Buenos Aires, 18/11/2017, edición Nº 1830

Roberto Arlt, el héroe de la literatura del barrio de Flores

(CABA) Hay un hombre que se prepara para ser fusilado. Parece estar tranquilo. Él está ahí para cubrir el fusilamiento de un valiente. A su lado, cubriendo el hecho para otros diarios, Raúl Gonzáles Tuñón de Crítica, Gauna de La Razón, Gómez de El Mundo y Álvarez de Última Hora. Él está cara a cara con una persona de carne y hueso que podría haber sido un personaje de sus...

roberto-arlt-parabuenosaires

(CABA) Hay un hombre que se prepara para ser fusilado. Parece estar tranquilo. Él está ahí para cubrir el fusilamiento de un valiente. A su lado, cubriendo el hecho para otros diarios, Raúl Gonzáles Tuñón de Crítica, Gauna de La Razón, Gómez de El Mundo y Álvarez de Última Hora.

Él está cara a cara con una persona de carne y hueso que podría haber sido un personaje de sus libros, y esa persona está a punto de ser acribillada a tiros. El hombre se niega a le tapen los ojos. Pocas horas antes de ser ejecutado escribió un último mensaje: “A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso.” Segundos antes de recibir los disparos, su último grito es: “Viva la Anarquía“. Roberto estaba en éxtasis. Su trabajo como cronista de la ciudad y el mundo lo había llevado a presenciar todo tipo de injusticias, pero ahora se encontraba frente a una escena de novela, tan cruel y abyecta como las suyas. Ahí estaba, la revolución violenta, acallada violentamente, llena de agujeros en el pecho. Sus compañeros de los otros diarios se muerden el labio.

En 1886 había sido la Revuelta de Haymarket en Chicago, que terminó con el fusilamiento de cinco anarquistas. José Martí lo cubrió para La Nación. Cuatro años antes la muerte de Sacco y Vanzetti, dos trabajadores anarquistas, también en Estados Unidos. Ahora se encuentra él, cara a cara, con la historia repitiéndose, con distintas caras, distintos nombres, pero siempre la misma.

“¿Cómo reír después de esto?”, se pregunta Roberto, ahora viendo el cuerpo de Severino Di Giovanni, desparramado en el suelo. Él, cronista de mundo, estaba tieso, sorprendido, arrebatado por lo que acababa de ver. Descubrió que nada, absolutamente nada, te prepara para ver como el cuerpo firme de un valiente se transforma en un hoja blanda llena de agujeros.

Observa la escena absurda. Tiene los ojos clavados en el hecho, como haciendo una autopsia. Un medico entra a certificar la muerte. Aparece un hombre vestido de frac, galera y zapatos de baile.

Para Roberto debería haber un cartel que dijera sólo dos cosas:
— Está prohibido reírse.
— Está prohibido concurrir con zapatos de baile

Se peina con la mano su pelo engrasado y húmedo. Sus compañeros están pálidos y deformados por la indignación. Ahora tiene que escribir, pero no cualquier cosa. Ahora carga con la responsabilidad de escribir con algo que honre la sangre derramada de los valiente, porque el silencio, en estas situaciones, es una forma de injusticia.

Texto: Alan Ojeda (ParaBuenosaires)

Comentarios

Ingresa tu comentario