Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1834

Nuevas esculturas de cómicos

Los nuevos monumentos y esculturas ya no son de bronce y mármol, ¿habrá alguna razón detrás de eso? ¿Serán mejores los antiguos? Escribe Miguel Jurado (CABA) El fin de semana pasado, llevé a mi hija a que conozca la avenida Corrientes. Alucinó con la estatua de Tato Bores, la que instalaron en el 1300, en la puerta del Teatro Metropolitan. ¿Y por qué está ese señor ahí? ¿Y por qué...

Los nuevos monumentos y esculturas ya no son de bronce y mármol, ¿habrá alguna razón detrás de eso? ¿Serán mejores los antiguos?

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Escribe Miguel Jurado

(CABA) El fin de semana pasado, llevé a mi hija a que conozca la avenida Corrientes. Alucinó con la estatua de Tato Bores, la que instalaron en el 1300, en la puerta del Teatro Metropolitan. ¿Y por qué está ese señor ahí? ¿Y por qué tiene ese escritorio? ¿Y que son esas cosas que tiene en el escritorio? (los teléfonos) ¿Y por qué … y por qué … y por qué? Claro, Amanda no tiene por qué saber quién era Tato, ni el Gordo Porcel, ni Portales, ni Olmedo, ni Piluso, ni Rucucu. Los turistas tampoco, pero sin embargo disfrutan sacándose fotos con los muñecos de fibra de plástico que ahora decoran la avenida Corrientes.

Estaba entregado a estos pensamientos mientras esperaba turno para subir a Amanda al sillón del Porcel, cuando de pronto vi a mi gran amigo el licenciado Pepe Yoteloexplico conduciendo a un contingente de turistas islandeses entre las esculturas de plástico. “Así es, mi estimado Miguel, hoy la monumentalidad porteña es una de las grandes atracciones del turismo”, me dijo. “Sí –le contesté mientras subía a Amanda al sillón de Don Mateo–, pero monumentos eran los de antes, los grandes, de bronce y mármol, los que están en las plazas”. “Se equivoca mi querido amigo y nostálgico de la Belle Epoque –replicó–. Cada generación crea sus propios monumentos para perpetuar los valores de su época. Tenemos que aplaudir esta magnífica recreación de los grandes ídolos populares que cimentaron nuestra sociedad actual”. “¡Pará, pará un cachito! –exploté–. Todo bien con nuestros venerados capocómicos, pero no me vas a decir que son el cimiento de nuestra sociedad”. “No hace falta que te lo diga yo, acá están sus monumentos”, me espetó y comenzó a acarrear a sus turistas hacia el sillón de Alvarez y Borges al grito de ¡ea ea pe pe!

La explicación del licenciado me dejó con ganas de morderle la peluca a Tato. Ahí nomás, le compré un submarino a Amanda y, mientras ella tomaba la leche. llamé a mi gran amigo al doctor Elbroncenosemancha. “No se preocupe Miguel –me dijo con vos solemne–, la monumentalidad es una cualidad que se construye manteniendo vivos los mitos históricos. Esas figurillas perecederas no son más que un divertimento de niños”. “Sí –le contesté, mientras le compraba un globo a mi hija que ya se había deglutido toda la chocolatada–, puede ser, pero se imagina que todos estos actores son parte de mi infancia, mi hija ni los conoce. Dentro de diez años, ni yo me voy a acordar quiénes eran”. “Más a mi favor, estimado amigo –me dijo–, esta es una moda efímera, los monumentos requieren de prédica historiográfica constante. ¿Acaso usted reconocería a San Martín, a Sarmiento o Belgrano en sus estatuas si no le hubiera machacado quiénes eran durante toda su infancia?”.

Justo ahí me quedé sin señal porque Amanda me arrastraba al interior de un McDonald’s donde vendían las cajitas felices con muñequitos de Monster Inc. Pensé que la generación de mi hija podría construir monumentos a los personajes de las películas de Pixar.

Ahí nomás vi a mi gran amiga la licenciada Ivana Cambiartodo que estaba hincándole el diente a una hamburguesa de tres pisos. “Estimado Miguel –me dijo mientras se limpiaba el ketchup de la comisura de los labios–, estas estatuas perpetúan lo que ya no existe, la memoria de un humor sano, de una época en la que el rating se lo llevaban los cómicos … ¿Se dio cuenta de que ya no hay programas cómicos? Cuando algo se convierte en monumento es porque ya no es bueno ni malo para nadie”.

Cuando salíamos del local, vi la estatua de Ronald McDonald sentada en un banco junto al pelotero … Apenas termine esta nota voy a llevarle flores a la estatua de Tato.

Fuente: Clarín

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