Patrimonio de la ciudad, pero nadie me contestó. Lo único que yo quisiera es que las autoridades y los vecinos conozcan esta historia y defiendan lo que es nuestro.”

En sus recorridas, Valeria encontró y fotografió al menos 400 murales de su padre, pero muy posiblemente haya muchos más. Para descubrirlos, sólo hay que observar con otros ojos los muros de la ciudad.

Fuente consultada: La Nación

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