Buenos Aires, 20/11/2017, edición Nº 1832

Qué buscan los porteños, según un detective privado

Hace más de cuarenta años que busca amores, amantes y diversas clases de estafadores.

(CABA) Primer acto: “el Tano” Berardi llama desde Italia. Había estudiado y vivido en Palermo hasta la crisis del 2001, pero una noticia lo hace pensar en volver al país. El marido de su vecina había fallecido hacía más de un año, y creía que era el momento oportuno para hacer lo que nunca se había atrevido: declararle su amor a la vecinita.

Como solo sabía su nombre, y que se había mudado, lo llamó a Jack. Y Jack fue. Tocó timbre en toda la cuadra y una vecina, otra vecina, le facilitó el teléfono del hijo de la mujer que buscaba “el Tano”. Jack llamó. Habló, mintió un poco, consiguió un dato: la mujer trabajaba en un criadero de perros. Fue y se hizo pasar por un cliente. Preguntó por algunos animales y desde afuera, le tomó fotos. A la semana, “el Tano” Berardi se aparece por el lugar con un ramo de flores. Hoy, desde hace dos meses, viven juntos en Italia.

Segundo acto: un tripulante chileno regresa antes de su viaje y entra a su casa de Santiago de Chile. Su mujer y mamá de su hija estaba con otro hombre. Hay una pelea. A los pocos días, el tripulante vuelve a viajar, por trabajo. La mujer, argentina, mete en valijas todo lo que puede y se va con la nena a su La Plata natal. El chileno regresa, no entiende nada, y lo llama a Jack. Le cuenta la situación, le envía fotos de la nena y le señala una zona, la del Estadio Único. Le encarga una misión: saber si su hija está bien, porque había hecho la denuncia y no tenía noticias. Jack busca a la salida de los jardines de la zona, pero no la encuentra. Le pregunta al verdulero y a un kiosquero y llega a la casa de la tía de la nena. A los meses, después de la intervención del Juzgado, el padre obtuvo la tenencia de la nena.

Tercer acto: el empleado de la línea de colectivos entra al consultorio. Llevaba meses con parte de enfermo, cobrando gracias a la ART. Pero el doctor le ve las manos y le llaman la atención. Tenía grasa. Como que se había limpiado y no había salido del todo. Se lo cuenta al patrón y el patrón lo llama a Jack. Y Jack lo espera en la puerta de su casa. Lo sigue hasta un taller mecánico de fotos. A los días, pincha el tanque de aceite de una moto y entra al taller. Entre sus ropas hay una cámara oculta que filma al empleado con parte de enfermo recibiendo la moto, contando cómo se llama y los horarios en que puede encontrarlo en el taller. A los días, el telegrama estaba en la casa del mecánico y ex colectivero.

La obra podría llamarse “Jack, el detective privado. Historias de uno de los más de cincuenta que trabajan en la ciudad de Buenos Aires“. “Y, es lindo…“, responde cuando se le pregunta por la sensación de encontrar la prueba que necesitaba, después de una guardia que puede llevar días, semanas, meses. “Querés gritar de satisfacción y de alegría pero no podés. Tenés que festejar para adentro, como si estuvieses en la tribuna contraria y tu equipo hace un gol sobre la hora“. Porque cuando Jack encuentra al buscado, no puede solo festejar. Puede festejar mientras saca fotos o filma.

Jack se formó en la primera escuela de detectives de Argentina, que funcionó durante más de cuarenta años. Cerró cuando falleció su director, Máximo Dabbah. Antes, dice, era un agente de viajes que había vivido en España, donde realizó sus primeros cursos de detective. Hoy lleva quince años en el rubro y anécdotas como para invitarlo a un asado con amigos. Porque además de buscado a un canario robado, ha tenido muchos casos de amor. Por ejemplo, el del brasilero dueño de una posada que lo llamó para ubicar a una argentina que había pasado sus vacaciones en su lugar. Tenía un solo dato: nombre y apellido de la amiga que la había acompañado. También, Jack, detecta estafas. Como la del profesor de salsa boliviano que decía ser cubano y enamoraba a sus alumnas extranjeras y luego les pedía miles de dólares para viajar a visitarlas y nunca lo hacía. O a mujeres que contactan hombres por grupos de chats, hacen confianza y con el tiempo les piden giros para pagar internet y el teléfono, y así seguir poder hablando. Jack descubrió que una mujer de La Plata lo hacía, y no era precisamente la de la foto: pesaba el triple que la mujer que aparecía en sus fotos de perfil.

También, como se sabe, como se suele contar en las notas sobre detectives, trabaja con casos de infidelidad. Dice que las mujeres son más perseguidas, que dudan por cualquier cosa, y que lo recomiendan entre amigas. Le ha pasado de seguir a un pobre tipo que lo único que hacía era ir a un bar para leer varios diarios. Se pasaba dos horas del día en ese lugar, informándose, mientras su mujer creía que se estaba viendo con otra.

Si entro a un bar, pido y pago, porque puedo tener que salir corriendo en cualquier momento. Uso vidrios polarizados y leo solo cuando sé que la persona que estoy siguiendo no va a salir por varias horas. Aunque al fin de cada página levanto la mirada. Debo tener paciencia, mucha paciencia“, cierra Jack, mientras repasa los correos de Detectivesargentinos.com. Hoy, alguien que no se lo imagina, comenzará a ser seguido y buscado.

Fuente: Clarín

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