Buenos Aires, 17/12/2017, edición Nº 1859

Ricardo de Mataderos: el mayor coleccionista de Julio Sosa

Conserva hasta el volante del auto con el que murió el cantante

Tiene todos los objetos del cantor de tango uruguayo. Busca un lugar para exponer su colección, y podría encontrarlo en la Rosada.

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(CABA) Al hueso: Ricardo Albanese es un hombre que prácticamente dejó en Pampa y la vía a los herederos de Julio Sosa. Conserva hasta el volante del auto con el que El Varón del Tango se pegó el palo el 25 de noviembre de 1964. No se rían, ya quisiera el Negro Lavié tener uno de estos íntegros ejemplares de devoción o devotos ejemplares, gente cuyos dioses están, o estuvieron, en la Tierra.

Léanlo: “Soy coleccionista de todo lo que se refiere a Julio Sosa. Tengo ropa, cartas, discos, casetes, magazines, revistas, diarios de la época, objetos personales. También heredé las pertenencias de la madre y su hermana y hasta tengo el volante del auto con que tuvo su trágico accidente. Me gustaría poder conseguir un lugar estable para poder exhibir todo. Te cuento un poco, yo soy amigo y asistente del maestro Leopoldo Federico. Un día lo acompañé a Cancillería y me tocó saludar a la señora Presidenta. Le comenté de mi colección, ella me dijo que le gustaba mucho Julio Sosa y me ofreció hacer la muestra en la sala de conferencias de la Casa Rosada. A la semana me llamaron y me presenté, arreglé con una señora y estoy esperando que se concrete… ¡En 2014 se cumplen 50 años de la muerte de Julio!”.

La idea es aporteñarlo . Si bien Ricardo es de Mataderos, Julio Sosa, protagonista espiritual del presente aguarrás fue, se sabe, uruguayo. Un intríngulis limítrofe que, en estos casos, se resuelve con bastante facilidad: alcanza con haber visto el otro día a los muchachos del Cuarteto de Nos participando, mansa y colonizadamente, de nuestros Premios Gardel.

“Sí, obvio, a mi casa pueden entrar todos los que quieran, pero no sé si es lo más cómodo. Hay gente que llama a mi teléfono, ¿puedo dejar el teléfono para otros amantes del tango? Me llaman al 156 397-4523 y vienen, ven lo que tengo, se sacan fotos… Hoy por hoy mi casa es el lugar que conserva la memoria de Julio Sosa. En 2004, cuando se cumplieron cuarenta años de su muerte, llevé mis objetos al Museo de la Ciudad. La muestra era por dos semanas y duró dos meses… Mirá: este es el molde de la escultura de Julio que está en ciudad de Las Piedras, en el Partido de Canelones, Uruguay, donde nació. Me lo donó la mujer del artista. Ella sabía quién era yo. Cuando Bergoglio asumió como Papa mencionó que escuchaba tango y que como cantor le encantaba Julio Sosa. Le estoy escribiendo una carta al Papa, pero prefiero que no hablar de eso, es algo privado”.

El fotógrafo retrata a Ricardo con un sombrero y con el volante del auto. Resulta que el cantor, amante de la velocidad, se llevó por delante una baliza luminosa en la esquina de Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla. La réplica de esa baliza también está en la casa de Ricardo. “El auto era un DKW Coupe Fissore, y este sombrero es el que Julio usó para la película Buenas noches Buenos Aires, dirigida por Hugo del Carril”.

Ricardo cuenta una historia detrás de otra. Esta es buenísima: “Cuando empecé a coleccionar cosas de Julio, que me volvía loco con su voz, me hice una lista de la gente vinculada a él: músicos, amigos, familia, mecánicos… buscaba en la guía y llamaba. Un día conozco a Roberto Benítez, mi antecesor. El, más grande que yo, se volvió fana de Julio cuando tenía diez años. Por esos días Julio se mata y Benítez, un pibito, averigua que el auto chocado está en una comisaría cercana a River. Va y se las rebusca para llevarse los puchos que Julio había apagado en el cenicero del auto. Ah, me olvidaba, la mayólica que está donde se mató Julio la hice poner yo en 2007. Bueno, Benítez se llevó hasta la insignia del auto y después despegó la chapa de Helguera 2440, último domicilio de Sosa. Los puchos, la placa y algunas fotos, todo eso, lo heredé yo. Y tengo fotonovelas de Julio que ni Benítez había podido conseguir. Benítez empezó a pasarme sus objetos porque, según me confesó, ya había perdido un poco el entusiasmo y se daba cuenta de mi creciente fervor. El volante lo gestioné con el mecánico. Lo tenía colgado en la oficina de su taller. Lo fui a ver y le conté de lo mío. Le dije que hasta tenía camisas y corbatas que me había dado la viuda, y me lo terminó regalando”.

Fuente consultada: Clarín

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