Buenos Aires, 19/09/2017, edición Nº 1770

¿Qué hacer con el dinero a partir de los 30 años?

Seis consejos de dinero para comenzar a implementar en los 30 años de manera tal de no sufrir una vez llegados los 60

(CABA) Al ritmo del aumento en la Esperanza de Vida registrado en las últimas décadas, se podría decir que los 30 años de ahora equivalen a los 20 de antes. Este “rejuvenecimieno” no quita que los 30 años siga siendo el momento en el cual una persona es considerada adulta y debería, por lo tanto, estar ya independizada desde el punto de vista financiero, viviendo sola o en pareja y en lo posible, con cierta estabilidad laboral y/o proyectos en curso.

Veremos a continuación 6 consejos de dinero para comenzar a implementar en los 30 años de manera tal de no sufrir una vez llegados los 60.

1. No ser ostentoso

La ostentación es una tentación difícil a cualquier edad, pero más aún a partir de los 30. En una sociedad en la cual se suele valorar más a la gente por lo que tiene que por lo que es, muchos buscan invertir una parte importante de su presupuesto en su imagen, que incluye aspectos tales como ropa de marca, coche 0 km o el último modelo de celular.

En finanzas personales, la cuestión de los hábitos que tengamos es algo fundamental. Los hábitos, a su vez, pueden mejorarse e ir mutando con la práctica diaria y disciplinada.

Llevar esto a cabo antes de tiempo es una actitud irresponsable que podría pagarse caro más adelante, al llegar a los 60 años con pocos o ningún ahorro para hacer frente a la segunda etapa de nuestra vida.

2. Entender la diferencia entre “deuda buena” y “deuda mala”

No endeudarse es un consejo casi tan antiguo como las mismas finanzas personales. Sin embargo, muchas veces resulta simplista pensar en términos binarios.

Si los 30 años te agarran en un trabajo considerado estable, los incentivos de endeudarse suelen ser altos y difíciles de eludir.

Una distinción importante pasa por entender la diferencia entre la denominada deuda buena y deuda mala.

La deuda mala es aquella que se contrae con el objetivo de consumir. Los créditos al consumo, hipotecarios, o auto planes son un ejemplo clásico de ella. Para simplificar, podemos decir que la deuda mala es la que conlleva un compromiso de pago futuro que deberemos honrar con nuestros ingresos laborales genuinos.

Pero también existe otro tipo de deuda, que es la deuda buena. La deuda buena es aquella que se asume ante una oportunidad de negocios, de manera tal que el dinero proveniente de la misma no se utilizará para un bien de consumo si no que se destinará a una posibilidad de negocio. Por ejemplo: sacamos un crédito para comprar un coche y ese coche lo hacemos trabajar como remis en una agencia, de manera tal que el dinero que proviene de sus servicios sirve para pagar las cuotas del préstamo dejando además algún excedente.

Simplificando podríamos decir que la deuda buena es ella que contraemos nosotros pero que terminan pagando otras personas gracias al negocio que hemos generado con esos fondos.

3. Ahorrar para invertir

Hemos hablado más arriba sobre la importancia de los hábitos para las finanzas personales, pero también son importantes los incentivos que esos hábitos traen aparejados.

En el caso del ahorro, nos encontramos con una situación de por si injusta, que tiene que ver con una batalla que se presenta entre el “yo” presente y el “yo” futuro.

El “yo” presente de los 30 años quiere disfrutar el ahora, y ve al “yo” futuro de 60 años como algo borroso e incierto.

Por otro lado, si la persona no tiene claro en qué podría invertir los fondos ahorrados, el deseo de gasto inmediato aumenta, complicando más la situación.

Por ello, es de vital importancia tener en cuenta que el dinero ahorrado tiene que invertirse, generando ingresos por esa inversión que se sumarán a los ingresos provenientes del trabajo regular.

Desde plazo fijo hasta acciones bursátiles, el menú de activos financieros para invertir nuestro dinero es muy amplio y variado, y es cuestión de realizar unas primeras pruebas para percatarse de la importancia de agregar nuevas fuentes de ingresos en nuestra vida, lo cual retroalimenta los incentivos y el proceso de ahorro, que ahora cobra con esto mayor sentido.

4. Llevar una contabilidad personal

Comenzar a los 30 con el hábito de cuantificar nuestras finanzas personales tiene un beneficio doble: por un lado nos sirve para entender dónde estamos parados en términos de ingresos y gastos y, por el otro, es de suma utilidad para saber hacia dónde nos dirigimos en términos de objetivos propuestos.

Esta contabilidad personal no tiene porque ser algo complejo desde el punto de vista contable o matemático: simplemente basta con anotar en un cuaderno o planilla de Excel los ingresos mensuales y sobre todo los gastos que efectuamos en los distintos ítems.

La sola tarea de llevar esto a cabo puede significar un cambio importante en nuestra relación con el dinero, siendo el primer paso necesario para tomar el control de nuestra economía doméstica en un momento en el cual todavía estamos a tiempo de hacerlo.

5. No tener miedo de arriesgarte

Desde el punto de vista laboral, los 30 años significa quizá la última oportunidad que tendremos para poder arriesgarnos y encarar proyectos propios, dado que aún tendremos tiempo de recuperarnos en caso de que las cosas no salgan como queremos. Hacer esto a los 50 años, si bien es posible, tiene ya un riesgo más alto.

Por ello, un primer consejo sería el de buscar llevar adelante aquella actividad que nos apasiona, y que haríamos incluso si la misma no fuese remunerada. Se trata aquí de posicionarnos en el lugar aquel en el cual sabemos que somos potentes, para luego pensar de qué manera podemos monetizar esta potencia.

Hoy en día, los jóvenes de 30 años tienen una gran ventaja que no existía hace 20 años: estamos hablando de la posibilidad que Internet trae aparejada en términos de encontrar potenciales clientes interesados alrededor del mundo de lo que sea que hagamos. Aprovechar las nuevas tecnologías que nos permitan dedicarnos de manera gradual a nuestro proyecto propio y dejar de a poco de trabajar en proyectos de terceros luce como una buena idea para llevar adelante a esta edad y no sufrir luego a los 60 cuando los cambios suelen costar mucho más.

6. Pagarte primero a vos mismo

Según las teorías de finanzas personales antiguas, son 4 los pilares que sostienen esta ciencia: I (Ingreso), G (Gasto), A (Ahorro) e IN (Inversión).

Según la nueva división entre finanzas personales y finanzas patrimoniales, la IN deja de pertenecer al universo de las finanzas personales para pasar al de las patrimoniales, dejándonos solamente 3 variables para analizar: I, G y A, que a la vez interactúan entre sí.

En las finanzas clásicas se plantea la siguiente ecuación:

A= I – G (Ahorro es igual a ingreso menos gasto).

Esta es la ecuación que de manera consciente o inconsciente tenemos grabada a fuego en la cabeza: podemos ahorrar lo que nos quede del ingreso luego de los gastos.

Recibimos nuestro sueldo o ingreso todos los meses, cumplimos con los gastos que tengamos y lo que sobra (si es que sobra algo) lo ahorramos.

Pero sin complicarnos demasiado y siguiendo siempre las reglas más simple de las matemáticas, las variables que forman parte de una identidad o ecuación como la presentada pueden pasar de una lado al otro del signo igual siempre y cuando cambien su condición de positivo a negativo o viceversa al hacerlo. En dicha identidad, A es positivo, al igual que I, mientras que G es negativo (porque está precedida del signo menos).

Sabiendo esta sencilla regla, vamos a realizar una simple operación que consiste en despejar dos de las variables, es decir, pasarlas de un lado a otro cambiando a su vez el signo: A, que está en la izquierda y con signo positivo, pasará a la derecha con signo negativo, y G que está en la izquierda con signo negativo pasará a la derecha con signo positivo. La ecuación queda entonces de la siguiente forma:

G= I – A (Gasto es igual a ingreso menos ahorro).

¿Qué implicancia tiene esta modificación realizada? Ahora el gasto (G) deja de ser una variable activa para pasar a transformarse en una variable pasiva o dependiente, y lo contrario ocurre con el ahorro (A).

Resumiendo: el gasto está ahora subordinado a lo que queda luego de haber separado una parte del ingreso para el ahorro. Nos estamos pagando primero a nosotros (al ahorrar) para recién luego de ello cancelar pagos con terceros asumiendo el gasto mensual. Ese ahorro que ahora existirá mes a mes formará la base del nuevo patrimonio, que podremos disfrutar luego a partir de los 60 años. NT

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