Buenos Aires, 12/12/2017, edición Nº 1854

El pueblo abandonado que 14 personas quieren reconstruir

Faro, un pueblo sobre la ruta 3 de la Provincia de Buenos Aires que quiere volver a vivir.

(PBA) Faro es un sueño, además de un pueblo que está a 13 kilómetros de la Ruta 3, al sur de la provincia de Buenos Aires. Supo tener 600 habitantes y hoy son apenas 14 los que se despiertan todos los días soñando con ver gente caminando por las calles congestionadas de paz y silencio. Quieren hacer una sala de té en la antigua estación de tren, una pulpería en la vieja dependencia policial y sueñan con recibir a familias con niños para que la comunidad renazca. Si hay personas que merecen que las cosas les salgan bien, acá están.

“En Faro encontramos la tranquilidad, la tierra fértil, el clima propicio para una amplia variedad de cultivos que en otros lugares no teníamos, instituciones con edificaciones en condiciones para restaurar y realizar distintas actividades, dándole vida al pueblo. La calidad de vida en Faro es lo que nos empuja a soñar con un pueblo más numeroso y disfrutando de la naturaleza, algo que se ha perdido u olvidado en la vorágine de la vida mundana”, cuenta Patricia Beliz, quien junto a su esposo Daniel Tonelli hace dos años decidieron cambiar de vida, dejando el bullicio de Bahía Blanca y vivir junto a la compañía de la soledad en un pueblo generoso en horizonte. “En la Estación soñamos instalar una Casita de Te, para realizar eventos mensuales como Te canasta, Charlas, Talleres, etc. En los salones de atrás queremos tener un salón de usos múltiples, biblioteca y reubicar el Museo. En el patio colocar fogones y juegos para niños” Los 14 habitantes pretender refundar el pueblo. Ganas no les faltan.

La inmensidad es compañera y la aprovechan para generar independencia. “Aquí volvimos a cultivar nuestros propios alimentos. Cada vecino tiene sus gallinas, su huertita, sus mascotas, que están libres. La tranquilidad del pueblo nos permite olvidar las puertas sin cerrojo, las bicicletas en la calle, nuestras pertenencias están a la vista de todos. ¿Quién va a apropiarse de lo que no es de uno? Algo impensado en otros lugares”. Faro fue una estación activa, el tren supo darle al pueblo el movimiento que hoy añoran. Había 600 habitantes, un hotel, restaurante, taller mecánico, zapatero, peluquería, bares, almacén de ramos generales, comisaria y hasta una central telefónica. La actividad, al igual que la de cientos de pueblos del interior bonaerense, era plena. El tren aseguraba una vida y un país federal. Había trabajo y mucho. “Las actividades principales eran la de bolsero o estibador, tantero (los que laburan por tanto, los que siembran el campo o lo cosechan o ambas cosas) y esquilador”, detalla Patricia.

De aquellos días felices, hoy la imagen más fuerte que muestra la realidad es que la ruta 72, acá de ripio, está sobre el antiguo trazado del tren. Pero esto no desalienta a los habitantes de Faro. “Actualmente vivimos tan sólo 14 personas fijas”, detalla con orgullo Patricia. Estas 14 personas quieren revivir su pueblo, y no son mezquinos en sueños, ya trabajan en una huerta orgánica cuyos frutos y brotes venden. No quieren ver más espacios vacíos y los que están, llenarlos, reanimarlos. “En el antiguo puesto policial, que está junto a la escuela, queremos armar una pulpería, donde poder comercializar nuestros productos artesanales y regionales, brindando una opción de comida al paso o aprovisionamiento de quienes transitan la Ruta Provincial 72 o pasan rumbo a las lagunas o pueblos vecinos” Faro tiene una enfermera, sostén sanitario no sólo para el pueblo, sino para las almas perdidas que resisten viviendo en la última recta de pampa antes de que aparezca el Mar Argentino. En una de las habitaciones de la Estación quieren hacer una Sala de Primeros Auxilios.

Será pequeño, pero Faro cuenta con herramientas vitales, en el pueblo hay internet. Estos 14 habitantes son inquietos y han logrado hacer un Museo en la vieja estación, en donde además se dictan clases para adultos. Hace dos años arreglaron la capilla y en las fechas patrias el Club Atlético Faro logra convocan a un malón de invitados que llegan para comer un locro que se ha hecho famoso en este rincón del mapa. “También hacemos una Cena Mediterránea en la semana de la Fiesta Provincial del Olivo”, completa Patricia para cerrar la idea de que pocos son sus habitantes, pero muchas las actividades en el pueblo.

Como todas las localidades, la falta de población es un problema que se traslada al corazón de la comunidad: la escuela. “Hasta el año pasado la matrícula de la escuela era de 8 niños, en 2017 tenemos sólo 2 niños en escuela primaria y 2 en preescolar. Las perspectivas no son muy alentadoras para el 2018 dado que egresa un niño y quedarán solamente 2 niños en escuela primaria y 1 solo en preescolar. En el pueblo no tenemos niños y todos superamos los 40 años de edad. Quienes contratan trabajadores para el campo generalmente procuran matrimonios sin hijos, por lo tanto la matrícula de la escuela disminuye año tras año” Allí fue que los pobladores se pusieron en contacto con la ONG Proyecto Pulpería, que trabaja en la rescate de estos pequeños pueblos y en ayudarlos para que los proyectos que tienen se puedan llevar a cabo. La instancia en la que trabajan es en concretar que la Asociación Comunidad de Faro tenga la personería jurídica para tramitar la tenencia de la estación y el viejo puesto policial, que son los espacios que quieren recuperar. No es mucho lo que necesitan.

Entre cantos de aves, algún que otro animal silvestre que visita el pueblo y el maravilloso horizonte que termina a los pocos kilómetros en el mar, Faro también está preparado para recibir familias que quieran cambiar de vida y animarse a la aventura de refundar un pueblo. “En el pueblo tenemos casas y terrenos a la venta. Algunas casas construidas hace menos de 3 años, otras reformadas, y terrenos en su mayoría de 25 x 50 metros. Estaríamos encantados de recibir gente que venga a vivir en Faro, es especial gente joven y con chicos”, sueña Patricia. Faro figura en pocos mapas, pero la vida acá se ha aferrado muy fuerte a la tierra y en la soledad de esta llanura hay 14 habitantes que no se rinden y sueñan con revivir su pueblo. Algo en el aire nos dice que van a lograrlo.Todo está por hacerse.

SN

Fuente: El Federal

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